Chicas que odiaban San Valentín y decían que lo había inventado El Corte Inglés...

Viñeta sobre el día de San Valentín.
Viñeta sobre el exceso de amor; del día de San Valentín.

De cómo vendes tu alma al consumismo y empiezas a ver corazones de manera crónica. Todo cambia si te cruzas con la persona adecuada en el momento preciso.

Chicas que odiaban San Valentín y decían que lo había inventado El Corte Inglés...

El odiar o no el día de San Valentín, en mi caso, depende única y exclusivamente de un factor. Ese factor mide metro ochenta y tiene una sonrisa de estas que hacen que pierdas el norte, haciendo que acabes hablando en diminutivo y dedicándole nombres que serían propios de un pastel.

Hasta 2011, los catorce de febrero yo quedaba con María y con Elena, asaltábamos la heladería italiana del pueblo y, después, repetíamos la jugada en el bar de Juan, pero a chupitos de tequila. Éramos unas chicas enfadadas con el Corte Inglés por crear semejante día de consumismo y recordarnos a personas como nosotras que sí, había quien tenía su príncipe, pero que, por ahora, teníamos que conformarnos con el sapo. Nos reíamos de los chavales que iban por la calle con varias docenas de rosas y de las que los recibían saltando cuando veían aparecer a su chico con semejante regalo para ellas. Nos lo pasábamos bien. En el fondo, creo que el despecho es fantástico para pasárselo de fábula con los amigos.

Todo cambió por una casualidad, un momento en el que una amiga iba persiguiendo cual psicópata obsesa a un chico que ni siquiera sabía que existía, hasta el momento que decidía que tenía que saciar sus necesidades sexuales, entonces, sí.  El resto íbamos con ella por no dejarla sola en su desesperado intento de que el individuo la quisiera para algo más que para “calentarle los pies”.  ¿Y si el perseguido hubiera decidido ir a algún otro sitio? Nunca hubiera conocido a Roberto. El culpable de que, en vez de odiar al Corte Inglés, me dedique a buscar a ver qué le puede gustar más, una raqueta de pádel o una colonia.

Se me acercó y me preguntó muy sonriente cómo me llamaba. Normalmente, en ese tipo de casos, en los que son cerca de las seis de la mañana,  – y, como dice mi abuela, a esas horas en la calle no hay nada que rascar – decía que me llamaba María y que al día siguiente trabajaba en el hospital, que me tenía que ir. Sí, efectivamente, tenía que marcharme, pero a la discoteca de al lado.  Con Roberto, fue diferente, me invadió el espíritu rosa de San Valentín, y acepté encantada a bailar con él, orgullosa de que un chico como el decidiera que, de todas las chicas que había en el lugar, yo era la elegida.

Por eso, decidí que con él iba a ser todo diferente. Que iba a ser bonito, porque ya no es que ese día quedara tonta con su sonrisa, no. Es que todos los días me hace sonreír.

Pasas, en un segundo, de odiar toda la parafernalia de los corazones rojos a querer hacer que todos los días sean catorce de febrero y te diga cuánto te quiere, acompañado aunque sea de unas rosas rojas enviadas por Whatsapp.

Y, en otro segundo, te ves, en el año próximo, separada de tu príncipe – ahora sí que ya puedo afirmar que no es un sapo- porque, por mucho que se empeñe la señora Cospedal en decir que estar en Europa es estar en casa, no está. Se encuentra a muchos kilómetros, veinticuatro horas en coche según el Google Maps, planeando aprovechar los descuentos de San Valentín en el zoo. Mientras tanto yo, antigua chica anticonsumista, me muero de amor al ver pasar a los chicos con ramos inmensos para sus novias o para las que quieren que sean sus novias. ¡Cómo cambia la vida! Encima, para reírse más de mí el destino, decidió que una pareja joven con ansias emprendedoras continuara con el negocio familiar, una floristería, al lado de mi trabajo. Los días como hoy es un constante paseo de flores calle arriba y calle abajo.

Para finalizar, me gustaría dirigirme a Dolores - la voy a llamar así, que en mi casa últimamente se habla mucho de ella y ya es casi como de la familia – y decirle que España es Europa también, estoy de acuerdo, pero que todos los que se marchan no se sienten en casa. Se lo digo yo. No hay Nocilla, ni atún en aceite de oliva, ni novias que puedan ir a dar un abrazo cuando se sientan solos.

De todos modos, como yo ahora soy una chica “viva el amor” pienso celebrar mi San Valentín cuando, esta vez sí, mi chico vuelva a casa, pero de verdad. 

Chicas que odiaban San Valentín y decían que lo había inventado El Corte Inglés...
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