Cómo educar a un bully y cómo no educar a una feminista

La salvajita. / Enma Marin
La salvajita. / Enma Marin

Una historia que nos invita a reflexionar acerca de uno de los más graves problemas que tenemos en Latinoamérica: desigualdad de género.

Cómo educar a un bully y cómo no educar a una feminista
Mi objetivo es el de compartir recomendaciones e historias que ayuden al desarrollo profesional de estudiantes Latinoamericanos. El ultimo artículo que escribí fue acerca de acciones que podemos poner en marcha para promover que niñas sin acceso a internet incursionen en carreras de ciencias… la razón de ese artículo y del que encontrarán a continuación es debido a que si queremos que nuestros estudiantes latinos se desarrollen profesionalmente tenemos que acabar con uno de los mas graves problemas desde la raíz. Y ese gran obstáculo que tenemos en Latinoamérica es la falta de igualdad de género. Por ello voy a compartir con ustedes un post escrito por la Médico Peruana Enma Marín, que es también una mentora en el programa mujeres de Ekpapalek, el cual es un programa que busca cambiar el modelo a seguir de mujeres en Latinoamerica (http://www.ekpapalek.com/programa-mujeres).
 
Cuando Enma tenia 20 años, uno de sus profesores le dijo: “Una chica como tú está perdiendo el tiempo en una carrera tan larga como la Medicina, deberías casarte con un buen esposo y vivir tranquila el resto de tu vida sin quemarte las pestañas”.
 
Desde ese momento Enma está dispuesta a demostrar que “La condición de ser mujer no es un limitante y que la realización como mujer no viene de casarse o convertirse en madre, viene de ponerse metas progresivas y lograrlas juntando todos los medios que tenemos a la mano y empujándolos con voluntad. Las palabras de desaliento o desilusión que se encuentran en el camino, deben ser tomadas como alicientes en esta carrera de realización”.
 
Invito a todos a leer una de las historias que Enma amablemente ha querido compartir con la comunidad de lectores de MUNDIARIO:
 


Crecer en el mundo de mi abuela materna, a quien llamaré Doña Bárbara, fue crecer en un mundo machista. Me dejaron ahí desde los 6 meses, mis padres estudiantes universitarios me visitaban una vez al mes o cada 45 días, de acuerdo a lo que su pobre economía les permitía. No recuerdo cuando fue que empecé a notar la diferencia de funciones entre mi primo (el nieto segundo) y yo (la primogénita de los Bermúdez). Realmente había 3 primos y primas mayores a mí, pero para mi abuela no contaban dado que mi tía se casó sin su permiso.

Doña Bárbara traía fruta del mercado cada día al regresar del trabajo y siempre mi primo bully escogía primero la fruta, o simplemente le daban la manzana más roja, el mango más grande, el pedazo más grande y jugoso de sandía, o si a mí me tocaba una naranja, a él le tocaban 2. Cuando preguntaba a mi abuela, ¿por qué?, siempre me decía: “Porque él es hombrecito, come más y debe alimentarse mejor”.
 
Yo no entendía esta repuesta. Cada día yo me despertaba a las 4am, iba al corral de las gallinas a recoger huevos, alimentaba a los cuyes, cambiaba de agua a los gansos, patos, pollos y cuyes, ayudaba a recolectar cabezas de pollo (mi abuela se dedicaba a la venta de pollos en el mercado) y esperaba por mi recompensa: tripas de pollo frescas, para sazonar, freír y comer a mi gusto. Yo hacía todo esto, pero siempre nos tocaba la repartija de tripas entre mi primo y yo, pero él no hacia ninguna tarea. Mi abuela decía que el era más débil que yo, y que el frio le caía mal por lo que no podía levantarse temprano, aunque claro la que sufría de un asma no tratado era yo, y la presencia de animales no era un punto a favor de mis sibilantes constantes, pero aun así había que ser útil en casa. No sé si alguien me encargó todas esas tareas a pesar de mis alergias y asma, o ya las hacía porque sí, porque desde pequeña nunca me gustó sentirme inútil, nunca lo sabré, no me animo a preguntar.
 
Doña Bárbara traía fruta del mercado cada día al regresar del trabajo y siempre mi primo bully escogía primero la fruta, o simplemente le daban la manzana más roja, el mango más grande, el pedazo más grande y jugoso de sandía, o si a mí me tocaba una naranja, a él le tocaban 2. Cuando preguntaba a mi abuela, ¿por qué?, siempre me decía: “Porque él es hombrecito, come más y debe alimentarse mejor”.
 
No está demás decir que la única tarea del bully era jugar y alimentar al gran danés de la abuela, mientras yo tenía a mi cargo los animales antes mencionados y cuidar a “los más pequeños” de la casa, mis otros primitos de 2 y 3 años, y hacerlos jugar sin que se lastimen. Mi primo, era un bully. Gustaba de maltratar perros y gatos, pero estos al ser animales cuasi salvajes, siempre terminaban mordiéndolo o arañándolo “mortalmente”, por lo que mi Doña Bárbara se desvivía en llantos, cremas, rezos y golpes al pecho invocando a algún santo, para que él se recupere. Cuando me daba asma, Doña Bárbara me frotaba el pecho con mentol, me envolvía en periódicos, y me ponía unas 2 frazadas encima; estoy segura que este método “tamal humano” era su forma de cuidarme, pero también estoy segura que hubiera preferido que solo se desviviera en llantos y rezara.
 
El bully tenía protección de la CIA, el FBI, los carabineros, y todo poder que pueda tener analogía con el poder de mi abuela Bárbara en la casa, y claro del mismo padre del Bully (quien además era el hijo varón primogénito de mi abuela, y su hijo favorito según mis tías). El bully podía pegar, golpear, pellizcar, empujar, quitarte los dulces, derramar tu avena encima de ti, lanzarte porquería de los patos sobre la ropa, quitarte los pollitos que estabas acariciando, e incluso decirte “That´s my spot”, like Sheldon, y te tenías que levantar a dejarle el asiento del sillón. Podía hacer todo esto, y si te quejabas, Doña Bárbara te decía cosas como: “entiéndelo, es pequeño”, “déjalo la próxima no le traigo fruta”, “no se pelea, no se golpea, no se devuelven los golpes”. Lo cual era gracioso, pues el pequeño bully pesaba 8 kilos más que yo y media unos 10 cm más, siempre le traía fruta, y el siempre golpeaba a todos. Si le devolvía los golpes, era yo la abusiva porque él era pequeño (era mi menor por un año).
 
“Él es hombrecito hijita…”, decía mi abuela, por lo cual podía comer lo que quisiera, golpear a quien quiera, hacer pataletas sin que se le llame la atención y ser cuidado y mimado con un cariño inmenso, tierno, sobreprotector que solo puede dar una abuela.
 
Así se forjo un bully en la familia. Uno más, pues su padre había sido el bully de los 9 hijos que tuvo mi abuela, el que siempre golpeaba y le rompía los libros de historietas a mi mama. Así se forjo en mí, la idea de que a él no le hacían nada porque era el nieto varón y yo mujer.
 
“Él es hombrecito hijita…”, decía mi abuela, por lo cual podía comer lo que quisiera, golpear a quien quiera, hacer pataletas sin que se le llame la atención y ser cuidado y mimado con un cariño inmenso, tierno, sobreprotector que solo puede dar una abuela.
 
Creo que por eso me convertí en “Enmita, la malcriada”, Enmita la que sí le intentaba devolver los golpes, la que defendía a mis primos menores, la que le arrojaba porquería de pato en devolución, la que lo encerró una vez en una java de pollos y lo deje ahí un par de horas (claro que después de eso no me dieron fruta por una semana y a él le dieron mi porción)… ay pero ni que se fuera morir! Era gordito, no hacia frio, podía tolerar ahí más horas, además se quedó dormido en la java de lo que deduzco que estaba muy cómodo. Sí, fui cruel al encerrarlo pero él le había cortado el cabello (unos 10 cm) a nuestra prima menor, así que se lo merecía. Una vez también aguante una ronda de 15 minutos de golpes, una sesión de patadas, puñetes y cabezazos, donde ni él ni yo ganamos, pero yo terminé en el hospital siendo nebulizada por la crisis asmática desencadenada y él terminó en brazos de mi abuela; también lo valió, él había empujado a mi pequeño hermano que en ese entonces aprendía a caminar…. Aunque este último episodio fue en uno de mis retornos/visitas a la casa de Doña Bárbara, mis padres tenían una idea muy rara de “vacaciones” por lo que cada enero, febrero y marzo, me tocaba revivir todo en casa de Bárbara.
 
La más grande victoria de mis batallas, la tuve un día, en que me batí con él a empujones. No recuerdo el motivo, pero si recuerdo la rabia que sentía, acumulada en mí pecho con sibilancias asmáticas, y recuerdo que lo lancé contra el piso…. Claro que el piso era en ese momento cemento fresco, por lo que su figura regordeta quedo grabada parcialmente en él: un par de manos, una mejilla y una panza voluminosa. Mi tío, el hijo menor de mi abuela que en ese entonces cursaba la secundaria, no reparo el cemento, dejo que secara con esa figura y me dijo: Para que recuerdes que le puedes sacar la mugre si te lo propones, él no tiene por qué pegarte! Debo decir que siempre que veía esa huella de cemento, me daba risa y recordaba que podía pegarle. Hoy creo que esa huella de cemento me recordaba que podía defenderme.
 
“Hubiera sido más fácil si nacía varón?” y creo que es una pregunta que ninguna mujer debería hacerse.
 
Así se educó y formó a un bully, así se educó y formó a una chica que nunca más quería sentirse la que querían menos por ser mujer. No es la mejor manera de criar a una mujer que defiende su identidad y género, pues siempre me pregunté (hasta no se qué edad de mi adolescencia): “hubiera sido más fácil si nacía varón?” y creo que es una pregunta que ninguna mujer debería hacerse. Así nació un bully, aunque creo que con el solo hecho de decirle que era más amado, querido y protegido, por el solo hecho de ser varón, hubiera bastado y nos hubiéramos ahorrado (los otros nietos) golpes y burlas innecesarias.
 
Nunca entendí la jerarquía en casa de Doña Bárbara, era obvio que ella llevaba la batuta de todo, del negocio, las decisiones familiares, la economía del hogar, la distribución de tareas, pero siendo tan mujer alfa y mi abuelo tan macho beta, nunca entenderé porque era tan cerradamente machista. Creo que yo no necesitaba crecer con miedo de que me pegaran, de que nadie me defendiera, de que mi mama no me creería nada de lo que le decía (pues mi abuela siempre disminuía todo en favor del bully), creo que no era necesario crecer en Esparta hasta los 4 o 5 años, para aprender a defender mis derechos. Creo que hubiera bastado con que mi abuela no me dijera que quería más a mi primo porque era hombrecito.
 
A los 4 o 5 años llegue a la casa de mi abuela paterna, a quien siempre identifique con Madame Bovary, no por los amantes sino por la innecesariedad de sufrimiento y drama del que siempre se quiso rodear. Llegué a su casa por unos meses ya que “debía pasar más tiempo con mis padres”. Nunca olvidaré que el primer día que mi primo mayor (de esa rama de la familia) me golpeó, aunque fue un golpe de juego ya que estábamos interpretando una escena de “Kung Fu”, y yo le respondí con un golpe igual de intenso; Madame Bovary corrió hacia nosotros y nos fulminó con la mirada diciendo: “Solo se golpean los brutos! si el te pega es un bruto, y me avisas y yo lo corrijo, pero si le respondes te conviertes en mas bruta que el, y yo no voy a defender a ningún bruto en esta casa!”. Mi primo me pidió perdón, y yo sufrí una apoplejía emocional que me duró varios días, creo que por eso (y porque también le tenía miedo a Madame Bovary) siempre obedecí a mi abuela, aun en sus órdenes más raras, como leer el Apocalipsis con ella o escuchar al “Hermano Pablo” juntas. Así se desarrolló la etapa que corresponde a mi niñez, entre vivir con Doña Barbara y vivir con Madame Bovary, no tuve hogar fijo hasta los 8 años de edad en que definitivamente nos convertimos en inquilinos de la segunda. Desarrollé una adaptación camaleónica para vivir como “una salvajita” (palabra de Madame) cuando estaba en casa de Doña Barbara y como una “salvajita en proceso de domesticación” cuando estaba en casa de Madame.
 
Alguna vez de tantas, las consuegras se encontraron en una reunión. Madame fue testigo de como el bully y yo peleábamos puñete a puñete a vista y paciencia de la familia de Doña. A lo cual Madame dijo: “Doña, si dejas que se golpeen entre ellos, el aprenderá que esta bien golpear y ella aprenderá a que es normal que la golpeen”. Y Doña respondió: “No Madame, estas conductas son solo de chiquillos, es un juego”.
 
Pues no Doña, 25 años después te digo que no era un juego, era una lección de vida que menos mal yo supere, pero el bully no.
 

Cómo educar a un bully y cómo no educar a una feminista
Comentarios