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MUNDIARIO

Si esto es real, necesitamos a Wall-E

Los creadores de ficción no somos científicos, por eso gozamos de la libertad de imaginar a nuestro antojo cómo se originó esto.
Si esto es real, necesitamos a Wall-E
Wall-E.
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Vicky Rego

Vicky Rego

La autora, VICKY REGO, es audióloga y docente en la Universidad del Salvador. Especializada también en traducción en la Allliance Française ha escrito poemas y cuentos, algunos publicados como Un beso tímido y La otra historia. Tradujo del francés la novela Sans moi, de Marie Desplechin, y trabajó para la revista Elle. FEFO es su primera novela, editada en Buenos Aires por Multiediciones; le siguieron Por un momento para siempre (Amazon) y está en camino la tercera, aún sin título. @mundiario

De chica imaginaba el 2020 (o el 2050, daba igual) poblado por robots que harían las tareas por nosotros, mientras nos dedicábamos a viajar por el espacio, sin enfermarnos, porque la ciencia se había encargado de inventar el antídoto al castigo por el pecado original. Moriríamos pasados los cien, cansados de vivir y ser hermosos. Sin riesgo de superpoblación porque unos cuantos planetas estarían disponibles para ser habitados.

También llegué a pensar que las cartas que tanto me gustaba escribir, tardarían sólo un día en llegar a su destinatario, no importa donde se encontrase.

Nunca se me cruzó por la cabeza la existencia de un teléfono móvil adosado a nosotros como un tercer brazo, apto para acceder a bibliotecas, películas, música y verle la cara a otra persona que estuviera a veinte mil kilómetros de distancia.

Sin embargo, acá estamos, en 2020, invadidos, no por extraterrestres, sino por un virus que quién sabe de dónde cayó.

Los creadores de ficción no somos científicos, por eso gozamos de la libertad de imaginar a nuestro antojo cómo se originó esto:

Veo un mundo devastado por el  hiperconsumo, generado por un capitalismo que se fue de mambo. Una gran parte de la humanidad dependiendo del servicio y del hambre de otra. Hombres que no pueden existir sin que les arreglen su vida, su casa, su confort. Que necesitan producir a un costo muy bajo todo lo que su voracidad  les demanda.

Seres con distintas variantes de Isabel Bathory, la condesa sangrienta, que fue capaz de lo más horrible, con tal de retener la juventud y la belleza.

También veo estallar en una fábrica textil situada en la parte más oriental del planeta, una máquina que trabaja sin descanso. El alto grado de toxicidad provoca muertes y los que sobreviven son hospitalizados. Misteriosamente, los otros internados empiezan a enfermarse.  Cada vez más muertos. El mal se va extendiendo por todo el mundo global pegado a los viajeros que se trasladan por trabajo, negocios y turismo.

Entonces, una organización mundial de salud decide llevar a todos los terrestres sanos al espacio.

Colas y colas para poder partir. Muchos van quedando en el camino. Los que llegan se ubican en sillas autodirigidas desde donde miran en pantallas cómo unos robots instalados en la Tierra, programados como médicos y enfermeros, atienden a los pacientes y creman a los muertos. Otros se encargan de la limpieza y desinfección.

Pasan meses y años. Ya no quedan humanos vivos en el planeta y los robots se van descomponiendo. Sólo sobrevive uno.

No lo voy a llamar Wall-E porque Andrew Stanton o la Walt Disney Pictures me demandarían por plagio.

Pero necesitamos a Wall-E, ese robot encantador que se convirtió en un ser sensible, capaz de hacer que todo recomience.

Pero atención, para poder reingresar, los que están allá en el espacio, volverán de a uno y sólo después de haber aprobado un test. De su resultado, se determinará quienes aprendieron la lección. Algo así como un control de alcoholemia:  con un soplido se reconocerá en el acto  a los que siguen borrachos de bienestar y poder.   

Volver a empezar asusta y es riesgoso. Se dice que las crisis nos dejan una enseñanza, pero hay muchas formas de aprender. Algunos querrán sacar ventaja de esta experiencia robótica. 

La  literatura y el cine aportan infinidad de ideas al respecto. ¿Quién no sueña con mandar a su propio doble a trabajar, a decirle a su novio que ya no lo quiere, a enfrentar al jefe para cantarle las cuarenta, a ir al casamiento del hijo de un conocido que vieron una sola vez en su vida, al supermercado, o a un velatorio por compromiso? Hoy, por ejemplo,  un trato con el doble sería ideal para violar la cuarentena.

Tal vez a algún marido posesivo , después de leer “El robot y el peso de la cama” de Sanjūgo Naoki, se le de por fabricar uno,  maestro en las artes del amor y regalárselo a su mujer, para asegurarse de que, ante su ausencia, solo lo reemplazará por él.

La novela de Kazuo Ishiguro “Nunca me abandones” cuenta el experimento más cruel que se le puede ocurrir a un científico con el pretexto de salvar vidas: en un internado inglés, con características victorianas, conviven jóvenes en una existencia idílica. Es una parodia de la vida donde los adolescentes,  descubren el sexo, las relaciones de amistad y poder, y se enamoran, sin ningún contacto con el mundo exterior. Pero descubren que son clones y que su vida tiene un solo objetivo: proporcionar los órganos necesarios para hacer trasplantes a seres “reales”.

Tal vez eso es lo que está pasando y resulta que  este mundo es un Truman Show y hay otro real en donde todos están a salvo. Y entonces pensaremos en Platón que ya nos lo advirtió hace cientos de años. @mundiario