Dios es capitalista, así que bienaventurados los compradores compulsivos

Fiesta en Magaluf.
Fiesta en Magaluf.

Somos una marca que consume otras marcas y nuestro código genético es el número de una tarjeta de crédito que compra violencia, cultura y los viajes a Magaluf.

Dios es capitalista, así que bienaventurados los compradores compulsivos

Somos una marca que consume otras marcas y nuestro código genético es el número de una tarjeta de crédito que compra violencia, cultura y los viajes a Magaluf.

 

Me cuentan que han grabado una serie sobre la novela Gomorra, de Roberto Saviano. Una novela que le ha costado al escritor un exilio interior a causa de las amenazas de la mafia. La violencia y la ilegalidad se van convirtiendo progresivamente en objetos de consumo, perdiendo esa autenticidad marginal y madita que tanto la caracterizaba.

El mamading es un reclamo turístico como abrirse los sesos en el borde de la piscina. Las películas snuff, donde se viola y se mata salvajemente con un grado de verosimilitud que ya quisiera Takeshi Kitano, cuentan con millones de descargas. El rap, esa lírica que nació entre jonkis y chicos negros con aspiraciones a jugar en los Lakers, está forrando a decenas de discográficas. Las gorras con hojas de marihuana y esa camiseta que se caga en el sistema pronto alcanzarán el precio de las Nike Run Lunar. Los tatuajes, ese estigma tribal y ancestral que ponía en contacto el mundo de los muertos con el de los vivos en Komodo, viene de serie con muchos adolescentes pajilleros. Nada escapa al capitalismo. Ni los graffitis de Bansky que se subastan por millones de euros. Tenía razón el profeta Schumpeter. Moriremos de éxito y de aburrimiento, añado. Hasta Podemos se ha convertido en esa consigna de postureo político entre muchos estudiantes que suspenden Historia de España y Filosofía. Hasta la madre del Cuco fue a Telecinco a contar andanzas y desgracias de su hijo. Porque Telecinco es esa cadena que vende colchones mientras te cuenta las palizas de un skinhead y los asesinatos a mordiscos de la España profunda.

Estamos vendidos. Porque la violencia, la morbosidad y la música de raperos tienen un precio como la muerte. Somos una marca que consume otras marcas y nuestro código genético es un número de tarjeta de crédito con el que compramos el crimen, la cultura y los viajes a Magaluf. El capitalismo es una decisión divina antes de que lleváramos la hoja de parra entre las piernas. De hecho, es Dios. Es el Universo que se expande hacia un capitalismo mayor. Dichoso el que consume, porque de él será el reino de los cielos. Hasta me han pagado más de una vez por criticar el capitalismo. No es miedo lo que siento, sino admiración porque el capitalismo te permite ser troskista como Chomsky y convertirte en marca antisistema para vender libros sobre el terrorismo de Estado y camisetas de Pou con la hoz y el martillo. Que nadie se lo tome a mal, pero, querido Dios, en otra vida, quiero ser Kiko Matamoros o Paulina Rubio. Porque yo lo valgo. Porque yo consumo.

 

Dios es capitalista, así que bienaventurados los compradores compulsivos
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