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MUNDIARIO

Dislocar la realidad alimenta la rentabilidad electoral

Esta antigua tendencia “provinciana” exagera las situaciones cambiantes para atraer más la atención y presumir de soluciones más eficaces.

Dislocar la realidad alimenta la rentabilidad electoral
Votar. / RR SS.
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Manuel Menor

Manuel Menor

El autor, MANUEL MENOR, es analista de educación de MUNDIARIO. Licenciado en Historia y doctor en Pedagogía, ha enseñado Ciencias Sociales en Secundaria. @mundiario

Entre quienes pregonan tener algo que comunicar a sus conciudadanos es tendencia un estrecho “provincianismo”. En la antigua Roma, diferenciábase así lo que se proponía o hacía en  la capital de lo que  en alejadas áreas del Imperio podían hacer las otras élites clientelares del cursus honorum: en las realizaciones artísticas que nos han llegado es notorio. Sin restarle valor a sus aportaciones, lo que viene al caso es la superioridad jactanciosa que con sus aportaciones solían exhibir los provinciales ante sus propios tributarios.

Diseñismo electoralista

Esta pulsión se ha ido modulando con distintos colonialismos posteriores y, hasta el presente, los modos del provincianismo se han seguido  multiplicando. De ello se vive en los ámbitos jerarquizados de la vida social en que se propician competencias demostrativas. Notorio es, asimismo, su peso en los eslóganes con que nuestros políticos cultivan el panorama exuberante de elecciones que se avecinan. Cierta eficiencia del sistema democrático -teóricamente limitador de los excesos de poder frente a los derechos individuales-, pareciera venir determinada por la cortedad de sus mensajes; y su calidad, como la publicitaria, habría de girar, por tanto, dentro de una gama que, ni por defecto ni por exceso, pueda alejar a posibles votantes. En esa línea, el ideal de cualquier iniciativa política con vocación de poder es ser de centro: ni de izquierdas ni de derechas. Mejor, pues, si es displicente con esa dicotomía, para no arriesgarse ante una realidad social y económica no solo cambiante, sino plagada de problemas. De lo contrario será difícil que irrumpa en las decisiones operativas.

En definitiva, el diseñismo estratégico destinado al consumismo electoral no suele salirse de los cánones centristas y, en ocasiones en que el panorama mundial es muy inestable, se nutre de ocurrencias provincianas, idénticas a sí mismas. Tendente a que ningún destinatario se vea afectado en la posición a que se siente adscrito, menudea las referencias a cuanto en “este país” pueda caracterizar frustraciones que habría que erradicar partiendo de esencialismos ideales, ucrónicos y estáticos. Si este faro orienta reformismos quietistas no altera la situación por acuciante que sea; los árbitros de este posicionamiento no pierden de vista, en ningún caso, el daño que podría causar a sus intereses cualquier novedad no controlada. Coherentemente, tratan de polarizar la conversación y el debate público desde campos semánticos que tergiversan las palabras en provecho propio y, con abundantes recursos en redes y medios, logran que funcionen como imanes atractivos, mientras el feísmo realista de los contextos sociales problemáticos –los de “la cuestión social” de otrora–  son ocultados sistemáticamente.

Deslenguada repetición

Lo que en este momento residual de legislatura suele verse en el Congreso y Senado ejemplifica bien las miras de este provincianismo limitador y cerrado con que son tratados los asuntos más graves. Modos de decir, estar y votar que se exhiben –con pretensión de absoluto– no desdicen de los de parroquianos lenguaraces en cualquier bar. Y ahí está en todo su esplendor, repitiendo similares desencuentros, lo que acontece en los niveles de decisiones políticas sociales y educativas. Por ejemplo, lo acordado por Carmena (en el Ayuntamiento madrileño) negando solares públicos para que se desarrolle la enseñanza concertada, que pone en evidencia a los cheques escolares de Garrido (en la Comunidad de Madrid) para cursar bachillerato, pero no puede parar ese proyecto neoliberal. Es más, la candidata a suceder a Garrido exhibe los desatinos de Aguirre y González contra la escuela pública. La joven Díaz-Ayuso repite los tópicos de la “libertad para elegir” y “calidad” que usaron quienes la han precedido en la gestión de la educación madrileña. E igual de ingeniosa se muestra –según aseguran sus mentores, para que los “valores” de “este país” no les avergüencen– cuando habla de empleo y mujer o de “mejora de los servicios públicos”, aunque pervierta el sentido de las palabras.  

Problema adicional de este vanidoso provincianismo es que contamina. Son dignos de atención, por ello, los “gestos” del PSOE con motivo de la reversión de la LOMCE y del Anteproyecto de reforma correspondiente, con más intencionalidades que concreciones semánticas. La reciente ley que ha logrado aprobar en el Congreso, con que pretende revertir lo que había fijado el R.D. 14/2012, de 20 de abril, como “racionalización del gasto público en el ámbito educativo”, es sintomática de cómo intentar quedar bien sin entusiasmar. El resultado es que, en cuestión principal como las horas lectivas del profesorado, al no atribuir al Ministerio sino a las Comunidades autónomas la competencia básica de decidir, es muy probable que en el curso próximo todo prosiga como está –o peor– donde el control lo tenga el conservadurismo trifásico. Las centrales sindicales que mostraron su descontento cuando esta ley era proyecto, no tardarán en hacerlo saber con más intensidad.

 E ironía

A los votantes nos queda la ironía, como propone Santiago Gerchunoff. Para combatir la univocidad del lenguaje conservador con la ambigüedad de la conversación democrática entre iguales, siempre reivindicativa de la contingencia de lo que nos atañe a todos, nos queda imitar a Sócrates. Aunque solo sea por el placer de intercambiar información y hacer  suave y placentero el entendimiento. @mundiario