¿Beneficiaría la imagen del príncipe Felipe un hipotético divorcio de Letizia?

Letizia Ortiz recién casada y en la actualidad
Letizia, recién casada, y en la actualidad.

El comportamiento de Letizia defraudó las expectativas depositadas en ella. El divorcio no perjudicaría políticamente al Príncipe. Podría beneficiarle y reforzar su posición ante la opinión pública.

¿Beneficiaría la imagen del príncipe Felipe un hipotético divorcio de Letizia?

Las últimas noticias sobre Letizia Ortiz apuntan al deterioro de su convivencia con el Príncipe de Asturias y cierto hastío en el desempeño de sus funciones y los deberes inherentes a su privilegiado cargo. Ser princesa en horario laboral, escapadas en solitario, desplantes verbales al Príncipe, noches rockeras de soltera y comportamientos impropios con la prensa o con simples mortales que osaron exhibir un móvil en su cercanía, han provocado que la Zarzuela declarase: "Solo son altibajos".

Pero si estos “altibajos” les llevaran al divorcio, paradójicamente no perjudicaría políticamente al Príncipe. Es más, podría beneficiarle y reforzar su posición ante la opinión pública.

Remontándonos al anuncio del compromiso, el que la derecha conservadora se echara las manos a la cabeza ante lo inapropiado de la candidata, se vio compensado con creces por una prensa completamente entregada que se dedicó a exaltar su figura, rayando algunos en el ridículo más cortesano, incidiendo en la profesionalidad y en la brillante carrera de la muchacha descendiente de una “dinastía de periodistas”. Se llegó a elucubrar que su fulgurante ascenso a los noticieros prime time habría sido idea de la propia Casa Real para aproximarla de forma sibilina a los ciudadanos españoles. Del poco tiempo que se conocía la pareja, y que hubiera simultaneado el noviazgo con su convivencia con otro periodista, nadie objetó.  

La comparativa con la anterior pareja sentimental del Príncipe -una modelo noruega- propició que a su lado, la rutilante intelectualidad de Letizia hiciera palidecer a cualquier pretendienta centroeuropea con cinco idiomas, experta en protocolo y educada para el cargo desde que naciera.

Y aunque la famosa dinastía de periodistas no fuera más que una abuela exitosa locutora  de posguerra, -que declamó el evangelio en la boda real cual truculento serial radiofónico-, un abuelo viajante de máquinas Olivetti y un padre técnico de radio (como ella misma escribió en su ficha escolar) que medró con el maná de la aparición de las televisiones privadas… casi mejor.

Sería un brutal golpe de efecto y un inesperado balón de oxígeno para la supervivencia de la rancia institución. Era una chica plebeya que insuflaría savia fresca a sus podridas ramas y en prodigiosas condiciones: origen humilde, altísima preparación intelectual y gran personalidad. Conectaría con el pueblo como ninguna otra reina española habría hecho jamás.

Su filiación progresista la volcaría en temas sociales y que fuese  divorciada, un factor todavía más humanizador en un país tan pródigo en divorcios.

Ya se imaginaban una Lady Di mejorada, muy cercana a los pobres y marginados, fotografiada entre chabolas, enfermos y catástrofes  pero con el plus del que carecía la Windsor de ser capaz de dar conferencias en las Universidades europeas….

El haber abjurado de su supuesto republicanismo, de un obvio agnosticismo abrazando la fe católica y el renunciar a una exitosa carrera que, visto lo visto, la hubiera conducido a ganar un Pulitzer, testimoniaba con creces la devota entrega a su marido y su sacrificio la causa nacional… Solo le faltó renunciar a la extranjera y absurda z de su nombre que, aunque hubiera reforzado su españolidad,  hubiera podido molestar a los nacionalistas.

Pero a lo largo de la década esa Princesa esperada no apareció…

Aunque los primeros años mantuvo las formas de manera impecable, -destacó su comportamiento tras los atentados terroristas de Atocha- siempre aparecía distante, reservada, sin signos de empatía con el pueblo que la vio nacer…  lejanía que para algunos se fue convirtiendo en indiferencia y algo más.

Nunca se la vio frecuentando comedores sociales, ayudando a desheredados, ni se manchó el vestido. Tampoco se oyeron jamás los deslumbrantes discursos que se esperaban de semejante eminencia, pero cual vedette en ascensión, apareció una mujer que hizo de su cuerpo un campo de experimentación estética en aras de ser más bella, más joven y más delgada.

Primero fueron sólo cambios sutiles, para lanzarse sin freno al mundo de los rellenos y el bisturí y retocar toda su cara hasta hacerla casi irreconocible. El protocolo y el decoro institucional no eran obstáculo para lucir indumentarias excesivamente estrechas o impropias, incluso en actos militares y religiosos. Todo valía para exhibir su esbelta figura.

Hay que destacar el inri de la desfachatez que supone que en tiempos de crisis exhibiera ostentosamente la frivolidad e insustancialidad de su obsesiva preocupación estética, supuestamente pagada con los ingresos de los bolsillos de los sufridos contribuyentes.

La familia de la susodicha tampoco ayudó. La abnegada enfermera sindicalista resultó ser una copiona. Su padre, tía y abuela, implicados en un alzamiento de bienes. Su hermana, denunciando acoso mediático pero beneficiándose de sueldos millonarios por su condición de hermanísima… Hasta la bucólica abuela en sus montañas de Asturias se mudó a la glamourosa Marbella.

Pero lo peor es que la Familia Real se situó bajo mínimos… el brillante garante de la transición trocó en un rey abotargado e infiel de fragilísima salud. La Reina Sofía defraudó a la opinión pública dando su respaldo incondicional a su hija y yerno, acusados de corrupción, incluso imponiendo su incómoda presencia públicamente en actos como la intervención médica del rey.

La desmemoriada Infanta Cristina, amparando y beneficiándose de un marido corrupto,  “sufriendo tanto” por  el engaño de su marido que celebró junto a él el fin de año en un hotel de gran lujo parisino, mientras el pueblo del que es princesa, pasaba una de las Navidades con más penuria de su historia.

Magnífico reemplazo para su padre

Sin embargo, pese a todo este entorno, la figura del Príncipe aparece más valorada que nunca y se presenta como un magnífico remplazo para su padre. Sereno y centrado, convence su imagen de un hombre preocupado por el país ligado a su futuro, con una agenda repleta que  cumple muy dignamente.

Por todo ello, si estos altibajos, llevaran al divorcio de los Príncipes, como tantos otros divorcios de hogares españoles, se aceptaría de forma natural. La derecha rancia diría “siempre lo dijimos”… y salvo que sería suculenta carnaza para la prensa rosa, la ruptura le beneficiaría. La opinión pública, valoraría su sensatez: “rectificar es de sabios” y “mejor solo que mal acompañado”. Sería idílica su imagen de Príncipe separado con sus angelicales niñitas, librándose del frívolo lastre de Letizia. A ella, le faltaría tiempo para retomar su carrera amparada por papanatas y ávidos empresarios que pagarían sueldos millonarios por ser vos quien sois. Eso, si no se casa con un millonario al uso, cual Jackie con Onassis.

Los dos saldrían ganando. Tal vez todos saldríamos ganando. La próxima vez, seguro que elegirá mejor a su compañera de viaje.

Dentro de cien años tal vez algún cuento infantil comience: “Había una vez una bruja que afiló su perfil para convertirse en princesa…"

¿Beneficiaría la imagen del príncipe Felipe un hipotético divorcio de Letizia?
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