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MUNDIARIO

Criar niños como cerdos

Yo no sé si ustedes sienten el horror que a mí me produce este asunto de la trata de niños y las madres esclavas, la monstruosa pretensión del capitalismo de normalizar la monetarización de la maternidad y del hijo.

Criar niños como cerdos
Silueta de un bebé. / Pixabay
Silueta de un bebé. / Pixabay

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Carlos Raya

Carlos Raya

El autor, CARLOS RAYA, es colaborador de MUNDIARIO. Es licenciado en Sociología por la UNED. Es especialista universitario en Seguridad y Yihadismo por el Instituto General Gutiérrez Mellado, diplomado de Estudios Avanzados de la Sociedad de la Información por la Universidad de A Coruña (USC), especialista universitario en Propiedad Intelectual por la UNED y doctorando en Sociología de la Propiedad Intelectual por la USC. @mundiario

Es el zeitgeist capitalista, el espíritu de nuestro tiempo. Más bien una de la consecuencias del mismo. A poco que rasquemos la delgada capa de barniz moral, disueltos los valores que los individuos de hoy en día escenificamos más que observamos, lo que nos queda es un ansia de lucro y posesión que nutre nuestro espíritu como las ceras naturales la madera. Nada es demasiado serio ni importante para que  nos planteemos refrenar tanto la sed de ganar dinero como la de poseer aquello que se nos antoja. El dinero es un lenguaje común al que todo puede ser traducido: la vida, las personas, la maternidad, los bebés, la familia o la felicidad. Todo, absolutamente todo se puede vender y comprar si sabemos buscar el momento y el lugar. 

El niño, tanto que mercancía de los mercados, es objeto de posesión. Da igual que la Ley del país de acogida diga que el niño es libre e igual a los demás, eso ya lo sabemos, pero para los falsos padres, para los amos del esclavo, siempre será un niño-cerdo, la cosa mía, la cosa consumida hasta los tuétanos para alcanzar la felicidad propia. Cuanto nos queremos, Cari, por fin tenemos un hijo. Mira que lindo. Es como un guarrillo pequeñito. Imaginen la escena. ¿No es enternecedora? El sentido de un bebé nacido en seno de su familia es el natural: el conatus spinoziano de la especie. El esfuerzo del nacimiento que persevera en lo que somos: seres humanos. No debiera ser de otra forma. Pero el niño nacido en la granja nace para ser vendido. El mercado de esclavos será su destino. Esto tendrá consecuencias a lo largo de toda su existencia. 

La madre es la otra esclava. Considerada como una cerda, engendró como una cerda en una granja de cerdos y parió un cerdito que inmediatamente le fue arrancado según salía de útero, vendido y nunca más visto. Toma tu dinero. Vete fuera de aquí y no hables demasiado. ¿Alguien puede ser tan imbécil para pensar que una madre cederá a su hijo recién nacido en un acto altruista o por dinero, sino es por amenaza de muerte o por desesperada necesidad? Ah, que puede haber excepciones. Que es su libertad. Yo le puede decir al oído lo que puede hacer con sus excepciones, señor mercader, y también con su amor por la libertad. 

La frialdad de esta industria criminal de producción de seres humanos solo es comparable a su inversa, la factoría de aniquilación total desarrollada por los nazis. En el campo de Treblinka ardía de forma permanente una inmensa fosa común. Allí se arrojaban los cadáveres de cientos de personas todos los días. A los bebés y niños pequeños no se molestaban en matarlos. Escaseaba la munición. Los arrojaban vivos a las llamas. La Humanidad no debiera olvidar sus chillidos de agonía. La voz de los niños llamando a su madres entre cadáveres y el fuego que los abrasaba vivos. 

¿Saben ustedes que las algunas empresas que trafican con estos pequeños esclavos ofrecen, por un poco más de dinero, una garantía de devolución por defecto oculto de la mercancía? Me pregunto si los granjeros también quemarán vivos a los bebés devueltos. ¿Se molestarán en pagar los gastos de reenvío del paquete a la granja de origen? ¿Se lo devolverán a la inútil de la madre que los parió? ¿De cuánto será la cláusula de indemnización que tendrá que pagar esa desgraciada por hacer mal su trabajo? 

Y por otro lado, ¿cuando el niño-cerdo pasa a ser hijo de verdad? ¿Durante el periodo de garantía de vicio oculto como le llamamos al cerdito? ¿Hijo en pruebas? ¿O Nomejodas? ¿Deja de llorar toda la noche, Nomejodas, que te devuelvo? Si le llamamos Carlitos, por ejemplo, luego se hace más difícil darle la patada. Hay que verse en el momento: ¡que te vendan un niño defectuoso! Eso tienen que penalizarlo los mercados. 

Yo no sé si ustedes sienten el horror que a mí me produce este asunto de la trata de niños y las madres esclavas, la monstruosa pretensión del capitalismo de normalizar la monetarización de la maternidad y del hijo. Lo que más me indigna es que muchos de estos que se les llena la boca de libertad de mercado, altruismo y amor paternal son de hostia diaria, Talmud y Tao Te Ching. Valientes hipócritas. Si Jesús de Nazaret entrase en el mercado de bebés no azotaría a los mercaderes, los ametrallaría con un Kalashnikov. Luego, como hizo con María Magdalena, cuidaría de aquellas mujeres y llamaría hermanos a sus hijos hasta el final de los días. 

Nada de eso pasará porque el capital es más fuerte que el Humanismo. La razón instrumental más que la Razón y los mercados más que el Amor. También porque a Dios le importamos un carajo. Miles de niños son transaccionados en el mundo y crecen en familias burguesas formadas por personas decentes reconocidas por sus comunidades. Pero la historia no acaba aquí. Puede que esos niños, dentro de muchos años, tengan noticia de su verdadero origen. Sus padres mentirán toda su vida y intentarán ocultar a su amado cerdito la verdad. Pero ocurren desgracias. Puede que ese día, esos niños, ya hombres y mujeres, comprendan su miserable suerte vital y busquen justicia. O venganza. Que los dioses se la concedan. No me gustaría estar en el pellejo de sus amos-padres. Comprender lo que sentirán los niños esclavos es asequible si uno se pone en su lugar. ¿Qué le diría usted a sus padres si se enterará de que su verdadera madre le engendró y parió en una granja, y que luego le vendió a esos señores que tanto quiere usted que, aprovechándose de su necesidad, le compraron por veinte monedas de oro? Victor Hugo, en “Los miserables”, obra cumbre de la desesperación humana, advirtió de forma muy temprana, como Jesús, que no hay que juzgar a las prostitutas sino a los criminales que se aprovechan de la necesidad de las mujeres pobres. En esta historia solo hay unos cerdos. Y no son cerdos pequeñitos, sino unos cerdos muy grandes. @mundiario