La felicidad del tercer mundo

Danca urbana en un barrio de África.
Danza urbana en un barrio de África. / Mundiario
La paz en el Tercer Mundo es toda la utopía. Su felicidad es un ejemplo para todos nosotros.
La felicidad del tercer mundo

No volvió a haber noticias del hambre. Sabemos que se nos exige resignación cuando se nos da por protestar las leyes, pero no es culpa del gobierno: la aporofobia es patente en nuestra sociedad. Cada familia defiende su patrimonio con uñas y dientes, al tiempo que decide sus preferencias a lo largo de la vida. Morimos en este paraíso de bienestar, como si el derecho divino recayese únicamente sobre nosotros, pasando por alto a todos los pobres que están muriendo en el Tercer Mundo.

Una tendencia del occidental es la mofa al diferente, de modo que la discriminación por causa de raza es habitual y objeto de autodefensa a la hora de discutir un puesto...

Todas esas familias felices de vacaciones, en restaurantes, sentadas ante el televisor... ¿Tienen derecho a ser felices? ¿Tienen derecho a no saber nada de lo que el gobierno que les representa está obrando en el extranjero?

¿Qué siente el héroe asesinado por el ejército de la alianza, antes de morir por sus ideales? ¿Piensan que nosotros tenemos mejores ideales?

¿Quedan héroes en Occidente? La realidad no es televisada. En nuestras calles se expresa una riqueza multicultural que los políticos no representan. Los héroes son los hijos españoles de los humildes y luchadores inmigrantes, los cuales no hablan de sus problemas, porque han venido de la miseria.

El concepto de la felicidad es lo más puro y mágico en el Tercer Mundo: es, sencillamente, estar vivos. Es la mayor celebración en las calles y chabolas, en los caminos con pies descalzos y en la obtención de sus víveres. Los habitantes del tercer mundo nunca dejan de ser niños, porque de mayores quieren ser como nosotros. Les gustaría ingeniar una tablet con su madera, ganar en las carreras de rally, llamarnos desde la cabina del baobab, hacer en la chatarrería su alfombra roja...

Aunque en los pueblos necesitados hay también una gran sabiduría y el saber vivir de aquellos que temen el mañana con sus tanques, y oyen aún los lloros de los refugiados.

La paz en el Tercer Mundo es toda la utopía. Su felicidad es un ejemplo para todos nosotros.

Cada niño muerto de hambre es un ángel de la guarda. Espero que la Medicina avance tanto que llegue a esos países y se vuelva universal, y que la economía crezca tanto que se desborde y desembarque allí, beneficiando a cada ser humano, para todo nuestro planeta... ¡Sin privilegios por descontado ni muertos por descontado! @mundiario 


  

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