El valor de un ¡hola! o una sonrisa regalados al andar por las calles de nuestra ciudad
Sólo lo apreciaremos si nos sentimos arraigados en un lugar
Los árboles que mueren de pie, enhiestos, dignos, tienen raíces profundas que les amarran a la tierra con fuerza, les permiten sobrevivir a a las dificultades y forman parte del paisaje habitual de la ciudad, del jardín o de un bosque.
No valoramos debidamente la conveniencia del arraigo en un lugar determinado para afrontar la vida, sobre todo a partir de la madurez, de forma satisfactoria. Ello supone sentirnos parte de la ciudad y considerar sus calles, jardines, vecinos, instituciones,..., como parte de nosotros mismos.
Saludar por la calle a quien tal vez sólo conocemos de vista o de una conversación ocasional, con un sencillo “hola” o “buenos días”, es algo que reconforta cuando abandonamos la vida laboral y, por lo tanto, se reduce nuestra vida social. Detenerse en la calle para intercambiar opiniones sobre cosas triviales como el tiempo, la salud, de dónde vienes o a dónde vas o conocidos comunes,... y tantas otras bagatelas, reconforta.
Entrar en un café y encontrar al camarero de siempre, que te recibe con una sonrisa y ya sabe que vas a tomar un café con leche templada, te hace sentir conocido y reconocido, algo que solamente sucede en lo que algunos, despectivamente, llaman “capital de provincias”.
En otras ocasiones sentiremos la satisfacción de que la gente confía en nosotros -porque nos conoce, aunque no sea más que de vista- cuando vamos a comprar el periódico en el quiosco de siempre y advertimos que no llevamos dinero: “no se preocupe, otro día pagará”.
La cercanía de establecimientos comerciales y de espectáculos, las casas de los amigos, los lugares de paseo habitual, la acera adecuada para recibir el tibio sol del invierno o disfrutar del frescor de la sombra en el verano, nos hacen más grata la vida de cada día.
Naturalmente, los “amigos de siempre”, tu médico y el inevitable farmacéutico, el peluquero y el panadero, forman parte de nuestras vidas porque se charla de lo divino y de lo humano y recordamos el pasado vivido en común, compartimos preocupaciones sobre aquel síntoma surgido de repente o pedimos la barra de pan “como sabes que me gusta”.
¡Las tertulias, qué decir de ellas! Un rato de expansión en torno a un café y al calor de la amistad, para olvidar achaques y preocupaciones mientras escuchamos el último chiste, criticamos al gobierno y al alcalde o analizamos la evolución de las obras del barrio.
Sentirse parte de un lugar es fundamental, sobre todo en la madurez-vejez, porque damos y recibimos calor humano y sentimos la confianza que produce lo conocido, fundamentales para una vida en paz.
Tal vez, jóvenes, no valoren adecuadamente esta reflexión de quien avanza por la fase crepuscular de la vida; y prefieran -estais a tiempo, lo comprendo- conocer lugares, cambiar de actividad, ampliar las relaciones personales,...; pero pensad que, en algún momento de vuestra vida, debéis enraizar en un lugar para sentir la satisfacción de dar los buenos días por la calle o, sencillamente, regalar un ¡hola! o una sonrisa. @mundiario