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Cuando faltan la razón y la fuerza dialéctica, la defensa es el insulto

Desconfiemos de quienes recurren a él con frecuencia. Si quien lo profiere tiene una relevancia pública social, cultural o intelectual, hay un grado de responsabilidad mayor.

Cuando faltan la razón y la fuerza dialéctica, la defensa es el insulto
Representación de un insulto. / Mundiario
Representación de un insulto. / Mundiario

Durante el estado de alerta los debates en el Congreso de los Diputados se han caracterizado por su dureza, lenguaje bronco e insultos repetidos, de uno y otro lado del hemiciclo.

Decía Shopenhauer que “cuando las artes de la argumentación fracasan, el último recurso son los insultos y las ofensas”. Quienes así se comportan, no tienen en cuenta que los denuestos carecen de fuerza lógica y dialéctica para rebatir lo dicho por el adversario.  Cuando se emite una injuria, el ser humano se asoma al precipicio de la irracionalidad y podemos dudar, legítimamente, de su capacidad para pensar y decidir serenamente.

Si quien lo profiere tiene una relevancia pública social, cultural o intelectual, hay un grado de responsabilidad mayor, por el impacto que produce en su destinatario directo y en el resto de la sociedad. Cuando se trata de un político, se sube otro escalón, pues la pérdida del autocontrol es cualidad fundamental en quien tiene que decidir continuamente  acerca de lo que resulta más conveniente para el grupo que dirige.

El insulto tiene diversas manifestaciones, ninguna de ellas menos grave que otras, llámense desprecio, descalificación, infamia, injuria, mofa, o descrédito. La modalidad de sembrar dudas mediante la difusión de rumores, tal vez es más grave que el propio insulto, porque evidencia la cobardía del que tira el viaje, esconde la daga bajo la capa y continúa el paseo con aire digno y señorial.

 Naturalmente, también se da la invectiva en sentido contrario: los insultos a los políticos por parte de quienes se ocultan cobardemente en las sombras de los foros y chats de internet bajo identidades ficticias, y cuya adscripción política nadie puede garantizar, pues podrían pertenecer al mismo partido de la persona a la que insultan.

El insulto refleja la incapacidad semántica del individuo que lo prorrumpe, supone un fracaso del lenguaje y evidencia su indigencia  lingüística. Quien domina el arte de la palabra puede ser más duro y contundente con el uso de un lenguaje irónico adecuado, que con la grosera descalificación; ahí está el ejemplo de  nuestros escritores satíricos del Siglo de Oro.

Tal vez las posturas más inteligentes ante el insulto sean, bien la reacción humorística -aumentando incluso el defecto que se nos atribuye, hasta llegar a la caricatura-  o el olvido y el desprecio que significa no hacer aprecio, como recomienda el refranero español.

En consecuencia, el insulto es la culminación de un fracaso personal, porque suele proferirse cuando se carece de argumentos dialécticos que esgrimir ante el interlocutor para explicar, convencer o  justificar algún hecho o circunstancia, o cuando se pierden el sentido de la mesura y la serenidad  y, como consecuencia, el dominio de los propios impulsos.

En última instancia, la degradación del lenguaje de los políticos, que se manifiesta también en la incorrección de sus discursos –vacuos, retóricos y con escaso contenido y peso intelectual-, revela la impotencia e incompetencia de determinados políticos para dar solución a algunos de los  asuntos que verdaderamente preocupan a la Sociedad Civil.  De manera que, con más frecuencia de la deseada, recurren a una letanía de lugares comunes, reiteraciones y lenguaje grandilocuente esdrujulizado, porque lo importante no es lo que se dice, sino cómo se dice. @mundiario