Sobre las consideraciones de Ramón Andrés y de Luis Antonio de Villena acerca del suicidio

Ramón Andrés y su libro Semper dolens, Historia del suicidio en Occidente.
Ramón Andrés y su libro Semper dolens, Historia del suicidio en Occidente.

Hay teóricos que aseguran que el suicidio se hace siempre contra alguien. Puede ser, aunque también es posible que alguno siga en la vida por quienes ama.

Sobre las consideraciones de Ramón Andrés y de Luis Antonio de Villena acerca del suicidio

Siempre me ha parecido misteriosa la fuerza que lleva a un ser humano a quitarse la vida. Es como si dentro del ser estuviera albergada secretamente la potencia del no ser. Esta fuerza es casi tan misteriosa como la muerte misma. Salvo para aquellos convencidos de sus creencias religiosas, ese cesar del existir resulta diversamente inimaginable. Puede verse como un oscuro vacío que no se percibirá o como una definitiva interrupción de la conciencia. Aunque algunos superpondrán la proyección de su ego a ese definitivo apagamiento; se imaginarán, en su ausencia, queridos, añorados, valorados; o se verán como alegres jubilados de una vida siempre acuciante.

Siempre me ha parecido misteriosa la fuerza que lleva a un ser humano a quitarse la vida.

En Semper dolens. Historia del suicido de Occidente, su autor, Ramón Andrés, nos habla del dolor que nunca descansa del todo. Nos dice: “El cansancio, la pérdida del sentido, pensar un imposible futuro, palpar el sentimiento de humillación y derrota, la ausencia de fruto en la continua búsqueda de consuelo, conducen al anhelo de muerte”. Y, por si hubiera duda de si esa visión afecta solo a unos y no a otros, generaliza: “El malestar y la desesperación son consustanciales al ser humano. Una historia del suicidio no es más que una historia del dolor”. Y abunda: “Crecemos y evolucionamos sobre un fondo de temor, ansia y abandono”. Y busca apoyos: “Leopardi y Kierkegaard coincidieron en decir que la existencia no estriba en un gran bien, sino, muy al contrario, en un sufrimiento que presenta breves treguas”.

Aunque del dolor psicológico -más o menos puntual o intenso- no se libra nadie, me parece mucho decir que esa sea la predominancia de la vida en todos los casos. Conozco a muchos que se reafirman más en sus alegrías que en sus tristezas, que las exhiben como ejercicio cotidiano. Lo cual no quiere decir que estén exentos del riesgo de vivir, de los descensos inopinados, de las tentaciones de lo oscuro. Quizá quien más ama la vida más expuesto esté a la frustración. Como se dice en el libro: “Hay que ser maestros en combatir la decepción impuesta por las falsas promesas”. Hay otros que, sin embargo, están instalados en una suave depresión y no pensarán nunca en quitarse la vida, quizás porque ello requeriría alguna intensa y paradójica vitalidad de la que ellos carecen. Los que le piden mucho a la existencia, son capaces de localizar muchas cumbres en ella pero son también susceptibles de caer en el abatimiento.

Hay teóricos que aseguran que el suicidio se hace siempre contra alguien. Puede ser, aunque también es posible que alguno siga en la vida por quienes ama. El acto suicida crea secuelas en los allegados, sentimientos de culpabilidad o de impotencia. Es sabido que el suicidio genera a veces el efecto contagio. Otras, parece que podría guardar una indemostrada base genética (véanse familias tan afectadas por él, como la de los Mann, como Silvia Plath y su hijo, y muchos ejemplos más). Lo que dicen los expertos es que, sin enfermedad mental, es muy difícil que se produzca el suicidio. Claro que si incluimos en esas enfermedades la depresión, incluso la puntual, o la neurosis, solo nos quedaríamos con unos pocos casos exentos de esas circunstancias: tal vez algunos ejemplos canónicos, como los de Sócrates, Séneca, y otros menos prestigiosos, pero tan válidos, como los de todos aquellos que renuncian a seguir con una vida manchada de indignidad o prisioneros de un sufrimiento avasallador.

Según Montaigne la muerte voluntaria es un fruto de la razón y no de la desesperación, un acto de libertad. Y su discípulo Donne decía que la desesperatio no es un pecado, es un estado que uno difícilmente puede dominar, señalando que el perdón se obtiene de un Dios comprensivo. Porque mucho se ha dirimido sobre la licitud de acabar con la propia vida. “La vida es una propiedad, pero también, y sobre todo, un préstamo”, decía Pierre Charron, discípulo de Montaigne.

El suicidio en los artistas parece mayor pero las estadísticas lo desmienten. Sin embargo, goza de una enorme atención. Son muchos los escritores que acabaron muriendo cuando lo decidieron así. Algunos lo anunciaron desde muy pronto, a otros les sobrevino alguna apabullante situación en la que se vieron acorralados, otros tal vez pedían mucho y muy rápido de la vida. Luis Antonio de Villena en su La felicidad y el suicidio medita sobre el tema. Nos cuenta que él mismo es un superviviente de esa situación, pues, en su adolescencia, ascendió in extremis del pozo de la desolación absoluta.

El poeta, para explicarnos su visión del suicidio nos habla de su reverso, de: “La felicidad que sí merece su propio nombre: la que nos eleva, nunca la que nos acomoda”. Pero –volvemos a lo mismo- la búsqueda exigente de la felicidad también es peligrosa: “Pidió demasiada vida a la vida”, dice de una amiga suicida. Y de otro que  también consumó ese acto: “No porque buscase la muerte, sino por sentirse superior a la vida. Por no conformarse con la cotidiana derrota en que consistimos”. Se pregunta el poeta: “¿Acaso Hemingway o Esenin amaban demasiado vivir?” Pero, por otro lado, entiende que: “Podemos percibir que todos los suicidas son personas dañadas. Seres que han recibido una herida, de la que no logran sanar”. Según él: “Somos inadaptados a la vida”.

De Villena hace un llamamiento a la no pusilaminidad que me parece muy pertinente pero poco atendible por las naturalezas débiles: “Pero echarse en brazos de la muerte tras el primer fracaso, la primera decepción o un natural melancólico, tampoco es lógico en quien vive. En quien ya ha venido y debe explorar el camino. Felicidad es buscar y ver los placeres de la vida, convivir con el daño y el dolor hasta donde sea humanamente posible…” Y reconoce: “No es buena la vida, pero sí mejorable”.

Los suicidios más odiosos son los que conllevan un crimen previo, como los de aquellos que asesinan a sus exparejas y luego no quieren ser juzgados por el mundo

Algunos apasionados de la idea del suicidio, como Cioran, decían: “Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera.” Y para otros, como Camus, el suicidio es visto: “Como un acto de confesión, según la cual la vida no merece ser vivida, tan absurdo resulta todo, tan insensata la agitación cotidiana, y el inútil sufrimiento que por destino padece el ser humano.” Sin embargo, hay suicidas que no pueden echarle la culpa al mundo y se van conscientes de su personal fracaso. Y también hay quien vive hasta los noventa años, pero no tiene precisamente una buena opinión de la vida, como la escritora Djuna Barnes: “La vida es dolorosa, repugnante y breve…en mi caso solo ha sido dolorosa y repugnante.”

Los suicidios más odiosos son los que conllevan un crimen previo, como los de aquellos que asesinan a sus exparejas y luego no quieren ser juzgados por el mundo. O los que se infligían los gerifaltes nazis cuando sabían ineludible su detención. O más recientemente el caso de ese militar croata que, en pleno juicio, ingirió una dosis letal. Los más plausibles serían aquellos que deciden hombres y mujeres abocados irremisiblemente a un proceso de inhumana degeneración. Los más dolorosos, los de aquellos que ya, desde muchos años antes, han sentido la vida como un insuperable dolor. @mundiario

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