Entendiendo a los enternecedores kimonos bajo los que vive la timidez japonesa

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Calles de Osaka. / Xantia Alonso.

Llego, tras una -siempre corta- estancia de un mes en Kyoto, a la capital de Japón, Tokyo. La segunda mayor aglomeración urbana del mundo. Sus mas de 36 millones de habitantes tienen mucho que decir.

Entendiendo a los enternecedores kimonos bajo los que vive la timidez japonesa

3, 2, 1 grabando! Estoy en Shibuya Cross, aparentemente el cruce más transitado del mundo. El semáforo rojo detiene a todos los automóviles cualquiera que sea su dirección. Los pasos de cebra, en forma de equis, favorecen que en cuestión de segundos la encrucijada nipona se vea inundada por miles de personas.

Sorprendentemente no siento el más leve empujón, ni un roce, tan solo el hermético y misterioso silencio de las calles de Tokyo. Pareciera que estuviese ensayado previamente para que fuese perfecto.

Llevo un pinganillo, un micrófono y una gopro.

El bullicio ensordecedor de los pachinko (salas de juego en las que la gente da rienda suelta a su galopante ludopatía), los camiones que recorren el centro promocionando a todo volumen al nuevo icono musical de Japón, la estridencia visual que supone caminar entre infinidad de coloridos, parpadeantes y superpuestos neones... Están solapados, amontonados, aglomerados desde el primer piso hasta el último; provenientes, salientes de cada uno de los edificios, como pintados, un puzle de fantasía, que invita, indudablemente a consumir.

Explorando la vergüenza

Millones de personas y muchas de ellas con llamativos atuendos: cosplay, góticos, kimonos ... Ellos, tan vergonzosos como son para una infinidad de cosas, no dudan en vestirse a diario como salidos de una película de anime o disfrazados a imagen del protagonista de su videojuego favorito.

Y al mismo tiempo percibo el contraste, su lento caminar, el sosiego y la calma que desprenden los japoneses, su inexpresividad y la ausencia completa de contacto físico en sus relaciones sociales. Son tantos los estímulos sensoriales que me siento inquieta. Abrumada, me desvío de mi objetivo.

Estoy en un conocido programa de televisión, ZIP. Es un espacio de humor que busca una risa fácil. Mi cometido parece, en principio, bastante sencillo.

Debo conseguir que participen en el programa aquellos que vistan una camiseta con una leyenda en inglés. En realidad, solo quieren hacer hincapié en el pésimo nivel de inglés de los nipones, que no aciertan a descifrar la más simple de las frases que se pueden leer en sus camisetas y, por supuesto, reírse un poco de ellos. Mis “víctimas’’ visten, en algunas ocasiones, camisetas con ridículas frases o simplemente carentes de sentido alguno. Cuando les explico lo que quiero, solo aciertan a decir: “¡Oh my God!”, repetidas veces.

Ellos, tan vergonzosos como son para una infinidad de cosas, no dudan en vestirse a diario como salidos de una película

Grabamos durante toda la mañana y vamos en parejas. A pesar de que no me acompaña una cámara grande que pudiera resultar intimidatoria, todo aquel que intento parar, con el solo hecho de acercarme, logro que se cambie de acera, que de media vuelta, me esquive, ignore o simplemente no quiera participar. Entiendo por un instante a los sufridos captadores de socios callejeros. Prometo afiliarme a lo que sea la próxima vez que me paren.

Me resulta enternecedor degustar cómo se esconden tras su melena o se tapan la boca con sus manos mientras hablan… O cuando se ríen.

A día de hoy sigo dudando de si son realmente tan tímidos como parecen o sencillamente responden al único patrón de socialización que conocen.

Hablándose a sí mismos

Prácticamente todas y cada una de sus acciones me resultan singulares, casi extravagantes, desafían todas mis costumbres y mi arraigo cultural.

Prácticamente todas y cada una de sus acciones me resultan singulares, casi extravagantes, desafían todas mis costumbres y mi arraigo cultural. Me sorprenden sus hábitos en torno a la higiene personal. Se duchan muchas, demasiadas veces al día y me miran con profundo desagrado cuando les digo que no es lo habitual en Europa. Excesivamente corteses, tienen unos modales muy estrictos. En la mesa, por ejemplo, agradecen la comida, aunque coman solos, diciéndose a sí mismos y al silencio un elocuente "¡buen provecho!".

Exageradamente supersticiosos cuentan con amuletos para cualquier que sea el deseo o la dolencia. De algún modo, entenderles se convierte en una especie de reto para mí.

 rsz_señora_rezando_en_temploSantuario sintoísta. Monte Tokao, Japón. / Xantia Alonso

 

Por ello, durante mi segundo mes en Japón, decido trabajar como profesora de inglés. Yuta Uchiki, el dueño de la escuela, afirma que mis alumnos son de lo más extrovertido que me voy a encontrar. Según me cuenta, la mayoría llega hasta la puerta y da media vuelta; paralizados ante la idea de tener que hablar en inglés.  Y por si eso fuera poco ¡con una extranjera! Necesitan aprender este idioma de manera urgente, pero sus miedos son más grandes que sus sueños.

“España es muy insegura, además de que hay muchos robos”

Anhelan, codician viajar, pero Europa les parece demasiado peligrosa. “España es muy insegura”-, me dice Toi Tanaka, uno de mis alumnos. Todos asienten al unísono emitiendo uno de esos sonidos tan característicos con los que constantemente se comunican. Además hay muchos robos, añade Toi. No puedo evitar reírme al explicarles que es a ellos a quien más roban. A una sociedad como la suya, en la que apropiarse de lo ajeno es algo inconcebible, le cuesta interiorizar que si descuidan sus pertenencias, es altamente probable que desaparezcan.

Su inocencia me conmueve, a la par que me aterra y les advierto de algunos de los peligros con los que se pueden encontrar fuera de la burbuja nipona.

 Jerarquía, disciplina sacralización del trabajo

Todos quieren viajar pero prácticamente ninguno de mis alumnos desea vivir fuera. Consideran que Japón es el mejor país del mundo. Nunca me había encontrado con una sociedad tan orgullosa de su país. Me provoca cierta envidia.

“Para ser tan perfecto tenéis muy pocas vacaciones”, apunto con retintín. “La competencia es muy grande entre los trabajadores, por eso crece tanto la economía. No podemos dejar muchos días nuestro trabajo, es peligroso. ¿Y si pasara algo?’’-, apunta Nina Kawasaki. “El nivel de vida es muy alto, más de la mitad de los alimentos son importados y muy caros, por eso trabajamos horas extras. El mercado laboral es duro. Tenemos que competir y ser los mejores, aquí no podemos cooperar’’-, añade Nina. Siempre había leído que la sociedad nipona esta muy unida y que piensa primero en el bien común y posteriormente en el individual. Me pregunto cuánto habrá de cierto en todo esto. Las relaciones son eminentemente verticales y, aunque el sistema de clases ya no esté vigente, la jerarquía social está muy presente.

Las relaciones son eminentemente verticales y, aunque el sistema de clases ya no esté vigente, la jerarquía social está muy presente.

Se puede apreciar de manera muy evidente la primacía del hombre sobre la mujer, del que tiene estudios sobre el que no, o del jefe sobre el empleado. Me explican que tienen unas muy disciplinadas normas laborales como hacer ejercicio todas las mañanas en la oficina antes de empezar la jornada. Todos, frente a sus mesas, realizan unos estiramientos al compás de su superior. Nunca se van hasta que no lo haya hecho su jefe y al despedirse de él dicen la siguiente frase hecha: “Agradecido de trabajar contigo”. Les sorprendo diciéndoles que a mí en realidad no me gusta trabajar, que me encanta estar activa y en continuo aprendizaje, pero que trabajar lo que es trabajar… Me miran ojipláticos.

rsz_templo_tokyo Templo de Japón. / Xantia Alonso.

 

“¿No te gusta trabajar? pero trabajar es vivir, es construir una sociedad mejor, un mejor país. Es bueno para todos, y debemos pensar en nuestros hijos”. ‘’Digamos que comparto la idea’’-, respondo, pero también creo que el ser humano debe salir de su zona de confort, exponerse, explorar, experimentar, aprender y después, y sólo entonces, podremos hablar de fronteras, de construir, de lo bueno, lo malo y lo peor, de lo necesario y de todos los miedos del ser humano.

No dicen nada. Pero me da la ligera impresión de que no les he convencido.

“Esto es Japón, somos como los alemanes, muy susceptibles de que nos laven el cerebro. Hacemos lo que se nos dice, y no se discute”. Así que me quedo sin argumentos ante semejante afirmación’’.

Inmersión en la comunidad

Uno de tantos días terminamos la clase en el karaoke. Un must en Japón. Nos disfrazamos y bebemos sake. El karaoke es un tema serio. Sólo cantan las canciones que previamente han ensayado en sus casas y dominan a la perfección. Yo les canto “La bamba”, así a pelo, como me sale ¡sin ensayar ni nada!

 

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 Boda tradicional. Kamakura, Japón. / Xantia Alonso.

Me fascina la coexistencia de superstición, tradición y modernidad. Los rituales dentro de los templos me hacen soñar con otra era. Profundizo, es un decir, en el budismo y aprendo todo lo que puedo sobre el sintoísmo. Acudo a diario al mismo templo para conversar con uno de los sacerdotes y asisto a la ceremonia en el que la cabeza religiosa de la corriente budista en Japón delega todos los poderes en su hijo. Es un rito al que acuden buses desde todos los rincones del país. Participo en los pequeños eventos de mi barrio, preparamos comida de manera artesanal como el Mochi, golpeando la masa con un pesado mazo de madera. Viajo al futuro recorriendo las calles de Akihabara, distrito tecnológico, paraíso del anime y los videojuegos. Me invitan a una boda tradicional japonesa, asisto a un combate de sumo y mis alumnos hasta me empujan, amablemente claro, a participar en una de esas mesas en las que hablas durante un período muy corto de tiempo con diferentes hombres, con el fin de conocer a tu media naranja... Por cierto, invitación, esta última, a la que me arrepiento haber rechazado.

rsz_mochiok (2)Elaboración artesanal de Mochi en Shin-Okubo. / Xantia Alonso.

 

Mi último día en Japón una de mis mejores amigas, Midori Sato, viene desde Kyoto para despedirse. Ha pedido el día libre en el bar en el que trabaja. Un empleo no exactamente de hostelería puesto que consiste en escuchar y mantener conversaciones con los clientes, quienes incapaces de abrirse con su círculo más cercano, buscan no sentirse tan solos con una completa desconocida. Mis alumnos me traen chocolates y regalos, me abrazan fuertemente (superando más de una fobia y alguna que otra costumbre...) pidiéndome que vuelva pronto y entiendo que ellos se sienten tan solos como yo me he sentido allí.

Me voy, con muchas más dudas e intrigas sobre esta cultura de las que tenía cuando llegué hace meses aunque, eso sí, absolutamente cautivada por el enigma. Si de algo tengo certeza, es que he transitado de un antes a un después en mi camino. @mundiario


 

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