El desafío de ser profesor universitario en tiempos de coronavirus

Universidad en EEUU. / Ic3105. / Pixabay
Universidad en EE UU. / Pixabay
¿Qué significa transformar la totalidad de las secciones impartidas en una institución de educación superior de un momento a otro? Caos. Pasar cuatro clases presenciales a un formato online de repente ha sido muy complicado, estresante, y sin desmerecer agobiante. 
El desafío de ser profesor universitario en tiempos de coronavirus

En este momento miro el jardín a través de la ventana del sótano. Realmente el sótano es el primer piso de mi casa y el resto del lugar se divide en el segundo y el tercero. En ese compendio de metros cuadrados conectados por escaleras he estado las últimas siete semanas.

No he manejado el carro ni ido a Worcester, donde trabajo. Dudo al decir “donde trabajo” puesto que por casi dos meses he trabajado en mi casa. La conjugación del tiempo presente se ve trastocada por el espacio que ocupo. Mis obligaciones de profesora universitaria se han triplicado. Pasar cuatro clases presenciales a un formato online de repente ha sido muy complicado, estresante, y sin desmerecer agobiante. Ante todo, hay que mantener la tranquilidad de los estudiantes, quienes de la nada se encontraron en una realidad extraña, ajena totalmente a la suya, con obstáculos y problemas familiares, con enfermos y muertos alrededor. Todos fuimos a dormir una noche y al amanecer se generó una angustia desmedida por pasantías, proyectos de grado, graduaciones, ofertas de trabajo, y en su mayoría, por la culminación del semestre.

Soy profesora de lengua y literatura latinoamericana y Latinx en New England. Mi carga horaria es alta, preparar cuatro cursos suponen muchas horas de trabajo, más el servicio que hay que hacer a la universidad, las asesorías académicas y la investigación. Todo eso debe ser comprobado al momento de hacer las evaluaciones anuales. Todo eso, repentinamente, pasó a darse de forma virtual.

¿Qué significa transformar la totalidad de las secciones impartidas en una institución de educación superior de un momento a otro? Caos. Total. Sí, soy profesora universitaria en Estados Unidos, tengo internet en mi casa y una laptop. Bingo. Está todo resuelto. Al momento de usar mis vacaciones de primavera para mágicamente pasar mis clases a un formato virtual, me di cuenta que ni mis estudiantes ni yo podríamos hacerlo todo. Era sencillamente imposible.

Añado en este momento el detalle de que tengo tres niñas pequeñas que no van a sus colegios durante la pandemia pero mantienen educación online. Me he convertido en la asistente de las maestras, una docente dulce y cariñosa pero que se agobia porque el tiempo se le va de las manos. Imaginé a mis estudiantes con niños pequeños, con hermanitos, con padres que tienen que trabajar fuera de la casa o a los mismos estudiantes que tienen que hacerlo. Pensé en los que no tienen acceso a internet porque no, en Estados Unidos no toda la gente tiene servicio de wifi en su vivienda. Recordé aquellos que viven con ansiedad y depresión, los que son víctimas de abuso doméstico, los indocumentados. Decidí, tomando en cuenta la frase be flexible repetida mil veces en correos de parte de la universidad, adaptar el calendario de las clases a la realidad temporal –espero yo— en la que nos encontramos. Con dolor quité materiales, y además eliminé evaluaciones, extendí las fechas de entrega. Asimismo, me transformé en una locutora proactiva, grabé mi voz en los Google Slides para mis clases e hice algunos videos donde incluí mi cara, saludé a mis estudiantes con la mano y les dije que los extrañaba. Los extraño. Me convertí en una melcocha dulce que se estira, que aguanta que la jalen y que hace feliz a los demás, llena de azúcar dorada. Flexible. 

Cada una de estas últimas siete semanas he recibido golpes, altos y bajos, dolorosos y punzantes. No he tenido ningún familiar enfermo pero eso no es lo único que me puede afectar. Las crisis existenciales han sido mis compañeras inseparables. El hecho de forzadamente abandonar el aula y dejar a mis estudiantes a la deriva ha sido un golpe duro. Escogí dar clases no sincronizadas porque una vez más me di cuenta que no podría llevarlas a cabo en vivo en medio de la situación. Además, si alguno de mis estudiantes no tenía los recursos o tiempo para hacerlo entonces no era justo. Traté de mantener la justicia dentro de la cruel realidad. Me rehúso a decir la palabra normalidad. Todavía no puedo.

Día tras día recibí más información de la universidad, memos provenientes de diferentes dependencias, una serie de correos electrónicos como hilos que se van desprendiendo de una tela a medio coser. Después de algunas semanas las aguas se amansaron un poco, la desesperación por la abrupta transición había amainado, mas sin embargo, el caos se había instalado. Se hicieron algunos anuncios: las clases del verano pasaron a formato online, se congelaron todas las contrataciones de empleados y las de los profesores medio tiempo están en veremos, se suspendieron los gastos extracurriculares (eso incluye libros para la biblioteca, asistencia a conferencias, talleres, materiales de investigación, invitación a ponentes, etc.). Sentí más golpes, crisis existenciales en la superficie, pero al mismo tiempo tenía que permanecer como escudo pues los estudiantes están en desventaja. La semana pasada recibí otro puñetazo: las secciones para el semestre del otoño –empieza en septiembre— que en este momento tienen pocos estudiantes inscritos se cerrarán. Ya. ¡Se cerrarán ya! Lo normal es que esto se haga mucho más adelante, al final del verano, entendiendo que los estudiantes pueden cambiar de horarios durante este lapso de tiempo. Sin embargo, el objetivo actual es eliminar gastos y esto quiere decir que mientras menos clases, menos profesores medio tiempo habrá que contratar. 

Los rumores abundan, la incertidumbre sobre cómo será el semestre del otoño carcome a los profesores y estudiantes, la angustia que provocan las estadísticas se torna incontrolable: quizás haya un 25% de disminución en el número de estudiantes que ingresen a la universidad (a todas las universidades) el próximo año académico, la tasa de desempleo será espeluznante, vendrá un corte del presupuesto estatal, tendremos que trabajar con las uñas y al mismo tiempo darles respaldo a los estudiantes que ya tenemos para que no se vayan, para que logren sus metas. Los que se convertirán en los primeros de su familia en obtener un título universitario necesitan ese respaldo. Todos los necesitan. Un virus está intentando arrebatarles su derecho, el privilegio de lograr un objetivo tras poner un gran esfuerzo. 

Vuelvo al concepto de “normalidad”. Pongo la palabra entre comillas porque no la puedo definir; estamos pasando por una crisis y se supone que cuando las crisis pasan todo vuelve a ser como antes. No obstante, en este caso, tengo mis dudas. 

Termino esta nota con la vista de los árboles a través de la ventana del sótano pensando en que podemos describir el coronavirus usando un adjetivo que se categorice como mala palabra, cualquiera le queda bien. Elija usted la que más le guste. @naidasaavedra en @mundiario

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