El corneta Palarea, el último soldado de la guerra de Cuba

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Fernando Ramos, periodista y colaborador de MUNDIARIO, entrevistando a Antonio Palarea, a los 93 años, en 1975. / Fernando Ramos.
A los 93 años, todavía recorría España como viajante de comercio quien fuera testigo del final de la Cuba española al que conocí en Vigo. 
El corneta Palarea, el último soldado de la guerra de Cuba

Estos días en que se proyecta sobre nuestro presente el recuerdo de las propias responsabilidades de España con Cuba, y en ese sentido, la especial relación con Galicia, quiero exponer aquí una vivencia personal de enorme valor y trascendencia para mí. En febrero de 1975 conocí y entrevisté en Vigo a don Arturo Palarea Olmedo, que a sus 93 años seguía trabajando como representante de equipos de hostelería. Era hijo, nieto y biznieto de militares, y él mismo, con 15 años, sirviera como corneta en la compañía que mandaba su padre, capitán de Infantería en Cuba. Le entrevista radiofónica de aquel encuentro se halla en el Archivo Sonoro de Galicia y el original puede consultarse en la hemeroteca del Ideal Gallego, en la fecha 4 de febrero de 1975. Estos días que Cuba vuelve a estar presente en nuestro ánimo, quiero hoy contar la historia de que fue posiblemente el último soldado de Cuba.

Su bisabuelo fue el famoso general Palarea, cuyo retrato se conservaba en la galería de soldados ilustres en el Museo del Ejército por sus victorias sobre los franceses. Don Arturo salió de España con ocho años y su padre lo enroló como educando de banda en el Ejército, donde se hizo corneta. Para mí, era impresionante hablar con una persona que estaba en La Habana cuando volaron el “Maine”. Este singular personaje era un retazo vivo de historia que me contaba que, con tres años, su abuela lo llevaba a jugar a la plaza de Oriente frente al Palacio Real. Su memoria era un río caudaloso, presumía de no haber estado enfermo en su vida. Dos veces casado, cuando lo entrevisté acababa de perder un hijo de sesenta años. ¿Cómo era posible que a su edad siguiera viajando por toda España? Y el respondía: “Es que el día que deje de trabajar la diño”.

 

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El recuerdo en Vigo de los repatriados de Cuba y Filipinas

Su relato de adolescente recordaba aquellos días felices de los últimos años de la Habana colonial y la guerra toda. Profundamente antinorteamericano decía que fue testigo de que, en aquella campaña, causaban más muertes las malas condiciones sanitarias que las balas mambises. En este punto de emocionaba al recordar el amargo sabor de la derrota y el forzado regreso a España con aquellos soldados enfermos, derrotados, doloridos. “Nunca lo olvidaré ni los olvidaré”.

El episodio en Vigo del general Toral

Estando en Vigo, rememoraba los tristes episodios de la llegada a esta ciudad de los vapores que conducían a los soldados derrotados y a las familias retornadas a la fuerza, el corneta Palarea aludió al vergonzoso episodio protagonizado por el general Toral, al que recordaba y del que dio cuenta la prensa de la época. Yo conocí y ya había tratado esta historia en un libro, que ahora recupero: Los soldados que han defendido Cuba son repatriados enfermos, muchos de ellos fallecen por el camino y son sepultados en la mar. Cuando los transportes donde sobreviven hacinados llegan a Vigo, nada, salvo la caridad pública, la Cruz Roja o la solidaridad popular está dispuesta para recibirlos. FARO DE VIGO, decano de la prensa nacional, da cumplida cuenta de las patéticas escenas que se suceden en los muelles.

La tropa es obligada a permanecer largas horas en los barcos antes de ser desembarcada, en el mejor de los casos de que el transporte traiga “patente limpia” y no hayan de pasar interminables cuarentenas en el Lazareto de San Simón. En uno de estos transportes regresa el general Toral, el mismo que ha rendido Santiago de Cuba. Este militar, que no ha sabido conducir a sus soldados a la victoria, ni siquiera tiene la gallardía de compartir dignamente con ellos el infortunio. Tan pronto como el “León XIII”, buque en el que viajan, atraca en Vigo, el general Toral, sin esperar a que sean desembarcados enfermos, heridos o fallecidos, salta a tierra y se aloja en un hotel. Cuando la población se entera del vergonzoso comportamiento del militar se produce un motín popular de tal envergadura, que Toral ha de regresar a bordo. Pero el relato completo de cómo son tratados los pobres soldados repatriados es todavía más esclarecedor:

 

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Aquellos últimos soldados enviados a Cuba

 

A bordo, sobre la cubierta del buque, se veía a los repatriados apiñados y deseosos de saltar a tierra.  Cada vez había más soldados que pedían con insistencia agua para beber y uno de los que pedían agua fue agredido por un oficial.  “El capitán repatriado, Sr.  Rodríguez, del primer batallón de Simancas, había dado un golpe con su sable a un soldado del pasaje del León XIII por el "delito" de haber pedido este recluta agua a los que se hallaban en el muelle.  La agresión, que produjo al soldado Marcelino Martínez, de la 43 compañía del segundo batallón de Simancas, un profundo corte en la oreja, no pasó desapercibida para la multitud.  La ola de protestas crecía y el alboroto se hacía mayor.  Numerosos grupos, compuestos fundamentalmente por mujeres, en los que se escuchaban acusaciones contra las autoridades y contra la compañía ejecutora del regreso, la Trasatlántica, se dirigieron al edificio del Gobierno militar para reclamar el desembarque de la tropa.  Los ánimos parecieron apaciguarse un poco cuando el general Núñez anunció su disposición a permitir el desembarque”.

La revuelta no concluye

Pero la revuelta popular aún no había concluido.  Hacia las 13.00 un grupo numerosísimo de personas apareció frente al Hotel Continental, donde se hospedaba el jefe de la expedición que conducía el "León XIII", el general Toral, el mismo que había firmado la capitulación de la plaza de Santiago de Cuba.  Quizá fue la falta de tacto de este militar lo que exasperó la ira popular hacia su persona.  Había sido el primero en saltar a tierra del buque, apresurándose a albergarse en su hospedaje sin aguardar a que antes fueran atendidos los soldados enfermos.  Los manifestantes, que llegaron a sumar hasta un millar de personas, se congregaban ahora frente al Hotel Continental clamando entre gritos porque se permitiera el acceso al trasatlántico para asistir a los repatriados.  A este clamor se sumaba la acusación otra vez contra la Compañía Trasatlántica por las pésimas condiciones en que habían llegado los repatriados. El tumulto adquiría por momentos caracteres de verdadera gravedad.

 

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Militares españoles en Cuba

 

Desde el hotel, los manifestantes se dirigieron otra vez al muelle para esperar El desembarco de los repatriados, pero allí fueron interceptados por fuerzas de Carabineros y de la Guardia Civil. No obstante, los vecinos las arrollaron.  Poco después llegaba al muelle el coche del gobernador militar de la plaza conduciendo al general Total, obligado a reembarcar en el vapor que lo había traído a España.  Los manifestantes recibieron con silbidos al gobernador militar y apedrearon su coche.  Medio a escondidas el general Total tomó una lancha para trasladarse de nuevo al "León XIII" y rectificar así el error de abandonar la nave antes de que lo hiciese el último de sus hombres.  Los manifestantes apedrearon también esta lancha al tiempo que pedían a gritos que desembarcasen a los soldados y, cuando vieron a bordo al general Total, no cedieron en su actitud y siguieron arrojando piedras, ésta vez al buque, logrando romper gran número de cristales del vapor.

Los que regresaron del puerto siguieron arrojando piedras a otros edificios y a las farolas del alumbrado público. El general Toral ya no quiso desembarcar de nuevo en Vigo y tomó después desde el transatlántico una lancha que lo condujo a Redondela para esperar allí el tren de Madrid. También en Redondela el pueblo lo identificó, haciéndole objeto de otra manifestación hostil en la estación.

En Vigo, la tregua a un escándalo que pudo haber desembocado en un conflicto de mayores dimensiones la puso sobre las 14.00 el comienzo del desembarque. La Cruz Roja ya podía ahora ejercer su labor y lo hacía socorriendo a los enfermos y alimentando a los más delicados. Duró bastante el desembarque y cuando la cubierta del buque quedó despejada se sacó a los enfermos. Este episodio, lamentable, figura en todas las memorias, antologías y recuerdos que se han publicado desde entonces en Vigo y forma parte de ese substrato popular y común que conforma la respuesta popular ante determinados estímulos. @mundiario 

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