Cuando una vecina llamada Gemma Atkinson abandonó la lectura de René Char

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Gemma Atkinson.

Era mejor que los zorros eléctricos se mantuvieran en las márgenes del sueño mientras tú y yo, bajo la bisagra de una luna enferma, jugábamos a los médicos.

Cuando una vecina llamada Gemma Atkinson abandonó la lectura de René Char

Era mejor que los zorros eléctricos se mantuvieran en las márgenes del sueño mientras tú y yo, bajo la bisagra de una luna enferma, jugábamos a los médicos.

 

A Luis Calero

No querías más tostadoras por tu cumpleaños, Gemma, y eso me dolió tanto como una letra de Nirvana tatuada en la espalda de un pijo. Pero las tostadoras siempre están en oferta y tú tienes el apellido de una marca de electrodomésticos y no hay nada más excitante que la hermosura se vista de vulgaridad, Gemma Atkinson. Preferías ese frigorífico que un fan, antes de practicarse la lobotomía con pinzas de depilar, te envío lleno de botellas de leche semi. Aún buscas el origen simbólico de ese presente, pero no lo encuentras porque jamás has leído a René Char, ni a otros poetas del surrealismo que glosaban los aparatos eléctricos.

No estás arrepentida por no amar la poesía, por no desnudarte cuando los yonkis quinceañeros se pasean por las azoteas en busca del karma de los gatos y los sonámbulos. No eres sincera, Gemma, Gemma Atkinson, porque sigues bebiendo leche mientras tu cuerpo te exige que juegues con el mío a esos bucles de saliva que tan bien relata Benedetti en uno de sus cuentos. ¿O era Cortázar? Sigues bebiendo leche con ropa breve y con un utensilio de metal en tu boca para que los peces que aspiras sean sesgados antes de rozar tu garganta.

Cuando una vecina llamada Gemma Atkinson abandonó la lectura de René Char
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