Cuando la vida es una celebración permanente: ¿Existirá un país con más fiestas?
El programa estival convierte a los jóvenes en una suerte de batallón en permanente movimiento, con efectivos que, aun no repuestos de la última merluza, deben afrontar nuevos retos y francachelas.
Conozco yo una chavala, casi una niña, que está preocupada por el modelito que lucirá en su graduación. Lo curioso es que la tal «graduación» es el fin de la secundaria, con el paso subsecuente al bachillerato, y lo más curioso aun es que tan fundamental acontecimiento en la vida de esta joven tendrá lugar en… junio de 2014. Pero es igual: ella está preocupadísima por el trapito y por la fiesta.
Hubo un tiempo en que la fiesta, en cuanto manifestación de alegría colectiva, obedecía a un símbolo que, ya más, ya menos convencionalmente, recogía la excepcionalidad del evento: fiestas eran los ritos de paso: el nacimiento (bautizo); la infancia y pubertad (primera comunión y confirmación); la madurez sexual (la boda); también la cristianización de los solsticios (San Juan y la Navidad), en cuanto tránsitos climáticos paganos. Luego estaban las fiestas de la aldea o villa por el santo y… poco más.
Mis cumpleaños tenían por toda pompa un chocolate con churros en un bar del pueblo, el propietario del cual, en un alarde de extraordinaria generosidad, agasajaba a los niños con un globo por cabeza.
Yo observo que, hoy, la acusadísima tendencia social a un hedonismo militante, que tarde o temprano ―y no quisiera ponerme estupendo― traerá funestas consecuencias, conduce a un permanente programa de fiestas que, no sin dificultades y agobios, chicos y no tan chicos atienden, y que, en definitiva, como todo lo que se prodiga en exceso, acabará por aburrir.
El itinerario discente de nuestros escolares aparece jalonado de festejos y, en la medida del incremento en la edad de los concelebrantes, de libaciones perfectamente calculadas: el final de cada curso, fiesta y merienda para padres y niños; el fin de la primaria, fiesta; el fin de la secundaria, fiesta; el fin del bachillerato, fiesta; la selectividad, magno botellón; ya en la carrera, los jueves, más botellón. En el ínterin, cualquier mistificación sirve para seguir la fiesta.
El actual halloween antes coincidía con una celebración solemne en la que, silenciosos, los deudos recordaban a sus difuntos; ahora es una mamarrachada espuria, en la que los niños dan la tabarra pidiendo truco o trato por las puertas, sin saber nadie muy bien qué es eso excepto sacárselos de delante con un puñado de caramelos, y que los más enxebres quieren disfrazar en Galicia con un ropaje pretendidamente céltico, aun más espurio, para atracarse de vino y castañas.
Hay fiesta en Papá Noel, que antes no había; hay fiesta a destajo en Nadal y, aún indigestos, más fiesta en Carnaval; y en verano, el despiporre: del macrobotellón sazonado con cachelas en la playa de Riazor a la dorna de Ribeira, y del festival celta de Ortigueira a la fiesta del agua de Vilagarcía, el programa estival galaico convierte a los jóvenes del país en una suerte de batallón en permanente movimiento, con efectivos que, aun no repuestos de la última merluza, deben afrontar en breve plazo nuevos retos y francachelas.
Yo, viendo el panorama y evocando tasas de paro juvenil espeluznantes, recuerdo a una venerable anciana de aldea, que con siete años ya llevaba la hacienda al monte, quien, angustiada, preguntaba a sus nietos de la ciudad, estirados en el sofá viendo la tele después de comer: que vai ser de vós? Y, si la pregunta de la buena abuela me alerta, ya no digo la que directamente me formulo yo: que vai ser de nós?