De un empacho de gastronomía bulliciosa a una indigestión de realidad

Ilustración sobre Ferrán Adriá
Ferrán Adriá, malabarista molecular

No hay humor ni dinero para más gastronomía histriónica. La nueva oferta hostelera ofrece "cocina sincera" y "recetas de abuela". ¿Somos damnificados del Tifón Adriá?

De un empacho de gastronomía bulliciosa a una indigestión de realidad

Si los críticos de televisión dejaran de taparse la nariz con las manos, yo les tendería la mía. Porque, más allá del manojo insípido de tópicos que se gastan, coincido con ellos en que hay "basura" en la tele: los canales son un auténtico vertedero de vocaciones.

Los primeros en rodar por sus fétidas laderas fuimos los periodistas. Si la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) incluyera el piloto rojo de una cámara entre las adicciones más dañinas, tendríamos un cálculo más certero del daño que hacen las drogas.

Cuando, en los noventa, las páginas de los periódicos empezaron a ser más gráficas e infográficas que textuales, las emisoras de radio se llenaron de tertulianos y las empresas periodísticas se metieron en la pelea fratricida por el control de la televisión, algunos periodistas entendimos que había llegado el imperio del fast journalism. Aquejados de dolor y cinismo, abandonamos nuestra vocación para entregarnos a la recreación televisiva: "Para hacer entretenimiento, mejor lo hago en serio", fue mi justificación.

Después de los periodistas, vinieron los actores, que llegaron como los críticos, arrugando la nariz. No había entrevista de un digno histrión español, con independencia de su generación o clan, que no empezara dejando claro que si trabajaba en una serie televisiva era –la sinceridad les honraba– por el dinero y la popularidad; el colofón resultaba invariable: el verdadero arte está en la gran pantalla o en la escena, declaraban, con los ojos en blanco, nuestros comediantes. Será por escenas, con la cantidad de ellas que se graban en una jornada de televisión…

Lo cierto es que, en España, hay series que, como tales, son eficacísimas y de una calidad más que respetable; en cambio, hay películas españolas que, como Séptimo Arte, son magníficas… ¿calabazas?... ¿traspondedores de positrones?... ¿piruletas de tres colores?

Cuando los actores se quejaban de que, "por necesidad", tenían que trabajar en televisión, olvidaban quién es su divino patrón: Dioniso, el Baco de los romanos, trágico y frívolo, profundo y orgiástico. Él los llamaría snobs, pero en griego clásico.

Con los periodistas y los actores creímos haber cubierto el cupo de vertidos vocacionales televisivos. Pero no, éramos pocos y parió el capón: llegaron, desde los platos a los platós, los gastrónomos astrónomos, frenéticos salseros cazadores de estrellas.

¡Cuánto daño hizo Ferrán Adriá! Y qué listo fue… ¡El propio Capitán Araña!, que embarcó al resto y se quedó en tierra. Cómo se olió el bullicioso cocinero molecular la que se nos echaba encima y cómo se quitó de en medio. Menudo mutis el suyo; lleva el espectáculo en cada átomo de su cuerpo.

Hoy, si ustedes repasan las webs de los nuevos locales hosteleros que se abren, por poner un ejemplo, en La Coruña, observarán cómo se repite un lema: "Ofrecemos cocina sincera"; así mismo. Por oposición a la bacanal de los fogones que hemos conocido, ¿debemos entender que la cocina anterior era tecno-hipócrita-emocional? ¿Deconstructivo-histriónica? ¿Minimal-filusmática? ¿Cheminova-restaurativa? El caso es que ya no hay humor para comer esferificaciones de té verde, burbujas de aceituna o tortillas sin ligar. Comer ya no es exhibición, sino necesidad.

Durante años hemos aceptado una relación tóxica con los cocineros; y no lo digo por los experimentos químicos que se han perpetrado en las cocinas, sino porque nos hemos dejado dar caña, como un sumiso frente a su dominatriz. Lo que hemos tenido con las estrellas de los pucheros y las probetas ha sido un episodio flagrante de sadomasoquismo.

Decía que ya no hay humor para chorradas en plato grande. Ni dinero; cuando la crisis entra por la puerta, la frivolidad escapa por la ventana, como un ladrón pies en polvorosa. Y eso ha pasado con la tan cacareada gastronomía española, por mucho que en su oferta sobrara el carbónico, faltasen los huevos y sobrasen las pelotas (que las tenía la cosa, y del tamaño de una paella).

Decía Julio Camba –maestro del comer y catedrático del beber, pero de los de verdad– que la esencia del arte de la gastronomía es el sentido común. Y que sus verdaderos destinatarios no son los vientres opulentos, sino la clase media, esa misma clase que hoy come y vive a base de marcas blancas y, en los peores casos, de comedores de caridad.

Por eso, porque ya no hay dinero ni humor, los más hábiles de los guisanderos estilosos se han pasado, por instinto de supervivencia, al más frívolo de los mundos, con perdón de los discípulos deconstructivistas de Adriá: la televisión.

Quizá, en el fondo, no deban tomarlo como un fracaso, sino como una confirmación. Tan prestigioso como el galardón de una estrella Michelín es hoy darle sopas con ondas (y quien si sabe si con un Ondas) a Jorge Javier Vázquez. Que se lo pregunten a Alberto Chicote, el chef indiscutible de la parrilla de los miércoles televisivos. En cuanto se atiborre de popularidad, pídanle al mediático ranchero que vuelvan a meter las manos en la masa. ¡Eh, Arguiñano!, no te rías.

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