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MUNDIARIO

La Covid-19, un problema de todos

Mientras rebrotan focos de infección, no debieran colársenos pautas sociales igualmente contaminantes de una convivencia digna.

La Covid-19, un problema de todos
Prueba de coronavirus. / Pixabay
Prueba de coronavirus. / Pixabay

Manuel Menor

Doctor en Pedagogía.

El año de la peste prosigue, el verano le proporciona nuevas ocasiones para que su diario de actividad sea intenso. En este momento, según El País, va por los 103 rebrotes en sitios insospechados, en muchísimos casos con predominancia de encuentros familiares, y con reacciones muy dispares en quienes lo contemplan. Es un año pródigo en  modelos emergentes.

Un asunto de los otros

Está el que entiende que las normas profilácticas no van con él, son cosa de los otros. “Yo –decía alguien- no estoy porque me hagan las pruebas de Coronavirus para la detección de anticuerpos, frente al Covid-19; no sea que me tengan que confinar”. Es una postura extremadamente individualista para la convivencia con otras personas, pero no parece aislada, dada la amplitud de casos que emergen día a día. Pendiente exclusivamente de sí misma, sólo admite como norma el provecho propio; el de los demás le parece sinsentido.

La cuestión es saber hasta dónde se puede avanzar en soledad, sin interrelaciones con los otros ni con cuanto nos rodea. Esta especie de Robinsones son depredadores y todo les es poco con tal de salir adelante a toda costa. En eso consiste la matriz del emprendimiento, en superar las limitaciones de los otros sin inquietarse en lo que pase: las reglas del egoísmo social son bien conocidas desde Aristóteles, que trató de empeñarse en que la fuerza del individuo estaba en la "polis", la asociación dialogada con los demás. Hay formas más atenuadas, con diversos grados de hipocresía, para tratar de captar energías de cuantos le rodean a uno sin que se entren mucho o procurando que parezca que es amor lo que les tienen. Entre las plantas, hay muchas formaciones parasitarias, que colonizan a otras y viven a su cuenta: el capitalismo ha encontrado muchas maneras también de desenvolver ese instinto básico.

Mis asuntos

De las formas en que la “nueva normalidad” está mutando, es muy frecuente la que trata de repercutir muchos de los daños que está mostrando haber producido esta peste en los trabajadores. Al haber pasado a primer plano la rentabilidad del trabajo, y siendo este un bien escaso, quienes tienen oportunidad de darlo a los demás, tratan de sisarles a estos del valor de lo que producen. Hay muchas formas en desarrollo en este momento; dos de ellas son bien claras. La del teletrabajo, sus costes  y tiempos, es de las más socorridas porque, según muchos, esta forma de trabajo on-line ha venido para quedarse y, antes de que se sitúe con más fuerza, mejor establecer su estrechez de normas a conveniencia. Cuál sea el valor de la hora de trabajo, cuáles sean los patrones para el reparto de costes entre los agentes de la producción de un determinado bien, es objeto en este momento de un fuerte debate; y no es baladí que unos digan que mejor en convenio y otros lo dejen al trato individual de cada trabajador con su contratador. Muchos, en plan más duro, ni norma alguna quieren y que se imponga el más fuerte; es decir, lo de siempre y que el pez grande se coma al chico.

Quienes habían pensado que con esto del confinamiento obligatorio durante tanto tiempo, se reblandecerían las maneras egoístas y se impondría la conversión a un mundo más fraterno –o como quiera que quisiera llamarle cada profeta de los de hace tres meses- puede dar gracias al cielo por tanta iluminación como ha tenido: los caminos inmediatos de la historia humana parecen haberse desviado de sus profecías bienpensantes.

Otro sector, más amplio todavía, de fervorosos emprendedores de sí mismos ha encontrado un fértil campo de provecho en las condiciones laborales y temporales de los ERTEs. Horarios y entradas o salidas en este espacio de subsidio para que los puestos de trabajo puedan sostenerse con algo más de elasticidad económica, son  ocasiones magníficas para observar cómo una parte de los empresarios es de solidaria con el reparto justo del erario público. Veremos que, sobre todo entre gente joven, habrá muchos que casi preferirán trabajar sin cobrar, para ver de mantener algún agarradero a un puesto de trabajo casi volátil. Y, por otro lado, algunas de estas medidas no dejan de ser un remedo de mala publicidad, cuando lo que se dice apoyar es casi imposible de ser logrado por la difícil coyuntura en que se pone al prestatario para que presente tal cantidad de papeleo que se le va el beneficio en el intento de conseguir la ayuda prometida.

Vocación

Como el baremo de la dignidad laboral  siempre suele estar en manos ajenas: algún superior, un jefe, un colegio gremial o alguna instancia gubernamental, la “vocación” vuelve a ser un inestable baremo de poder y control. El término hace mucho que pasó a la sociedad civil desde una antepasada preeminencia privilegiada de los eclesiásticos. Desde los años ochenta sabemos, sin embargo, que las profesiones de más prestigio, como  médicos e ingenieros y abogados –ligadas casi siempre a mayores ingresos- son las que tienen más candidatos a ejercerlas por “decisión vocacional”. La distancia de ingresos entre un arquitecto y un maestro era veinte veces superior en aquellos; solo un 7% de maestros quería que sus hijos estudiaran lo mismo que ellos, mientras que entre los arquitectos la proporción subía al 59%. Bien significativo era igualmente que, en 1975, los maestros que habían sido reclutados fuera de Cataluña ascendiera al 40%.

Según analizaban Martín-Moreno y Amando de Miguel en 1982, en cuestiones de “vocación” quedaba clara, ante todo, una profunda relación entre herencia cultural y prestigio profesional; que el éxito en la profesión no era tanto fruto de la capacidad técnica objetiva de cada cual sino de su entorno familiar, con el añadido de que el emparentamiento con el poder fáctico viene determinado no tanto por el mérito sino por este otro tipo de factores. Al ritmo que va la “nueva normalidad”, el uso del término “vocación” se va a extender bastante más allá de las profesiones que otrora se consideraban especialmente dignas; cuantos estén dispuestos a hacer de siervos de los demás por casi nada es que tienen especial “vocación”; como decía el viejo cuento de La Camisa del hombre feliz, si los que tienen camisa lo pasan mal, los descamisados no deberían sino estar contentos si tienen algo de trabajo, en lo que sea y como sea.

Oigo a algún candidato de las elecciones de este domingo en Euskadi y Galicia repetir que estamos controlando la situación, que vamos bien y que le daremos pronto la vuelta a los efectos de esta pandemia; la memoria me trae a Dickens (Tiempos difíciles, 1854) y Disraeli (Sybil, 1845), con la sensación de que lo que escribieron prosigue y que, cuando contaban lo que estaban viendo sobre la extrema pobreza o la perplejidad que les producía ver en una misma ciudad dos ciudades que se daban la espalda, podrían estar hablando del presente. @mundiario