Brasil, una obra maestra de la naturaleza que sobrevive a la explotación turística

Río de Janeiro.
Río de Janeiro.

¿Quién, si va a Río, dejará de subir al Corcovado, a los pies del Cristo Redentor, y al Pao de Açucar? ¿Pisar la arena de Copacabana e Ipanema y tomar una capirinha en alguno de los chiringuitos?

Brasil, una obra maestra de la naturaleza que sobrevive a la explotación turística

¿Quién,  si va a Río, dejará de subir al  Corcovado, a los pies del Cristo Redentor, y al Pao de Açucar? ¿Pisar la arena de Copacabana e Ipanema y tomar una capirinha en alguno de los infinitos chiringuitos?

Estas inconfundibles imágenes, junto a la de Os Dois Irmaos, están tan familiarmente grabadas en nuestra retina como la Torre Eiffel, Trafalgar Square, la Estatua de la Libertad, el Coliseo de Roma, la Plaza de San Marcos, la Plaza Roja, el Taj Mahal, las Pirámides…, sólo que éstas son obra del hombre.

El tópico audiovisual no se aproxima ni remotamente a vivirlas con los cinco sentidos.

En estos casos lo único que sobra son los turistas, entre quienes, y no es paradoja, debemos contarnos o conformarnos con la omnisciente realidad virtual.

Hablemos de matices

Todo, sin embargo, tiene sus matices, evidentemente subjetivos pero con frecuencia coincidentes.

Por ejemplo, en Río de Janeiro, Copacabana constituye la asociación dominante. No vamos a negarle su atractivo, su pintoresquismo, hasta el enclave impresionante de Lemes, donde entre el pedernal y el mar allá abajo, los pescadores de caña hacen alardes en el lanzamiento del sedal, y sucesivas tribus de indígenas sobrados mandan cascar un coco para delicia de sus caes desnaturalizados por la aberrante moda de la humanización. O la garota biónica que se complace en dejarse fotografiar sobre el repecho del malecón.

Ipanema, recta y batida por las olas, es brava en todos los sentidos, aunque detrás se consume el pecado inmobiliario de los andares de lujo a cifras de muchos dígitos de dólar. Leblom culmina esta opulenta pleamar.

Manadas de visitantes

El dichoso sambódromo, lejos aún el Carnaval, se reduce a gradas vacías, disfraces y “fotos del minuto” para gozo de manadas de visitantes. Lo mismo que hacerse una instantánea delante del mítico Maracaná cuyas obras no acaban de concluir. En realidad Río es una pura obra camino de los Mundiales del 14 y las Olimpiadas del 16, para agravar, si cabe el caos del tránsito, pues la antigua capital de Brasil se cuenta estadísticamente entre las tres primeras del mundo por su locura viaria, tras Moscú y Estambul.

Pero ¿dónde empieza y dónde termina Río de Janeiro? No el municipio, sino el estricto prodigio que, un 1 de enero, los portugueses confundieron con otra especie de Tejo.

Pongamos A Lagoa, de varios kilómetros de largo y bastantes de ancho, que ofrece, además de atracciones de última hora y pista para toda clase de vehículos y peatones, la belleza espectacular de sus puestas de sol, si bien en absoluto exclusivas, porque desde diversos puntos de la ciudad o pôr-do– sol cumple exactamente el fabuloso efecto óptico por el cual el astro rey se hunde en las aguas oceánicas, deslizándose lentamente entre los picos protohistóricos.

Está asimismo Urca, a los pies del Pao de Açucar, dorado retiro en el que todavía abundan clases dominantes y militares, con casinos clausurados de rancio sabor de entreguerras y casas de estirpe colonial cuyas traseras trepan, o reciben. la eclosión vegetal.

Joyas arquitectónicas

Centro, violado barrio fundacional, en donde a través de calles angostas alternan joyas arquitectónicas como la Biblioteca Portuguesa presidida por el clásico busto de Camoes, el café Colombo, versión gigantesca de la Brasileira lisboeta, el Teatro Municipal y monstruosos rascacielos o nefandas construcciones de los 60 del pasado siglo.

Otro deslumbrante enclave es el Museo de la República, hasta 1960 Palacio Presidencial, en el que se conservan las dependencias del equívoco Getúlio Vargas, incluso el revólver de cachas nacaradas y la bala que puso fin a su vida en los 50.

Una bien estudiada habitación oscura, presidida por un graffiti artificial en rojo vivo- “abaixo a ditadura”- reconstruye sombríos pasados. Más allá de palacio, una amplia extensión, crece el feraz jardín para soolaz de los primeros mandatarios, envidiable si no fuese por el Jardim Botánico, uno de los mejores del mundo, antaño sin duda propiedad de los primeros emperadores luso-brasoiileiros  como el Pedro II  de  Petrópolis,  que mandó construir para gozar del Inverno en pleno Inferno climático.

No, nos hemos olvidado de las favelas, acaso también trepadoras para recordar que más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos. A medida que el país asciende, su número desciende, pero gran parte de sus habitantes baja para trabajar como subempleados.

Niterói

Nuestra mayor impresión la produce Niterói, otra gran ciudad, un millón de habitantes, dentro de la gran ciudad, al otro lado de la bahía entre fortalezas, como Ferrol Entrecastillos, salvas sean las dimensiones.

A Niteroi se puede pasar en barco o cruzando un puente tan largo, 14 kilómetros, que más bien parece tierra firme.

La ciudad-barrio reciente no tiene atractivo alguno: aglomerado de prédios mayoritariamente de negocios y algunas calles de viviendas entre atractivas y suntuarias.

Las playas. con distintas denominaciones, se acumulan casi sin solución de continuidad, y dominándolas, los clubs náuticos. de regatas y varias manzanas ininterrumpidas de excelentes restaurantes.

 Un poco más allá empieza lo auténtico: el poblado de pescadores, bien vivo, bien conservado, con fábricas de conservas cerradas en parte porque, dicen, contaminan. Sobre la arena pueden verse pescadores con sus redes.

Carretera adelante, que se estrecha hasta hacerse de dirección única, la superviviente costa-casta militar, todavía sujeta a restricciones, pero no cerrada al turismo. Algún control, no muy riguroso. En la punta, la Fortaleza, hoy museo, con cañones meramente históricos apuntando al mar. Enfrente, el lado menos conocido de Urca. Lamentablemente la lluvia esporádica y el nevoeiro bajan el telón que oculta el Pao de Açucar. Al final se disipa un poco y la roca reluce a contraluz con bufanda de nubes.

¿Cómo extrañarse en esta naturaleza mágica de que el genio de Niemeyer hiciese aterrizar su gran platillo volante, bajo el que nos fotografiamos con la esperanza de ser abducidos?

Dejamos las vías características de esta ciudad,  recostada en sus tradicionales reixas decorativas. Que se prestan a la confusión de las ruas.

Más allá de Río

Fuera de Río – las dimensiones del país y nuestro calendario particular no dan para más- viajamos a Paraty, sin hipérbole, un paraíso, aproximadamente a medio camino de Sao Paulo.

Pese al día en  que vamos hasta allí o quizá precisamente por ello, llueve como en Macondo, y poco menos a la mañana siguiente.

La autoestrada serpentea en medio de la floresta literal, con frecuentes muros para contenerla y hermosos puertos naturales como grandes rías de mar abierto.

La ciudad, todavía no llegó el verano, es una genuina población colonial lusa. El centro, peatonal, está pavimentado con grandes Lajes resbaladizas entre las que se forman grandes pucharcas. No importa, es preciso ir polas pedras y detenerse en cualquiera de sus magníficos restaurantes. En pleno delirio turístico los visitantes superan el medio millón cada año.

La noche la pasamos en una también literaria mansión, con infinidad de camas hamacas, banheriros. lujuriante jardín y sobrado de noble mobiliario.

Patary!

Brasil, una obra maestra de la naturaleza que sobrevive a la explotación turística
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