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MUNDIARIO

El misterio de las mascarillas

Desde el punto de vista preventivo, el uso de las mascarillas está totalmente indicado para este tipo de situaciones. Es mejor enseñar a la gente cómo usarlas que decirles que no las usen.
El misterio de las mascarillas
Mujer con mascarilla. / Michael Amadeus. / Unplash
Mujer con mascarilla. / Michael Amadeus. / Unplash

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Elías Azulay

Elías Azulay

El autor, ELÍAS AZULAY, es investigador en la Cátedra Innovación de la Universidad Politécnica de Valencia y colaborador en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) en gestión del talento, organización y equipos de trabajo. Galardonado en 2018 con el premio AEDEM por el uso de su tecnología en la asignación de la alerta temprana de la enfermedad del Alzheimer, es el desarrollador de la tecnología algorítmica ADNe, la cual descifra el comportamiento emocional replicando el modelo sináptico. @mundiario

Mientras Oriente advierte que es un error que la población no use mascarillas, en España se alzan las voces para que no las utilicemos. Ante tal situación, vamos a marcar correctamente el “terreno de juego” y así podremos explicar esta grave contradicción.

Tenemos que saber que existen 3 tipos de mascarillas, las cuales son conocidas como FFP1, 2 y 3. No se preocupe, no vamos a entrar en especificaciones técnicas… Las primeras son las llamadas quirúrgicas desechables y son las utilizadas habitualmente en la actividad clínica. Su papel está más ajustado a que aquel que la usa evita contagiar al otro. Carecen de filtro y no son muy adecuadas para evitar el paso de microorganismos. De hecho están diseñadas como una buena barrera física, esencialmente desde dentro hacia fuera aunque también poseen cierta utilidad como “peaje” básico ante el estornudo de un tercero. Su gran ventaja es que son muy económicas y relativamente cómodas. El resto de mascarillas están diseñadas principalmente para una protección desde fuera hacia dentro y por ello son las adecuadas para evitar contagios y toxicidades ocasionadas por partículas de diversa magnitud. Su coste es más elevado y al ser menos flexibles, su comodidad se ve comprometida.

Bien, pero mucho me temo que estas descripciones no son suficientes para aclarar lo que está pasando al respecto. Por ello, vamos a introducir un elemento más: la falsa seguridad.

Como equipo de protección que es (EPI), la mascarilla tiene su manual de uso. Como bien sabe, una persona no debe ajustársela continuamente sin lavarse las manos antes. Esto es difícil pero absolutamente necesario. Peor es que una persona se toque la cara, nariz, ojos o boca directamente sin mascarilla. También hay que resaltar que a mucha gente le da vergüenza usarla en la calle y eso ha hecho que miles y miles de personas hayan diseminado y propagado el coronavirus con sus estornudos, comentarios y alientos.

Al margen, este misterio posee otro vértice que no es otro que el de la disponibilidad. A primeros de Marzo ya no había mascarillas ni en farmacias ni en grandes superficies de bricolaje. Amazon daba más de 3 semanas en la estimación de su entrega, siempre y cuando no estuviesen agotadas. Lo cierto es que la gente fue previsora y se abasteció antes que los propios responsables de compras de la administración pública y de las autoridades sanitarias.

Un gran desconocimiento al respecto disparó el consumo y posterior almacenamiento de mascarillas quirúrgicas hasta que las autoridades bloquearon su libre distribución con el objetivo de abastecer al personal sanitario y demás servicios esenciales. Esto derivó en que algunos hospitales y ambulatorios recibieron bajo custodia un par de mascarillas FFP2/3 para casos en los que se tenía que activar el protocolo COVID-19. En el resto de situaciones, sin mascarilla o con mascarillas quirúrgicas permitiendo que la propagación en las salas de espera campara a sus anchas. Ahora estamos en el mes de Abril y parece ser que el abastecimiento empieza a fluir; con dificultades pero mejor que hace un mes.

Evidentemente, si hay pocas mascarillas, éstas deben estar en “manos” del personal sanitario. El resto, con el confinamiento ya estamos relativamente a salvo. Pero claro, si juntamos a 60.000 almas en un estadio de fútbol, a 10.000 personas en una mascletá 10 días seguidos o 150.000 personas en manifestaciones, el resultado ya lo conocemos. Esto resulta especialmente significativo porque este coronavirus se contagia por vías aéreas y mucosas, mientras se posa sobre superficies de todo tipo. Lo primero, gracias a un efecto aerosol (gotas microscópicas que flotan en el aire hasta posarse en algo o en alguien). Lo segundo, por medio del contacto de nuestras manos, ropa, pelo o suela de los zapatos con dichas superficies y su posterior desplazamiento involuntario a las mucosas propias o ajenas.

Por ello, desde el punto de vista preventivo, el uso de las mascarillas está totalmente indicado para este tipo de situaciones para cualquier persona que vaya a relacionarse, subir o bajar en ascensor o entrar en el metro. Lo que no debemos confundir es su uso con su correcto uso. Es mejor enseñar a la gente cómo usarlas que decirles que no las usen. ¿Son infalibles? No. En este caso concreto no. Se trata de un equipo de protección que ayuda a prevenir, lo cual se traduce como la acción de reducir y/o eliminar un riesgo.

Por ello, debemos recordar que... “La palabra puede ser más contaminante que un microorganismo” y como apunta el psicólogo clínico Manuel Salgado, autor del libro Psicología Clínica. Más Allá de la Teoría, “… y más terapéutica que un fármaco”. @mundiario