Crónica de un viaje de creativos por aguas del río Mandeo

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Creativos trabajando en el río Mandeo

Un dia alucinante. Casi siete horas navegando por el río Mandeo, escribiendo, pintando, haciendo esculturas, fotos... Menos currar en la N-VI... relata este escritor y periodista.

Crónica de un viaje de creativos por aguas del río Mandeo

Un dia alucinante. Casi siete horas navegando por el río Mandeo, escribiendo, pintando, haciendo esculturas, fotos... Menos currar en la N-VI... relata este escritor y periodista.

 

Pues sí neniño sí, sigo pensando que no hay como una dictadura, pero una dictadura bien entendida, no de esas que el personal está triste, que esas no molan, pero las bien entendidas… joé, es que las bien entendidas son la repera porque el pasado sábado todo funcionó como un reloj. Y así, bajo la amenaza de ahogar al que llegara tarde y otras variadas represalias, a las 12h, ni un minuto más ni uno menos, allí estaban todos dispuestos a embarcar y surcar el río Mandeo (Betanzos) a ver que nos inspiraba el swuaps swuaps del agua, que no confundir con el  whatsapp.

Y te voy a ser sincero, que por una vez no pasa nada, cuando vi que a las doce estábamos todos en el puerto, pero justo a las doce, no me lo creía, y lo primero que pensé, según me acercaba al embarcadero, fue: «¿Esos que veo son españoles?», «¿me habré equivocado de sitio de embarque?», «a que van a ser suizos o alemanes… »

Y continué con mi preocupación: «Pero realmente estoy en Betanzos y ese es el Mandeo… o estoy Rótterdam y es el Rin pero que por eso del agujero de la capa de ozono se ha estrechado… ». Pero todo volvió a la normalidad cuando según me acercaba oigo: «Hace un día quenindiós»; sí, «quenindiós», todo junto, juntísimo, tanto tanto que hasta descubrí que en Dios no hay tres personas porque no caben, solo una, pero eso es otra cosa que ya hablaré con Francisco, el Papa.

Si no lo veo, no lo creo

Pues alucinante, ni suizos ni alemanes. ¡Eran españoles!, ¡síííí, españolessssss!, ¡mis amigoooossssss! Y una vez en el barco… pues todos a dislocar. El escultor Francisco Escudero dale que te dale a un trozo de madera, que a punto estuve de decirle: «Oye, que si quieres fuego no te mates que tengo mechero», pero por lo visto no era ese el problema.

Los pintores Pedro Bueno, Astray, Gandullo, Sanjurjo, Ardura, Ruzo, Jesús, Rosario Vidal y Celestino Poza, con el pincel,  obras y más obras dando empleo a los colores; Francisco Castiñeira haciendo un precioso minibarquito de madera que me regaló y que lo tengo ahora frente a mi ordenador; el diseñador gráfico Manuel Agrafojo realizando una curiosa obra con papel y pintura imitando el Mandeo; y los fotógrafos Carpenter, Anxo Alvarez, Marcos Fraga, Héctor Navarro, Sole Morais y Antonio Guillán… iba decir que instantáneas, pero no, más bien permanentes porque, entre todos, unos seis millones de fotos hicieron bien a gusto.

Y luego, mientras los escritores y periodistas, como Soledad Michelena, Mercedes Modroño, Federico Poncet o Roberto Miras decían que estaban «meditando» (que ni los patos que veíamos se lo creían) la también escultora Isabel Rumbo y la ceramista Maycu Merino oteando el quehacer artístico. Y en tanto todo esto ocurría, pues yo, para variar, perdí el boli que llevaba y cuando encontré uno… pues servilleta al canto y anotando unos detalliños para esta crónica.

Temor y preocupación

Y así estábamos todos, subiendo tranquila y plácidamente por el Mandeo hasta el campo de Os Caneiros cuando sobre las dos de la tarde quitamos todos los cachivaches que había sobre la mesa y nos dispusimos a comer. Y ahí para mí fue el momento más preocupante del viaje, incluso más que la bajada hasta el puente del Pedrido (donde empieza ya el mar) porque vi tanta comida, pero tanta, que rebobiné, hice así como una especie de rewindmental y pensé: «Pero yo en los correos electrónicos que les envié qué les dije… que íbamos de excursión o que emigrábamos… »

Y como no vi maletas, ni de reojo en algún bolsillo un pasaporte, pues me tranquilicé, y más cuando comprobé que el barco tomaba rumbo sur-sureste; o sea, al embarcadero y no a Nueva York, para finalmente terminar todos tomando unas copichuelas en el café La Banca y en el Lanzós entre apretones de abrazos y sonrisas. Y… y como decía el otro, así transcurrió el día y así se lo hemos contado.

Crónica de un viaje de creativos por aguas del río Mandeo
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