En este preciso instante, una niña puede estar siendo agredida en cualquier parte del mundo

El problema está cuando una se sumerge en las aguas abisales de la mezquindad del ser humano y es consciente de lo que subyace en las últimas capas de la cebolla donde la perversidad no tiene límites.
En este preciso instante, una niña puede estar siendo agredida en cualquier parte del mundo

Niñas indias

Niñas indias / Diego Rodríguez-Vila vía Compfight

La primera vez que alguien me besó no fue algo consentido. Esa persona, que por aquel entonces duplicaba mi edad, arrebató de mis labios un beso como el dentista que arranca una muela sin anestesia. Por circunstancias que no vienen al caso, la experiencia quedó simplemente en una anécdota, pero aquel recuerdo, cubierto de babas y pústulas, todavía sigue igual de vivo cada vez que acciono el interruptor de la memoria.

La existencia es una cebolla cubierta de capas, una experiencia multidimensional donde cada persona pulula a diario rodeada de su propio micromundo. Así, mientras discurre el tiempo en el que yo escribo este artículo, se suceden infinitas historias en todo el mundo imposibles de aprehender: a una persona le están comunicando una horrible noticia; un bebé nace o un joven muere; alguien está recibiendo una declaración de amor o desangrándose por una ruptura; alguien es despedido de su trabajo o contratado, por fin, en esa empresa que tanto anhelaba; unos están haciendo el amor o sufriendo un accidente de tráfico; pidiendo limosna o disfrutando de una tarde de lujo bajo la sombra de una palmera. La lista sería interminable porque cada segundo, cada minuto, cada hora están preñados de acontecimientos de todo tipo que devienen en el laborioso transcurso de la humanidad.

El problema está cuando una se sumerge en las profundas aguas abisales de la mezquindad del ser humano y es consciente de lo que subyace en las últimas capas de la cebolla donde la perversidad no tiene límites. Saber, por ejemplo, que en este preciso instante una niña puede estar siendo agredida sexualmente en cualquier parte de este planeta, como la pequeña de cuatro años que estos días ha muerto en Ghansaur (La India) después de ser secuestrada y violada por Firoz Khan, un malnacido que la atrajo con una mísera onza de chocolate. Ser consciente de que nuestra realidad es una pátina de brillo que, a poco que rasques, oculta kilos de mierda, carroña y podredumbre. Asimilar que esa niña caerá, como tantas otras, en el olvido. A no ser que alguien accione por ella el interruptor de su memoria y el dolor haya servido de algo.

En este preciso instante, una niña puede estar siendo agredida en cualquier parte del mundo
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