El amor, el dolor y la muerte, una ecuación no resuelta en la sociedad actual

En la adolescencia hubo una película que me impactó y que intenté olvidar: 'Jhonny cogió su fusil', que trataba de un joven soldado que se había quedado sin brazos, piernas y cara...
El amor, el dolor y la muerte, una ecuación no resuelta en la sociedad actual

Dicen los hindúes que cada vida del hombre tiene cuatro etapas. En la primera nos pasamos el tiempo absorbiendo todo, comida, cariño, conocimientos. En una segunda, en la que aprendemos a compartir, hacemos nuestra propia familia, o simplemente ponemos nuestro sello haciendo café o repartimos nuestro tiempo con un amigo que lo necesita. Cuando terminamos esa etapa y los hijos se han ido, cuando ya sabemos que no habrá un Nobel en nuestra vida y que nuestra vida ha sido de todo, menos previsible, empieza la tercera etapa: toca desprendernos de todo, conocimientos, riqueza... Y si en alguna de las reencarnaciones queremos llegar a la cuarta etapa, la iluminación, allí se supone que todo tendrá un sentido.

En la adolescencia hubo una película que me impactó y que intenté olvidar: 'Jhonny cogió su fusil', que trataba de un joven soldado que se había quedado sin brazos, piernas y cara; era un torso y una mente totalmente consciente en un hospital que lo mantenía con vida. No podía imaginar un horror mayor. Durante 12 años crecieron juntos mis hijos y Trac, un boxer atigrado que fue su mejor amigo y maestro. Cuando a Trac se le diagnosticó un cancer, pasó un tiempo y llegó el momento en que sus jadeos eran la muestra de que los analgésicos no le hacían efecto. Ya no salía a recibirme y no comia. Una tarde me quedé sola con él después de que se despidieron mis hijos, esperando a la veterinaria. Y allí acostado en su cesta, sentada en el suelo cogiéndole su pata y acariciándole, esperé que su corazón dejara de latir. Ese momento cambió radicalmente mi forma de pensar sobre la muerte: no hay nada digno en el dolor si no hay la esperanza de un futuro.

Nadie me ha vuelto a recibir a mi llegada a casa con la alegría que Trac lo hacía . Su vida fue un ejemplo de amor sin condiciones, incluso cuando al menor descuido nos dejaba sin cena y en el tiempo de un baño de niños se tragaba un pollo no lo suficientemente alejado de su alcance; su cara compungida nos decía cuanto sentía la trastada. Su muerte fue digna. Hace unos días mi madre fue ingresada en un hospital; hace un año que no habla y unos meses que dejó de caminar, parecía también que había perdido el reflejo de tragar. Un cóctel  de medicación ha supuesto que su vida no corra peligro. Una compañera me habla de que su abuela lleva 9 años sin hablar, en cama y con una sonda nasogástrica para alimentarla. Y yo me pregunto: ¿qué extraño amor hace que prolonguemos un infierno? No quiero pensar en su sufrimiento, si es mínimamente consciente de lo que le pasa . He vuelto a recordar la película y pensaba mientras intentaba darle un yogurt si lo que quería era que la dejara en paz o debía de insistir. ¿Cómo saberlo?

Que inmensa tortura no poder decir si tienes sed o frío, o no poder contestar a una pregunta;  que los días sean un cúmulo de soledad de la que es imposible salir. La vida me pone en vivo y directo aquella película que intenté olvidar. Un amigo acaba de llegar de Venarasi, la ciudad a donde van a morir los hindúes para librarse del ciclo de reencarnaciones. La gente va sola cuando siente que llega su hora. La muerte es parte del ciclo y no sienten el apego nuestro a la vida. He decidido hacer un testamento vital: cuando las posibilidades de recuperación de una vida digna son nulas, y en caso de no poder comunicarme, solo quiero cuidados paliativos para el dolor; ni medicamentos, ni sondas para alimentos, ni respiradores; acaso un amigo a mi lado como mi perro.

El amor, el dolor y la muerte, una ecuación no resuelta en la sociedad actual
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