El ensayista Javier Puig analiza la poesía de Manuel García en 'Luz de los escombros'

Portada de Luz de escombros.
Portada de Luz de escombros.

Estos versos exigen un ejercicio de verdad, un recorrido temerario. Las imágenes están impregnadas por los despojos del tiempo. Nos sumamos a un decir siempre lo ulterior y nos extrañamos de nosotros mismos.

El ensayista Javier Puig analiza la poesía de Manuel García en 'Luz de los escombros'

El profesor Manuel García Pérez, colaborador de MUNDIARIO, viene demostrando habitualmente, en sus reseñas, su capacidad para captar la esencia de muy variadas manifestaciones artísticas, desde la poesía al cuento infantil, pasando por la novela, el cine e incluso la escultura. Su prodigalidad, su atrevimiento y su fluido hacer no significan superficialidad sino todo lo contrario: sus comentarios están guiados por el rigor y la fina perspicacia.

"Sus dos libros anteriores -apunta el ensayista Javier Puig-  son novelas destinadas principalmente a un público adolescente, pero que contienen suficientes elementos de complejidad como para interesar también a un lector adulto. La memoria del cuervo es un relato que nos sitúa en un ambiente opresivo, sometiéndonos a una sugestión en la que nos sentimos expectantes. Es un libro que se lee con voracidad e intriga irrenunciable. Su novela más reciente, 'Rostros de Tiza', es un relato más complejo en su estructura. Con un estilo fragmentario, nos va introduciendo en unos personajes muy bien definidos, donde el autor demuestra un gran conocimiento de la psicología del adolescente. Una vez más, el marco escénico que contiene la historia es muy relevante y contribuye al excelente dibujo de unos avatares que impactan en el lector".

Luz de los escombros

Ahora, Manuel García, nos presenta su poesía con su 'Luz de los escombros', un libro de una belleza sobrecogedora. En esta obra, nos  demuestra que no es un poeta ocasional, ni tampoco un versificador que se conforme con una creación vistosa y elogiable o con una simple ordenación de lo visible. Su poesía está en la otra orilla de su producción, nace de otra dimensión y se nutre de sí misma, aunque, desde de cada una de sus orillas, el autor se revela en un paralelismo que nos convence de lo genuino de su obra.

"El hálito de la poesía - escribe el ensayista Javier Puig- no se puede dominar. El poeta auténtico se sacrifica a la obra que le hace. No pretende la fabricación de un mundo propio, sino que lo encuentra en los recovecos de su ser. Es hombre que se ve obligado a la convivencia con una doble visión: la inmersa en la sociedad y otra, extraña, que intenta preservar en lo más recóndito de sí mismo. La poesía es peligrosa, pues. Se disfraza de mercancía provechosa, se proclama logro presumible, mientras, subrepticiamente, aparta al autor de las celebraciones y lo conduce a las estancias difíciles".

En este libro, el paisaje se convierte en un ser agobiante, que con su pálpito intimida la soberbia humana, hasta someterla a la igualdad con otras vidas mucho más rudimentarias. "Es un paisaje hecho con palabras de escueta luz. Leer estos versos es desplazarse a un mundo sin hospitalidad, al que hemos sido invitados desde una distancia enérgica pero fraterna. Allí nos sentimos hijos de un mismo dios que conocíamos vagamente, que habíamos intuido en las remisiones de nuestra dispersión, que había quedado tras la estampida de todas los formas del tiempo", interpreta el ensayista Javier Puig.

El paisaje se apaga con cada poema y reaparece, iluminado, en el siguiente; como si entre brevísimos fundidos en negro. Son escenas de quieta luz, atravesadas por rastros trágicos, por el dibujo que deja la sangre, por la impresión de una soga, de la cuchilla. Y, frente a todos los nacimientos, los trazos de la destrucción.

"Adentrarse en estos poemas -explica Puig- es escuchar la voz del silencio, quedarse en los principios de otra inmensidad, haber atravesado una puerta que nos encerraba en los ruidos de nuestra historia. Es dar unos pocos pasos, lastrados por la atonía, frenados por una conciencia de profanación que nos ruboriza al presenciar una desnudez última; es acceder al espacio donde se incorpora nuestra presencia absoluta".

Estos versos exigen un ejercicio de verdad, un recorrido temerario. Las imágenes están impregnadas por los despojos del tiempo. "Nos sumamos -opina el mencionado ensayista- a un decir siempre lo ulterior y nos extrañamos de nosotros mismos.  Como dice José Luis Zerón, en su excelente prólogo, el universo descrito en este libro es de “carácter binario y paradójico”. Tiene este poemario un hermetismo claro, una sugerencia que es nuestra, un principio de muerte que nos antecede despacio. En el concéntrico recorrido por estos versos no salimos de la inquietud. Pero es una inquietud serena, que contempla la vida ciega, impregnada de muerte y de nacimiento".

El colaborador de MUNDIARIO Manuel García acierta al desnudar su voz de grandilocuencias. Para Puig, "nos encontramos ante una poesía austera que ha absorbido su propia riqueza y avanza cadenciosa hacia sus vislumbres".

Como declara en la contraportada, la poesía no es para él un placer sino una necesidad que le sumerge en espacios desolados. "En estos tiempos de hedonismos necios -concluye el ensayista Javier Puig, decir que la lectura de este libro no va a suponer un ejercicio de placer,  puede disuadir a más de un pusilánime. Porque no es placer lo que se siente al leer este libro, es mucho más que eso. Dentro de estas páginas alcanzamos la envoltura de un paisaje verdadero que presentíamos en las hendiduras de nuestra abrumadora cotidianidad y que, ahora, conducidos por la grave serenidad de estos versos, al fin nos atrevemos a saber. Leer Luz de los escombros es una experiencia que nos deja más preparados para encararnos a los fantasmas de la devastación".

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Luz de los escombros

Manuel García Pérez

Alzira. Germanía Ediciones, 2013.

http://tienda.germania.es/epages/eb2058.sf/ca_ES/?ObjectID=3498561

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