Conferencias científicas

Una mujer dando un discurso. / Pexels.
Conferenciante

Y tontos los virus no lo son. Al menos no tanto como todo aquel tipo que en pro de sus honores y fama son capaces de urdir las mejores y más efusivas especulaciones que engendren y salgan de sus meninges.

Conferencias científicas

Llevaba un suéter amarillo canario de pico corto; debajo una camisa blanca inmaculada de cuello duro, con dos botones en cada punta que unían el cuello con el torso; sin corbata ni pajarita; pantalones de pinza gris marengo, con bajos reposados en los zapatos burdeos tipo castellano de “Lorenzo y Gloria” que tanto usaba (y aún uso); calcetines tipo ejecutivo – no uso otros – en consonancia con el burdeos del zapato. Caída perfecta de pantalón sobre el zapato, ni cortos ni muy largos. Chaqueta cruzada, en azul marino y botones a juego; sin abrochar. Abrigo pardo de lana, entallado, sin sobrepasar en mucho la rodilla. Y un foulard enrollado al cuello sin apretar, color gris pizarra en armonía con el amarillo canario y los pantalones marengo.

No se me pasa un detalle, tengo la imagen en las mientes.

Yo, no quería asistir a dar esa conferencia en mi pueblo; la rehusé una y hasta cinco veces. La alcaldesa – Carmina Belmonte Useros - se empeñó y me solicitó personalmente el dar la conferencia como un favor a título particular. Estaba programada para las ocho de la tarde de un grisáceo día del invierno manchego en el anfiteatro del edificio de sindicatos – así se le llamaba y conocía -.

Accedí, por fin. Sobre todo por ti .

La alcaldesa me regaló una navaja a cambio de un duro, para no perder las amistades, y una placa de plata que estoy viendo ahora mismito

Accedí a dar la conferencia, no tanto por la suplica de la alcaldesa como por evitar el peñazo que me darías por no haber sido cabal hacia el pueblo y sus pobladores: Una y otra vez...una y otra vez (sólo su posibilidad me sacaba de mis cabales)… “Over and over again”. ¡Qué horror!

Bien que sabías que no era muy de mi agrado el dar conferencias.

Cuando las daba era porque el Congreso, Simposio, o reunión científica eran de mi interés. Y siempre como invitado por el comité científico del acontecimiento. Jamás por libre.

De hecho he dado ya muchas, demasiadas diría yo; a pesar de que la “mui” nunca me ha faltado y la oratoria siempre me ha rondado, el hecho de que mientras está uno disertando sobre el tema escogido a una audiencia hasta los topes, si permiten la entrada de periodistas y fotógrafos, la cosa puede serme letal a tutiplen, tanto para mis ojos – demasiados flashes – como para mis mientes: puedo despistarme en el discurso y eso, me resulta harto irritante, francamente,

Bien, pues a pesar de haber prometido que no daría más entrevistas ni conferencias – salvo que fuera disfrazado de fraile frailón y pasado desapercibido – he vuelto a caer.

Tuve que acceder a dar un par de charlas en Viena y Hamburgo este julio 2021. Pues, lo prometido dicen que es deuda y un servidor no quiere deber nada a nadie y menos a mi mismo. Estaban previstas para el verano de 2020, y tuvieron que suspenderse por mor de un «virus coronado» del que apenas nadie sabía nada más que su existencia y poco más, o sea que “se jodió el invento” – que dicen en mi pueblo - y a ver si Dios lo quiere para el año próximo, o sea, el presente. Y Dios lo quiso. Con reparos pero, lo quiso.

Y, claro, para mi, lo único que realmente a un Hombre (o Persona en inclusivo) lo define es su Palabra  y su firma. Ambas cumplí por tanto.

El tema de ambos congresos no era precisamente el COVID, pero, como imaginarán, salió por todos los sitios. Ninguna conversación o ponencia lo eludió, salvo las mías. Y en los pasillos ni les cuento: qué tostón madre mía. Yo me hacía el ignorante y el garrulo, pero ni por esas oiga: el p**o virus y todas su variantes (o mutaciones). Como si fuera una novedad a éstas alturas que todo virus – todo virus, recalco – tiende a mutar si el “ataque” es lo suficientemente poderoso como para destruirlo hasta su desaparición: Las Vacunas; en este caso.

Pues éste no iba a ser distinto, y quienes piensen que tales mutaciones no iban a producirse, o son ingenuos ignorantes o tienen gana de pendencia a fin de imponer sus criterios y empirismos, y hacerse famosos en las distintas televisiones por un módico emolumento de aparición en pantallas si es que tienen esa suerte, cuantas más veces mejor, por aquello de la ´plata´acumulada. Particularmente me horroriza ese medio, no sé...será porque no me veo atractivo cual yo pienso que soy; diría más: salgo horripilante.

Pero a esos tipos les encanta: Honor y fama. Que ninguna suelen asimilar (anda por esos lares un médico cargadito de razón sobre el virus, que a fuerza de poner a caldo a D. Fernando Simón, lo están llamando para que aduzca sus criterios “apodícticos” una semana sí y otra también.

No quiero escribir su nombre para no darle más bombo, pero dice ser – yo lo he oído – subdirector – o algo parecido – del Servicio de Urgencias de un excelente hospital español.

Por si alguno de ustedes todavía lo desconocen: ¡No existe la especialidad de Urgenciología!

Ni en España, ni en muchos otros muchos países desarrollados tampoco. No, no quiero escribir su nombre pero, a nivel personal e intransferible, a mi me dan vergüenza sus alocuciones, aunque la mayoría de las veces me da la risa tonta.

A lo que voy, que no quería dar más charlas ni conferencias y las he dado. Que no quería escribir más sobre el Covid y lo estoy haciendo.

¡ Y lo que me queda de penar con él ! ( en el sitio de mi currele, nada más aterrizar – o sea hoy – ya están con los peñazos de los «protocolos», pautas de actuación y yo no sé cuántas cosas más se han dicho esta mañana. Un corral de grillos, una merienda de negros, y los dos juntos además de revueltos si me apuran). Acabo de citarme con la Delegada de Sanidad y Salud Pública...con eso queda dicho casi todo,

Entiéndase pues que, a la chita callando, no he cumplido con mis promesas, mal que me pese. No he querido ser ametrallado con flashes asesinos, ni engreírme con disertaciones que posiblemente fueran merecedoras de ello, y lo he hecho. Quiero proclamar a quien escuche que las mutaciones virales – llámense “delta” o “epsilón” o “china, india, brasileña o española”, es una obligación moral que todo virus ha de hacer, so pena de su desaparición y “alta traición a su especie”.

Las vacunas han hecho, y están haciendo, el mayor y mejor parapeto para conseguir tal aniquilación. Y tontos los virus no lo son. Al menos no tanto como todo aquel tipo que en pro de sus honores, fama y apariciones televisivas, radiofónica o escritas (cual un servidor en este momento) son capaces de urdir las mejores y más efusivas especulaciones que engendren y salgan de sus meninges; sembrando especulación, miedo y sinsentidos.

P.S.- La que me espera con las PCR y no sé cuántos antígenos de farmacia a partir del lunes...va a ser minina; de escándalo. Ya verán, ya.

Respecto a las conferencias en Viena y Hamburgo, decir que, tras las exposiciones, me fui de tapadillo y de guiri. Así me fue en países que hablan alemán. Pero eso es otra historia… @mundiario 

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