F. Scott Fitzgerald y Zelda Seyre: del éxtasis al sufrimiento

Zelda Seyre y su marido F. Scott Fitzgerald
Zelda Seyre y su marido F. Scott Fitzgerald.

El dinero que entraba a borbotones contribuyó a que esos seres descentrados incurriesen en un ejercicio desmesurado de vida fantasiosa, libérrima, de más o menos promovidos escándalos.

F. Scott Fitzgerald y Zelda Seyre: del éxtasis al sufrimiento

En La muerte de la mariposa, Pietro Citati narra las vidas de Francis Scott Fitzgerald y la que fuera su esposa Zelda Seyre. De él dice: “Toda su vida fue una grieta”, lo que responde a esa sucesión de reveses que él no supo desalojar de su interior con ninguno de los rotundos éxitos que obtuviera. Es como si sus logros hubiesen sido de una naturaleza distinta, incapaz de penetrar en su ser interior y redimirlo de sus perpetuas heridas. El escritor norteamericano fue un amante de lo fantasioso, de lo etéreo, un perseguidor de irrealidades deslumbrantes, alguien que vivía de la supuesta solidez de lo aparente.

Su relación fue muy apasionada, extremadamente entusiasta, plena de teatrales gestos: Eran la misma persona con dos corazones y dos cabezas...

Era un joven ambicioso, un enorme dependiente de su amor propio, por el que ya sufría en su juventud, por no ser el más popular entre sus compañeros de universidad, o el más rico entre ellos. Desde muy pronto soñó con convertirse en uno de los mejores escritores de todos los tiempos. Estaba obsesionado con gustar a lo grande. Pocos años después, conseguiría ser el escritor de más éxito de Norteamérica, y el mejor pagado.

Zelda Seyre nació en 1900. Scott la conoció a sus dieciocho años, cuando tenía cuatro menos que él. Era una joven fascinante: “Nada le daba miedo; ni cosas, ni personas, ni aventuras, ni ideas”.  Y también añade Citati: “Solo a sí misma se observaba con agrado”, “parecía tan solo conocer la superficie de la vida”, “habitaba en la imaginación, interpretaba su papel con una maestría consumada”.

Su relación fue muy apasionada, extremadamente entusiasta, plena de teatrales gestos: “Eran la misma persona con dos corazones y dos cabezas; y esos corazones y esas cabezas se volvían apasionadamente el uno al otro, el uno contra el otro, hasta arder en una única hoguera”. Se casaron en 1920. Nueve días antes, Scott había tenido su primer gran éxito con A este lado del paraíso. El dinero que entraba a borbotones contribuyó a que esos seres descentrados incurriesen en un ejercicio desmesurado de vida fantasiosa, libérrima, de más o menos promovidos escándalos. Derrochaban el dinero en lujos inconsistentes.

Viajaron y se instalaron largas temporadas en Francia: en París y en la Costa Azul. Fitzgerald consideró que, en algunos momentos, conseguía llegar al cenit de su felicidad y que, por lo tanto, a partir de ahí, todo podrían ser descensos y sombras. En 1925 publicó una gran novela: El Gran Gatsby. Como le dijo a su hija Scotti, en una de sus muchas cartas: “Escribir bien es, en todos los casos, nadar bajo el agua y contener la respiración”. Buscaba lo oculto, la revelación del misterio.

En 1926 empezaron las peleas, los celos, todo ello multiplicado por el abuso del alcohol: “Fitzgerald bebía para vencer el complejo de inferioridad”. Pasaba de la confraternización en las primeras copas a las peleas con todo el mundo y a veces el calabozo. Estando en París, Zelda quiso ser bailarina. Pese a todas las ayudas, no consiguió superar una mediocridad que no le bastaba. En la familia de Zelda había numerosos casos de problemas mentales y suicidios. A los veintisiete años se le manifestó la esquizofrenia que había llevado latente. En 1930 tuvo su primer ingreso en una clínica psiquiátrica. A partir de ahí, esas estancias fueron recurrentes, a veces muy prolongadas. Al principio, no admitía esos encierros que le apartaban de sus proyectos de vivir, pero, con los años, los consideró como remansos de paz en una vida ya irrecuperable.

A los pocos años, Zelda perdió el contacto con su hija. Scott lo mantuvo siempre, pero a menudo desde la distancia, a través de cartas aleccionadoras que le enviaba a los caros colegios donde estaba interna. Por otro lado, también subvencionaba las caras clínicas en las que estaba ingresada su esposa. Procuró, al menos en los primeros años, vivir siempre en sus proximidades, visitarla asiduamente, enviarle ramos de flores de los que la enferma era una apasionada. Zelda también escribía. Incluso llegó a publicar una novela bastante autobiográfica. Como lo eran también las de Scott, quien furtivamente recreaba los textos que su mujer iba dejando en sus diarios y cartas.

Al principio, no admitía esos encierros que le apartaban de sus proyectos de vivir, pero, con los años, los consideró como remansos de paz en una vida ya irrecuperable

En los últimos años, la carrera de Scott declinó abruptamente. Sus últimos encargos fueron de guionista en Hollywood, pero nada estelar, sino como anónimo participante. Antes, había publicado Suave es la noche, la que Citati considera su mujer novela. Sin embargo, no dispuso del favor del público como en los antiguos tiempos. Fitzgerald ingresó en una fase de depresión, de impotencia artística. “Me percaté de que mi amor por los allegados se había convertido en un simple intento de amar”. El alcoholismo, el insomnio, contribuían a una nube de infelicidad, reverso de sus anteriores éxtasis.

Meses antes de morir, en 1940, de un ataque de corazón, Scott le escribió a su hija: “Has tenido dos malos ejemplos como padres. Limítate a hacer todo aquello que nosotros no hemos hecho y estarás absolutamente a salvo”. La muerte de Zelda tuvo lugar en 1948, a causa de un incendio en la residencia donde estaba internada.  Días después de la muerte de Scott, Zelda escribió: “Tengo la impresión de que él continúa programando la felicidad para Scottie y para mí. Libros que leer, sitios a los que ir. Cuando estaba él la vida parecía siempre muy prometedora. Aunque ya no fuéramos íntimos, Scott era el mejor amigo que podía tener.” La distancia procura otras formas de mirar, nuevas presentaciones de lo verdadero. @mundiario

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