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MUNDIARIO

España tiene hambre, ¿esto era el progresismo?

En abril se veían los primeros incrementos en los solicitantes de comida en plena calle. 6 meses más tarde, las colas son más largas y pueden verse en prácticamente todas las ciudades del país. Una bolsa de comida solicitada, a veces, con profunda vergüenza.

España tiene hambre, ¿esto era el progresismo?
Colas en Barcelona de gente  esperando recibir una bolsa de comida. (Noviembre 2020). / @Igarrigavaz
Colas en Barcelona de gente esperando recibir una bolsa de comida. (Noviembre 2020). / @Igarrigavaz

Judith Muñoz

Periodista.

Decía Alberto Olmos, flamante ganador del Premio David Gistau gracias a su artículo Cosas que los pobres debería saber: instrucciones para cuando lo pierdas todo, que la pobreza es aquella que te permite solo comer, mientras la extrema pobreza es la que no da opción ni a eso.

En España se reparten cada día cientos de toneladas de alimentos para aquellos ciudadanos que no tienen suficientes ingresos para realizar una compra de alimentación, es decir, para aquellos que ya están instalados en la casilla de la extrema pobreza.

¿Recuerdan cuando en 2012 se hizo tremendamente popular el reportaje fotográfico del The New York Times sobre el hambre y la pobreza en España? Se tituló ‘In Spain, Austerity and Hunger’ (En España, austeridad y hambre). En una de las imágenes en las que se veía a hombres y mujeres apelotonados frente a la puerta trasera de una furgoneta, mientras un hombre daba un bocadillo a uno de ellos, se destacaba con un breve texto que “Un informe de la organización benéfica católica Caritas, publicado a principios de este año, dijo que había alimentado a casi un millón de españoles hambrientos en 2010, más del doble que en 2007. Ese número volvió a aumentar en 2011 en 65.000”.

Corría el año 2012… 8 años después, Cáritas, en los meses del confinamiento impuesto por el Gobierno de España, ha atendido a 2.198.000 personas, más del doble de ciudadanos de aquel año. Una cifra que no ha provocado apenas ni el levantamiento de una ceja de asombro o indignación.

“Las colas del hambre”, así es como los medios han dado a llamar a las personas que, a veces con profunda vergüenza, deben acercarse no solo a Cáritas sino a cientos de asociaciones privadas, presentes en todas las ciudades españolas, que reparten comida a todos aquellos que se acercan a pedirla.

Era el mes de abril cuando en La Voz de Galicia alertaban sobre el agujero económico en el que se comenzaban a hundir muchas familias en la comunidad gallega. Y solo era abril. Ciudadanos que o bien habían terminado en un ERTE por el que aún no habían percibido nada del Estado o bien pequeños empresarios que se vieron obligados a cerrar sus negocios por el confinamiento obligatorio, acumulando gastos y sin obtener ingresos. Sumado todo ello a los que buscaban trabajo – y buscan – viendo cómo las opciones laborales quedaban prácticamente reducidas a la nada. En un mundo ideal las personas tienen unos pequeños ahorros con el fin de poder salir al paso ante diversos inconvenientes, como puede ser una pandemia (ahora hay que tener esta opción en cuenta), pero en la vida real, son miles las familias que llegan a fin de mes justos, sin remanente, lo que comúnmente se conoce como “vivir al día”.

Ese mismo medio, 6 meses más tarde, ya hablaba de las colas del hambre. 6 meses en los que, desde los mandos de poder público, nada productivo se ha hecho para anticiparse a situaciones como esta. El Presidente del Gobierno de España, el socialista Pedro Sánchez, declaraba en televisión en el mes de marzo: “Nadie se va a quedar atrás, no vamos a dejar a nadie atrás”. Suponemos ahora que se refería a que, cuando caigamos en la extrema pobreza, tendremos nuestra bolsa de comida. Gracias, progreso.

El sector servicios, ampliamente demonizado por la clase política en el poder, es el que más parados está vomitando. En octubre se acumularon en España 3.030.192 personas paradas en este sector concreto (sumando a los extranjeros, diferenciación que hacen en el recuento oficial del Ministerio de Trabajo).

“La hostelería no es la transmisora del virus, lo somos las personas” declaraba el presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijoo, en la misma rueda de prensa en la que decretaba el cierre de la hostelería en la Comunidad sumándose así a Castilla y León, Murcia, Asturias o País Vasco.

Un minuto de silencio por la muerte de cientos de negocios hosteleros, por favor.

Madrid, Barcelona, Valladolid, Huelva, Bilbao, Valencia… no hay gran ciudad que no se libre de estas llamadas “colas del hambre” que crecen cada día.

En Madrid, por ejemplo, la Fundación Madrina, una de las cientos de ellas que hay en la capital, atiende diariamente a 3.500 familias, antes del confinamiento eran “solo” 400, un incremento bárbaro.

En Barcelona, las filas para recibir comida en la parroquia de Santa Anna, en el barrio Gótico, dan la vuelta a la manzana prácticamente a diario.

Son solo ejemplos, y en todos ellos una queja que se repite como una gota cayendo de un grifo con una pequeña fuga: “las ayudas no llegan”.

Sumamos a todo ello el colapso de la Administración Pública en cuanto a la aprobación de ayudas que se demoran y solicitantes que no tienen el tiempo del que sí dispone la Administración para resolver. O el hecho de que conseguir ser atendido por teléfono por el SEPE o la Seguridad Social se asemeja a ser el ganador premiado por un boleto de lotería; el mismo caos rige a la hora de pedir una cita en ambos estamentos públicos a través del sistema digital de Cita Previa: en muchas comunidades esta cita se está dando a dos meses vista, en otras directamente no se da cita, y en las más suertudas se da cita en administraciones a 50 o más kilómetros de distancia de la residencia del solicitante. Esto está ocurriendo.

En los medios de comunicación se habla de ingeniería social o de la política de marketing del Gobierno del socialista Pedro Sánchez y el podemita Pablo Iglesias, nada de eso interesa a los que esperan cola para poder comer, muchos con carritos de bebé. Por eso ya no solo se reparten legumbres, leche o latas de conserva, también pañales y alimentos para los recién nacidos.

Pero no hay lugar a la queja porque de esto solo hay que culpar a un virus y gracias a Dios tenemos a los políticos que hemos votado. Estamos en buenas manos. España va bien. (ironía modo on) @opinionadas en @mundiario