El hombre de abajo

mendigo
Un mendigo en la calle.

El señor está siempre en la esquina izquierda del banco de madera. Ningún movimiento le he notado, como si de una estatua se tratara...

El hombre de abajo

Suelo habitar en una de las plazas más céntricas de mi pueblo. Según he comprobado generosamente también es de los lugares más bulliciosos del mismo, sobre todo en horas nocturnas y en las etapas jornaleras del llamado “juernes”, que no es otra cosa que de jueves –término resultante de unir jueves y viernes– a domingo, sin importar al personal asistente si el viernes es laboral e ir al trabajo con una resaca descomunal e incapacitante por mucho disimulo que empeñen.

Pero les da un ardite por lo que contemplo. Siempre habrá quien les certifique un justificante de no asistencia al trabajo por motivos estrictamente médicos sin relaciones enólicas.

En estas fechas, de un más que supuesto nacimiento del niño Jesús en Belén de Judea, la cosa se multiplica en cantidades y ruidos de manera exponencial elevada a la inmensidad.

Las comidas y cenas de entrañables y siempre esmerados compañeros de trabajo (a las que suelen apuntarse otros tantos que ni son compañeros ni trabajan) vienen siendo el pan nuestro de cada año.

Creo haber escrito ya algo sobre tales acontecimientos, tan fraternales ellos y destilando amor y camaradería a troche y moche entre todos los compañeros que ayer mismo no podían ni verse en pura caricatura.

¡En fin...!

En esa plaza, en cuya una de las viviendas suelo habitar, hay un señor que ocupa un banco de madera y hierros día y noche tapado con lo que puede y buenamente tiene; las noches invernales en mi pueblo suelen ser broncamente gélidas. Un amanecer a las seis y cuarto puede haber tres grados bajo cero habitualmente. Si hace viento norte, la sensación térmica puede doblarse como poco.

El señor está siempre en la esquina izquierda del banco de madera. Ningún movimiento le he notado, como si de una estatua se tratara. Cubierto completamente con andrajos que le hacen de mantas, acompañado perennemente de un carrito de cualquier supermercado con ranura de a euro y un carricoche de bebé repletos ambos de sus más apreciadas posesiones, supongo puesto que jamás me atrevería a rebuscar en ellas. En un rincón a su vera puede verse una botella de cinco litros de agua con marca indescriptible. No he atisbado ni un solo recipiente de alcohol con el que pudiera tacharsele de borracho empedernido. So pena que los tenga bien escondidos y, no parece ser el caso.

Mientras la basca canturrea fortisimamente desentonada y arrabalera supuestas coplas que no descifra ni Dios en su solemne  majestad, fruto sin duda de efluvios etílicos y pésima educación y respeto al vecindario, el pobre hombre pobre permanece impasible e intenta -supongo- descansar y desoír tanta algarabía desafinada y ofensiva. No se remueve un ápice. Pareciera que ni respira. Agazapado en sus harapos, intentando en lo posible paliar el impasible frío imperante en la más desgarradora intemperie.

Algún que otro majadero de tres al cuarto y medio pelo mal peinado, vestido horteramente de fiesta que guardar, repleto de alcohol que pulula por los alrededores le da un fuerte empujón en el hombro entre risas escandalosas y porte de asquerosa supremacía falsa, gritándole algo así como que eche un buen trago a su cubata, enormemente baboseado, de cubitos derretidos y casi vacío. El hombre de abajo ni se inmuta, ni se enfada, ni contesta al agravio. Se limita a recobrar su postura después de tan bestial empujón en su hombro e intenta seguir soportando la helada.

¡Venga hombre, que te vas a calentar con el trago! Insiste el baboso impertinente con otro empujón en el mismo hombro. El hombre de abajo recobra de nuevo su postura sin réplica alguna a la estúpida infamia.

Los supuestos amigotes del cargante gamberro, tan estúpidos como él, le hacen un corro y gritan algo parecido a canciones destempladas para diversión de estulta tropa y desasosiego del pobre hombre de abajo. Apostaría un real de a ocho que tales canallas pregonarán al día siguiente de recuperar su merecida resaca las perversidades de la xenofobia, del racismo, de los aporofobos y toda esa retahíla de tópicos ‘bienqueda’ tan en boga en estos tiempos y sin saber siquiera qué significan. Olvidando en la siguiente juerga inmunda a la que seguro acudirán, sus proclamas de civismo , amor al prójimo,fuera desahucios y bienvenidos los inmigrantes , fueren estos los que fueren.

Hace unos días, de tempánica amanecida, me acerqué al banco donde reside el pobre hombre pobre de abajo. Despacio y casi con vergüenza. Díjele al pobre señor pobre de abajo en voz queda y casi susurrante que si me aceptaría una manta. Llovía a mares.

Levantó algo parecido a un impermeable de su cabeza. Me miró con cara inocente, barba blanca, ojos profusamente azules y edad incalculable. Me dijo que si. Sólo me dijo que si.

Volví a la casa que suelo habitar. Busqué una manta de rayas blancas y negras; bien caliente. Me noté risueño y complacido. Bajé rápidamente y se la dí.

De inmediato, el pobre hombre pobre de abajo, se la puso encima de su zarria indumentaria. Volvió a mirarme a los ojos, dibujó una sonrisa franca. Fue su manera de agradecer mi regalo. Eso quiero creer y creo.

Desde entonces, siempre que bajo de la casa donde suelo habitar, veo la silueta del pobre hombre pobre de abajo, en misma postura de siempre, con mismos carricoches de siempre cuidadosamente recogidos a sus vera.

Y con la manta de rayas blancas y negras que tuvo a bien aceptarme.

Señor de abajo...¡mis mas sinceros deseos de que tenga unas felices fiestas que ya asoman por la esquina!

Y a los hipócritas pajarracos que le molestan tanto - o más - que el irreverente frío, también...¿Por qué no?

¿Me habré vuelto buena persona?

P.S.- Todo basado en la más cruda y fría realidad cotidiana. @mundiario

    

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