El día que la red eléctrica falló: más que un apagón, una llamada de atención
A las 12:33 del lunes, la red eléctrica española colapsó. Bastaron apenas cinco segundos para desconectarnos de Europa y provocar la caída del 60% de la demanda peninsular, dejando sin luz a millones de ciudadanos. Desde entonces, las preguntas se acumulan y las respuestas escasean. ¿Qué falló? ¿Por qué no reaccionó el sistema? Y, lo más preocupante, ¿podría volver a suceder?
Aunque aún no hay certezas absolutas, sí hay indicios claros. Todo apunta a una serie de eventos desencadenada por una pérdida de generación en el suroeste —presuntamente solar— que derivó en una cascada de desconexiones. Esa caída inicial fue tan abrupta que dejó sin capacidad de respuesta a un sistema diseñado para resistir la pérdida de elementos individuales (lo que se conoce como seguridad N-1). Esto nos lleva a la gran conclusión: lo que colapsó no fue solo la generación, sino la arquitectura misma del sistema eléctrico.
El sistema falló porque estaba operando con poca inercia, un concepto técnico pero crucial. Las fuentes renovables como la solar y la eólica, que ese día representaban el 70% de la generación, no aportan inercia síncrona de forma natural. Esto significa que, ante una perturbación, la red carece del colchón energético que ofrecen otras fuentes tradicionales como la hidráulica, la nuclear o las térmicas. La red se volvió más eficiente, sí, pero también más frágil.
Este no es un argumento contra las energías renovables, que son el camino inevitable hacia un futuro más sostenible. Pero sí es un toque de atención sobre cómo debe hacerse esa transición. Incorporar tecnologías que simulen inercia —como convertidores electrónicos o baterías— no es opcional, es urgente. Alemania o California ya están en ese camino. España, en cambio, sigue rezagada en almacenamiento energético.
Escasa interconexión
Tampoco podemos obviar otro talón de Aquiles: la escasa interconexión con el resto de Europa. En 2023, España apenas alcanzaba un 4,4% de capacidad de interconexión, muy lejos del objetivo europeo del 15%. Cuando el sistema cayó, las “vías de escape” estaban taponadas. Un sistema más interconectado es un sistema más robusto.
Finalmente, queda la cuestión institucional. ¿Por qué no se activaron los mecanismos automáticos de contención? ¿Por qué el fallo no se encapsuló en una zona concreta? Especialistas y exdirectivos como Luis Atienza se muestran sorprendidos. Las respuestas están en manos del Ministerio para la Transición Ecológica y de Red Eléctrica, que han reclamado datos a las compañías. Pero lo cierto es que, hoy por hoy, seguimos a oscuras en cuanto a explicaciones.
No basta con celebrar la rapidez con la que se restableció el suministro —un mérito, sin duda, de los equipos técnicos—. Hay que preguntarse por qué hizo falta reiniciar desde cero. Un sistema verdaderamente resiliente no se va entero a negro.
El apagón del lunes no fue solo una anomalía. Fue un síntoma. La red eléctrica del futuro no solo debe ser limpia, sino también resistente, flexible e interconectada. Y si no aprendemos de este incidente, corremos el riesgo de repetirlo. En un mundo cada vez más dependiente de la electricidad, la seguridad energética es también seguridad nacional. @mundiario