El día que aprendí a fulminar con la mirada a miserables acosadores callejeros

"Los italianos se giran", de Mario De Biasi
"Los italianos se giran", de Mario De Biasi.

Prefiero que se guarden su opinión sobre mí, mi vagina, mis pechos, mis nalgas o cualquier otra característica personal y que me dejen transitar en paz por la calle.

El día que aprendí a fulminar con la mirada a miserables acosadores callejeros

Prefiero que se guarden su opinión sobre mí, mi vagina, mis pechos, mis nalgas o cualquier otra característica personal y que me dejen transitar en paz por la calle.

A veces creo que la revolución viene en monodosis, que son los pequeños detalles los que nos abocan a un cambio de rumbo. No echar los orines a la calle, no tirar cabras desde un campanario, o poner a un señor negro en la cabalgata en lugar de embetunar a un señor blanco, costumbres asumidas y ampliamente aceptadas que de la noche a la mañana se cuestionan. Cambios minúsculos que, sin embargo, anuncian algo mucho más profundo y evidencian un cambio de paradigma. Detalles aparentemente insignificantes que sellan el avance social.

Quiero pensar que el hecho de que se haya abierto un debate en torno a la extendidísima costumbre del piropo callejero, significa que alguna placa tectónica ha acabado de encajar en la construcción de un mundo más igualitario. No faltará quien se eche las manos a la cabeza y crea que las cosas se están sacando de quicio, que el piropo callejero es una bonita costumbre y que solo puede molestar a las feminazis o a las lesbianas. Pues bien, en mi opinión de no feminazi y de no lesbiana, el piropo callejero es un infierno y me alegro de que al fin se cuestione.

A mí, en mi entorno, me han dicho muchos piropos y muy bonitos. Alguno incluso se ha quedado grabado en mi mente por años. Pero estamos hablando de eso, de mi entorno, de amables halagos de amigas, amigos, familiares, compañeras, novios…  No de desconocidos, hombres que no he visto en mi vida y que sin que hayamos sido presentados se permiten mentar mi vagina cuando se cruzan conmigo por la calle. Durante algunas épocas de mi vida, este aceptadísimo comportamiento masculino me ha hecho sentir muy incómoda, intimidada y a veces furiosa. Incluso ha hecho que me cuestionase cómo debía vestirme, cómo debía caminar y ha limitado mi libertad para  salir a la calle sola. Y no estoy hablando de barrios peligrosos a altas horas de la madrugada. Os hablo, por ejemplo, del burgués barrio de Salamanca a mediodía.

Sé que hay muchísimas mujeres que saben de lo que estoy hablando, aunque he leído recientemente que algunas dan saltitos cuando un señor que no conocen de nada les verbaliza que las encuentra sexualmente aceptables. Allá cada cual, pero yo preferiría que se guardasen su opinión sobre mí, mi vagina, mis pechos, mis nalgas o cualquier otra característica personal y que me dejasen transitar en paz por la calle, como puede hacerlo cualquier otra persona. Yo padecí este acoso desde adolescente, y para mí ha sido siempre desagradable, intimidante y violento. Hoy en día, con la celulitis instalada en mis caderas y las patas de gallo flanqueando una mirada con la que he aprendido a fulminar a esos miserables abusones callejeros, me resulta sensiblemente más agradable el sencillo acto de caminar por una acera. Porque lo que atrae irremediablemente al piropeador callejero es precisamente la inocencia y la indefensión de la víctima, esa que no va a rechistar, que no se les va a encarar y que va a soportar pasivamente su grosería. Con el tiempo, aprendí que estos acosadores callejeros son profundamente cobardes.

Para que un hombre lo comprenda, lo animo a que imagine cómo se sentiría si en la calle se cruzase con un tipo más grande y más fuerte que él que lo mirara fijamente al pasar, que le lanzase besitos, que se permitiese expresarle lo deseable que lo encuentra o que mencionase su pene. Que imagine lo que sería padecer esto a diario, con tipos más fuertes que él y ante los que no pudiese rechistar, simplemente soportar la humillación en silencio y seguir caminando. En serio, no es agradable. Y personalmente jamás he dado saltitos cuando me han acosado verbalmente por la calle, más bien he pegado botes de rabia.

El día que aprendí a fulminar con la mirada a miserables acosadores callejeros
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