Un día de playa desde la atalaya de mi silla de lona

Perro y niño en la playa. / RR SS
Perro y niño en la playa. / RR SS

Observar la vorágine de la actividad en el arenal y contemplar el atardecer: vacaciones para la mente.

Un día de playa desde la atalaya de mi silla de lona

Mis vacaciones mentales consisten en observar y escuchar lo que sucede a mi alrededor en la playa.

La instalación de una familia en el arenal resulta cómica. Los sufridos padres, sudorosos, con su gorro y cara de pocos amigos, tiran de la hamaca, una silla en cada mano, colgada al hombro,  una bolsa con las variadas herramientas para el juego de los niños, y la difícil tarea de encontrar un hueco en el arenal.

Es una alegría para la vista contemplar el infinito colorido de bañadores, toallas y sombrillas: imposible encontrar dos iguales.

¡Cómo me conmueve ver a las mamás dispensar las cremas a los bebés, delicada y amorosamente!; a  los matrimonios  de la tercera edad; a las parejas en edad de merecer y desear; a las ninfas y valquirias solitarias,  con la  pierna milagrosamente vertical, a dos manos, con lentitud y voluptuosidad.

Hay  vendedores de refrescos,  gafas, bolsos, cinturones, relojes,..; peluqueras nómadas que hacen trenzas estilo afro; masajistas móviles... 

Los niños más pequeños son un peligro, unas veces porque se van de exploración y otras porque tienden inocentes trampas en forma de castillos, pozos, túneles y esculturas, que elaboran paciente y concienzudamente; los despreocupados paseantes  que observan el paisaje, las niñas monas o el oleaje, corren el riesgo de romperse una pierna.

Los adolescentes que acaban de estrenar acné y descubrir sus instintos, se vislumbran a distancia porque  no dejan circular el aire y se refugian en el agua con frecuencia.

Las visitas de los padres de familia a los chiringuitos, suelen ser motivo de discordia matrimonial, pues se prolongan más allá de la prudencia. 

Una pareja de abuelos me enternece. Sentados plácidamente en sus sillas de lona,  leen; de vez en cuando una simple mirada, una caricia en la mano, lenguaje suficiente para quienes han compartido alegrías y penas a lo largo de una vida. Cuando entornan los ojos disfrutan de la  juventud  vivida y de su sosegada vejez.

Al atardecer, la playa queda vacía, salvo  los paseantes solitarios: unos, que no quieren perderse el espectáculo de la puesta del sol, cada día diferente,  otros, que contemplan cómo la marea trae y lleva, borra y escribe, quita y pone, destruye y repara todo lo que encuentra a su paso, como sucede en la vida.

Mañana, otras gentes, con las mismas ilusiones, problemas, desengaños, alegrías y nostalgia, volverán a la playa porque de nuevo aparecerá el sol por levante, el mismo sol de cada día. @mundiario

Un día de playa desde la atalaya de mi silla de lona