La fe obrando sin la razón ha conducido al abandono de los valores morales

Cristo enseña a Nicodemo, obra de Crijn Hendricksz.
Cristo enseña a Nicodemo, obra de Crijn Hendricksz.

El reconocimiento de la superación espiritual conlleva una alegría interna de carácter inconmensurable frente a la satisfacción y placer instantáneo de una fortuna fruto del azar.

La fe obrando sin la razón ha conducido al abandono de los valores morales

Con cierta frecuencia, oímos comentar lo siguiente: “Mi cuñado nació de nuevo luego de tan tremendo accidente”, o : “Mi hermano volvió de la tumba luego de sobreponerse a su cruel enfermedad”, referencias todas que nos hablan de una tercera persona quien, luego de padecer una fatalidad o dolencia aguda, se recupera y regresa a su estado físico normal.

Sí, sólo de eso (que no es poca cosa) oímos hablar a nuestro alrededor. Mas, ¿han  oído relatar alguna vez la experiencia de alguien quien, habiendo sido corrupto, moralmente desleal con sus semejantes, egoísta al extremo, en fin, persona poco recomendable, opta  -opta sí, pues se trata de elegir penetrar en la vía de un cambio radical en el interior de nosotros mismos-  por ser buen amigo, mejor hijo y excelente hermano, leal  en sus actitudes hacia el prójimo y responsable trabajador?  Muy raramente hemos escuchado al respecto, estando tan diluida en el tiempo esa clase de expresión, que entra dentro de lo que denominamos “excepción a la regla”.

Y puesto que el hábito es realizar ponderaciones acerca de los triunfos mundanos de toda índole, el “renacer” espiritual mediante la búsqueda de la propia concientización (que no es dejar la razón de lado como algunas personas piensan, sino muy por el contrario, emprender el cambio desde una actitud razonablemente meditada o concienzudamente razonable) subyace dentro del perímetro de lo difícil de lograr y de lo abstracto, lo cual tampoco desencaja con la verdad. Aquellos logros obtenidos en el campo del facilismo, o no perduran en el tiempo o no les otorgamos valor o mérito. Por lo tanto, podemos ganar una fortuna hoy mismo en una transacción cualquiera o en un juego de azar, e, irrazonablemente, mañana mismo gastar ese metálico en situaciones que nos darán un placer instantáneo, frágil, regocijo éste que no se prolongará como desearíamos. Una hermosa estrella fugaz, si bien de fantástico brillo, pero que se nos perderá de vista tan pronto como nuestros ojos se acostumbren a contemplarla. De eso se trata la satisfacción preveniente del facilismo.

El “renacer” espiritual mediante la búsqueda de la propia concientización no es dejar la razón de lado como algunas personas piensan, sino muy por el contrario, emprender el cambio desde una actitud razonablemente meditada o concienzudamente razonable.

¿Sucede lo mismo con los logros espirituales? Aquí deberé adoptar una postura categórica al decir que no, que el reconocimiento de la superación espiritual conlleva una alegría interna de carácter inconmensurable, que nos otorga una seguridad extra de movimientos, aplicable en todas las situaciones de la vida diaria. Podemos responder con convencimiento, podemos afrontar situaciones delicadas, podemos hablar cara a cara con nuestro más acérrimo oponente y rebatirle o aceptarle lo que creemos son sus desaciertos y virtudes. Y no es que seamos “grises ni desteñidos” muy por el contrario, sabremos cuando el blanco es blanco y cuando al negro lo pintaron por encima para obscurecerlo con la insana intención de hacerlo pasar por negro. ¿Qué quiero decir con esto último? Que tendremos cabal conciencia de cuándo el debate es legítimo, respetando los puntos de vista de nuestro prójimo sin entrar en posturas tajantes y negativas, asumiendo el derecho del otro por sobre nuestras creencias  y/o conveniencia del momento. Discrepar no es dividir, salvo que se emplee este subterfugio con la finalidad encubierta de entablar pelea, de retar al tercero, en cuyo caso estaremos cayendo dentro de un “fanatismo” consumado, el cual quizá ni nosotros mismos reconozcamos que anida en lo profundo de nuestro interior. El fanatismo que en su cara social se convierte en “intolerancia” suele confundirse con una suerte de postura ante la vida. Ocurre en el campo de lo político, lo social y lo religioso. Y lo más peligroso estriba allí, en que no nos demos cuenta de que adoptamos esa clase de actitudes con más frecuencia de lo recomendable. Un psicólogo expresó lo siguiente: “El fanatismo es una desviación de la personalidad”. Eso nos habla de que los extremos a ultranza deforman nuestra personalidad y la manipulan hacia posiciones donde toda clase de flexibilidad es descartada de antemano. Debemos, por tanto, poner el templo en orden. La expulsión de los mercaderes del templo corresponde a la etapa en que Cristo puso orden en los sentimientos de todo tipo, tratando de evitar que se comercializara la Fe. Trató de designarles  el lugar que con justicia debieran y deben ocupar. Restablece, de esta forma, las corrientes internas brindándoles salud,  aunque más no sea emprendiéndola a bastonazos contra los intereses personales y /o  la falta de flexibilidad  dentro de las estructuras sagradas. ¿Y qué estructura es más sagrada que el propio hombre?

Está claro en el ejemplo de Cristo, que los sentimientos personales basados en el propio interés deben morir y renacer mil veces y no perpetuarse e instituirse en leyes que rijan nuestra organización interna, reglas que se reflejen más tarde en la vida social con manifestaciones extremas que denoten un total desprecio por todo aquel que no comulga con nuestras ideas o conceptos.

Discrepar no es dividir, salvo que se emplee este subterfugio con la finalidad encubierta de entablar pelea, de retar al tercero, en cuyo caso estaremos cayendo dentro de un “fanatismo” consumado, el cual quizá ni nosotros mismos reconozcamos que anida en lo profundo de nuestro interior.

Y volvemos al comienzo. ¿Se puede renacer y,  brotando de nuestra propia semilla una vez más, conformar una vigorosa planta donde el tutor seamos nosotros mismos, partiendo desde una concepción nueva de la vida, seamos jóvenes, adultos o ancianos? La gran respuesta es que sí se puede. Sí se puede, pero tenemos que quererlo. ¿Cómo? Quien escribe desconoce todas las vías para esta consecución, pero al menos puede sugerir una que ha rescatado especialmente, motivada por la experiencia de estudiosos y laboriosos que han dedicado mucho empeño y tiempo a esta causa de transmutar la personalidad a fin de reconocernos dentro de una verdadera evolución. Este camino ha sido emprendido por el Temple en sus orígenes y mucho me temo que aún nos queda un largo trecho por transitar si deseamos llegar honrosamente a destino. Pregunté un día a un sacerdote trapense: "¿Padre, de qué se trata la contemplación a la que aludía San Bernardo?" Y prestamente, él me respondió: “Se trata de la meditación, hija, nada menos ni nada más, es necesario meditar mucho, mucho”…

Sugerencia:

El individuo o persona debe entender con humildad suficiente el hecho de que conforma una minúscula parte del todo, aún si contiene en sí mismo toda una organización cósmica.  Como tal, cada hombre está en posesión de la verdad y es inútil que la busque fuera porque, indiscutiblemente, está dentro. Debe ser coherente con el rol que le cabe dentro del concierto de la creación.

Partiendo de que existe una superioridad universalmente rectora que le supera y de la cuál él/ella es un engranaje que debe funcionar armónicamente para que el resto también lo haga, logrará una luminosidad interior que le conducirá a una súper conciencia de sí mismo, y tendrá discernimiento para entender que tiene una misión en la vida. Que no transita simplemente por ella. En la medida que el individuo/persona sepa lo que tiene y quiere, irá dejando de lado todo el cúmulo de ideas que la sociedad busca imponerle de manera mediática, masificada, y las irá descartando por arcaicas y tramposas. La edificación de ese nuevo Yo o Ego substancial, que no es más que el edificio o templo de una sana personalidad, será como una muralla que lo separará de las corrientes pasajeras y colectivas impuestas por el consumismo de masas que hoy tenemos instaurado. Dejará a un costado la soberbia, que no es un peligro solamente para quien la padece  sino también un mal social de primera magnitud. Se cree que la soberbia es un defecto derivado del precario funcionamiento del corazón, órgano regido por el sol en nuestro cuerpo físico. La soberbia, pues, tiene un correctivo que es la humildad y para poder avanzar hacia ella es preciso que quien padezca esta dolencia (¡somos muchos!) tome conciencia de su estado y esté dispuesto a efectuar los trabajos de cambio, esto es, a renacer. De allí lo del Ser Iniciático tan vislumbrado por la ética moral de la Orden del Temple. Renacer del mundo de las leyes heredadas, rígidas y manipuladoras,  y ubicarnos en uno nuevo regido por el Amor, por la Fraternidad  entre los hombres, con la finalidad de proveer  la semilla de la Unidad Universal. Suena utópico, es cierto, sin embargo es ésa y no otra la simiente plantada por Cristo.

En la medida que el individuo/persona sepa lo que tiene y quiere, irá dejando de lado todo el cúmulo de ideas que la sociedad busca imponerle de manera mediática, masificada, y las irá descartando por arcaicas y tramposas.

Jesús explica a Nicodemo que si un hombre no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios, y que con solamente desear un cambio, el espíritu del Padre ya está con él y que, para vivificarlo basta con desear ser conducido por él y gobernado por él a fin de que el nacimiento espiritual tenga lugar. Vemos entonces que la espiritualidad no es algo que pueda lograrse por la vía de la cultura y el estudio. Para ver los mundos esenciales, esos mundos que suministran la esencia, es preciso nacer o renacer en ellos y seguir todo el itinerario que se ha transitado para aprender las cosas del mundo material. Este renacimiento formará en el hombre los órganos de percepción adecuados para poder ver, oír y sentir esos otros mundos en proceso de manifestación, puesto que no se pueden manifestar espontáneamente si no los buscamos, si no nos abrimos a ellos.

 La organización divina instala en los mundos que va creando (o sea en nosotros) todo su orden, para que éste pueda ser utilizado por el usuario a medida que lo vaya descubriendo. Una vez nacidos de la carne y tomado cabal conocimiento de esto, debemos nacer del Espíritu. Con los ojos de la carne no se pueden percibir las manifestaciones del espíritu y sin embargo, sí se puede efectivamente discernirlo, sostiene Jesús. Sucede como con el viento que sopla; oyes el susurro de las hojas en los árboles, pero no ves el viento ni de dónde viene ni adónde va. Así ocurre con los mundos espirituales que no pueden verse a través de la mirada física pero sí pueden percibirse los efectos que producen por sobre la realidad material, del mismo modo que vemos los efectos del viento sin que el viento mismo aparezca a la vista. ¿Alguien puede negar su existencia tan sólo porque no se lo divisa?

Volviendo a la escritura, se dice que Nicodemo salió de la entrevista con Jesús muy impresionado y también desorientado. Se consideraba y era considerado por todos como un hombre de altas virtudes morales. Toda su vida había creído que podía alcanzarse la plenitud  espiritual en base a someterse a las leyes orales y escritas de su pueblo.  La idea de un renacimiento tal como Jesús le planteara, era una noción novísima para él.

Nicodemo, por lo tanto,  constituye la personificación de esos obreros espirituales de la última hora, cuyos ojos son abiertos al final de determinados períodos  y quienes, transitando una pendiente, cobran conciencia de que deben necesariamente entrar en un nuevo ciclo existencial.

Tomemos a modo de segundo ejemplo, cómo debemos actuar transitando las columnas izquierda y derecha del Árbol de la Vida cabalístico, esto es, Hochmah y Binah, elevándonos hacia lo Superior, (Kether) por un tránsito que tiene su origen en la parte  inferior que rige nuestros instintos,  o bien elevando nuestra serpiente interior o Kundalini  desde el extremo de su cola (sexo, materia) hasta llegar en línea recta a la  cabeza (lo Superior) y tomar razón de esta Sabiduría  que se yergue por sobre nuestras bajezas humanas, sean éstas conscientes u inconscientes. Levantándonos por sobre nuestras falencias espirituales, la relación con el mundo de arriba habrá sido establecida (o restablecida)  de tal modo que el hombre mortal  tendrá conocimiento de su inmortalidad (para lo cual debe poner su empeño) y no habrá ya más muerte al transitar por diferentes estados emocionales e irracionales. Si Dios nos ha dado a Cristo, ha sido para que todos los que crean en Él no mueran sino que disfruten de la vida eterna. Quien escribe piensa que una gama variopinta de religiones, con sus diferentes profetas esgrimiendo sus bondades, sostienen lo anteriormente expresado. ¿Qué religión que se precie de ser esencialmente espiritual, ética y sensata, querría que sus seguidores se mantengan  dispersos y en la desesperanza?

Se cree que cuando el hombre alcance un estado de iluminación genuina, las leyes civiles serán una copia perfecta de las leyes cósmicas y la humanidad habrá cesado de luchar contra la estructura universal. La división de los poderes en temporales e intemporales desaparecerá y, finalmente,  lo de abajo será el fiel reflejo de lo de arriba.

Como corolario, una última reflexión: la fe obrando sin la razón ha conducido al abandono de los valores morales que expresan a nivel de conducta las leyes eternas, pues la fe no ha sabido explicarlos. Y la razón sin la fe ha conducido a la edificación de un mundo pretendidamente utilitario, sostenible a corto plazo,  pues nada puede subsistir en el Universo si no lleva dentro una buena dosis de fuerza creadora, de esa materia prima que en términos filosóficos se conoce con el nombre de sabiduría-amor, elaborada por ese centro de vida llamado Hochmah. Por tanto, Fe y Razón deben alcanzar un punto donde su fusión sea permanente. La primera de ellas permitirá a la inteligencia elevarse a niveles en que por sí sola no puede penetrar pues pertenecen a los misterios de la Divinidad.

Por no haber comprendido este renacer y esta resurrección explicada más arriba, las escuelas esotéricas y la iglesia exotérica siguen aún en franco combate entre ellas, lucha  eterna  que conduce a la destrucción de ambas de no existir una reconciliación final y permanente. Por lo tanto, deberán asumir una verdadera tarea de reconciliación interna basada en la unión de la cabeza con el corazón, del pensamiento con los sentimientos, haciendo que todos  marchen juntos  en la edificación de nuestra obra humana.


Nota: Los pueblos antiguos simbolizaban la Sabiduría en la imagen de una serpiente enhiesta. Desde milenios también,  el antagonismo de los atributos denominados Fe y Razón ha sido mostrado a través del diseño de un caduceo (o de una vara) donde trepan un par de reptiles cuyas cabezas se muestran enfrentadas en franco desafío, en espera de la conciliación entre la llama divina y la inteligencia humana en su ruta hacia el Andrógino.  Asimismo, me pregunto si la figura patética de ese horrendo Bafomet  no habrá significado la expresión callada de la Orden del Temple respecto del  colosal desafío impuesto a la humanidad por la dualidad imperante. Mientras el hombre se debata entre el monje y el guerrero y sea incapaz de aunarlos interiormente, la lucha será de trincheras, es decir de un lado la Razón y El Guerrero y del otro, La Fe y el Monje.

La fe obrando sin la razón ha conducido al abandono de los valores morales
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