Opúsculos privados

Yo, la duda con piernas, brazos y poco seso

Un hombre prensando en el próximo paso. / Mundiario.
La ventaja de este sistema mental es que evita que uno se convierta en un fanático. La desventaja es que tampoco permite convertirse en un tertuliano televisivo.

Existe una categoría humana particularmente incómoda para el orden natural del mundo: el ignorante que es consciente de su ignorancia. No me refiero al ignorante profesional, ese que pontifica con la serenidad de un oráculo recién salido del horno, sino a la variedad más inquieta y menos rentable socialmente: el ignorante dubitativo. Ese soy yo. Un hombre que sospecha de casi todo, incluido de sí mismo.

Mi situación es paradójica. Soy científico, lo que en teoría debería convertirme en un modesto acumulador de certezas. Pero en mi caso ha ocurrido lo contrario: cuantos más años llevo dedicado a estudiar, más ignorancia descubro en mi interior, como si mi cerebro fuese una especie de armario de Narnia donde, al abrir una puerta, aparece otra aún más grande llena de preguntas.

He llegado a una conclusión incómoda: la duda no es algo que yo tenga; la duda soy yo.

Hay personas que poseen opiniones. Yo poseo interrogantes.

Cuando alguien me explica algo con seguridad absoluta, mi cerebro reacciona como un perro de caza que ha olido una perdiz: levanta la cabeza y empieza a formular preguntas. Muchas preguntas. A veces demasiadas preguntas. Algunas tan incómodas que el interlocutor empieza a mirarme con una mezcla de compasión y sospecha, como si estuviera contemplando a un señor que, en medio de una boda, decide preguntar si el matrimonio es una institución metafísicamente sostenible.

La ventaja de este sistema mental es que evita que uno se convierta en un fanático. La desventaja es que tampoco permite convertirse en un tertuliano televisivo, profesión que exige una convicción tan sólida que incluso los datos deben adaptarse a ella.

Yo, en cambio, pregunto.

Pregunto sobre economía, sobre filosofía, sobre literatura, sobre historia, sobre medicina, sobre política internacional y, ocasionalmente, sobre cómo demonios funciona la impresora de casa, que es el único aparato tecnológico capaz de derrotar sistemáticamente a un médico.

Pregunto porque no entiendo.

Y cuando finalmente creo entender algo, aparece una nueva contradicción que me obliga a empezar de nuevo.

Es el eterno retorno de la ignorancia.

Sin embargo, dentro de este océano de dudas hay una cuestión que me produce una perplejidad casi metafísica. Una especie de agujero negro conceptual que ni siquiera mis preguntas consiguen iluminar.

Se trata del curioso fenómeno de las amistades políticas imposibles.

Tomemos un ejemplo reciente que me provoca una sincera confusión. Resulta que el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, suele ser descrito en muchos medios occidentales como un líder de extrema derecha política. Las etiquetas son siempre cómodas porque permiten clasificar a las personas como si fueran vinos en una estantería: tinto, blanco, rosado, ideológicamente peligroso o ideológicamente correcto.

Hasta aquí todo normal.

Pero entonces aparece Vladimir Putin, a quien algunos analistas, con una imaginación ideológica digna de mejor causa, han llegado a describir como una especie de heredero del espíritu soviético, una suerte de comunista tardío con uniforme zarista.

Y aquí es donde mi cerebro empieza a hacer ruido.

Porque, según la lógica política clásica, un dirigente de extrema derecha y un presunto comunista deberían llevarse como dos gatos encerrados en una lavadora. La historia europea del siglo XX no ha sido precisamente un manual de amistad entre esos mundos ideológicos.

Sin embargo, ahí están.

Reuniones cordiales.

Fotografías sonrientes.

Apretones de manos que parecen ensayados por un coreógrafo diplomático.

Y, en algunas ocasiones, incluso abrazos que harían sonrojar a un primo lejano en una boda de pueblo.

Uno contempla esas imágenes y se pregunta qué conversación pueden mantener dos líderes a quienes la prensa describe como representantes de polos ideológicos tan opuestos.

Me imagino la escena.

Quizá se sientan en una mesa, con un par de vasos de vodka lo suficientemente generosos como para lubricar la geopolítica. Tal vez brindan por la estabilidad internacional mientras el resto del planeta intenta descifrar si aquello es una alianza estratégica, una coincidencia táctica o simplemente una amistad nacida del antiguo principio diplomático que dice: “Si nos conviene, somos amigos”.

El vodka, por supuesto, ayuda.

El vodka siempre ayuda.

El alcohol tiene esa virtud universal de suavizar las contradicciones ideológicas. Después del tercer vaso, las diferencias entre el comunismo, el nacionalismo, el conservadurismo o la socialdemocracia empiezan a parecer discusiones de seminario universitario.

Uno bebe.

El otro bebe.

Y de repente el mundo se vuelve menos doctrinal.

No afirmo que sea así, naturalmente. Yo sólo pregunto. Siempre pregunto.

Tal vez la explicación sea mucho más sencilla de lo que mi cerebro filosófico quiere admitir. Quizá las ideologías, cuando llegan al poder real, funcionan de forma bastante más pragmática de lo que imaginan los comentaristas políticos.

Los gobiernos no operan en el terreno de los manifiestos ideológicos sino en el de los intereses nacionales, la energía, las fronteras, los mercados, los equilibrios estratégicos y otras palabras que raramente aparecen en los panfletos revolucionarios.

La política real es menos romántica y mucho más contable.

De modo que dos líderes que, en teoría, deberían ser enemigos mortales pueden terminar compartiendo mesa, sonrisa y, quién sabe, una botella entera de vodka si la situación geopolítica lo requiere.

Aun así, confieso que sigo sin comprenderlo del todo.

Tal vez sea porque mi cerebro científico está acostumbrado a buscar coherencias internas en los sistemas. En física, en biología o en medicina, cuando dos piezas del puzzle no encajan solemos sospechar que algo falla en la teoría.

La política, sin embargo, parece funcionar con un principio distinto: si algo es contradictorio, probablemente sea real.

Y ahí regreso al punto de partida.

A mi ignorancia.

A mis preguntas.

A mi sospecha permanente de que el mundo es bastante más absurdo de lo que nuestras categorías intelectuales permiten reconocer.

Por eso sigo preguntando.

Porque quizá el verdadero conocimiento no consista en acumular respuestas, sino en conservar intacta la capacidad de sorprenderse ante las incoherencias del mundo.

Y en ese sentido, debo admitirlo con cierta modestia: soy un hombre extraordinariamente preparado.

No sé casi nada.

Pero tengo preguntas para todo. @mundiario