Cambios en la Cooperación para el Desarrollo, ¿qué cambios?

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La reforma de nuestra Cooperación para el Desarrollo sólo puede hacerse desde el nuevo paradigma de desarrollo sostenible y de lucha contra la pobreza, que plantea serios cambios estructurales de un mundo en el que España no sólo forma parte, sino que comparte sus problemas y soluciones.
Cambios en la Cooperación para el Desarrollo, ¿qué cambios?

Últimamente, se prodigan numerosas opiniones y artículos, todos ellos muy interesantes, sobre nuestra Cooperación para el Desarrollo. No deja de ser curioso ver cómo, cuando se produce un cambio político en nuestro país, salen a la palestra una serie de gurús, algunos de ellos viejos conocidos y asesores de gobiernos pasados, que presentan, en prestigiosos diarios nacionales, análisis y propuestas sobre nuestra Cooperación quejándose y solicitando siempre “cambios estructurales” profundos que incidan sobre su “arquitectura institucional y marco normativo”. Ante esto, la pregunta que surge es obvia: ¿Otro cambio más? ¿Para qué?

La pregunta no es baladí porque esos cambios que se proponen, en algunos casos, ni siquiera hablan del fin último de la Cooperación ¿Se da por sobreentendido o es que importa poco esa finalidad?

Sin embargo, para construir algo, lo que sea, primero se requiere saber para qué lo construimos. Sólo una idea clara de nuestros fines permite construir algo sólido. Por tanto, es licito pensar: ¿Tenemos claramente perfilado este sector o para qué deseamos una Política Pública de Cooperación para el Desarrollo y, por tanto, por qué necesitamos de un marco institucional y normativo?

Yo opino que no, o por lo menos eso extraigo de la lectura de los últimos artículos publicados. En ellos no encuentro claramente perfilada la finalidad de la Cooperación para el Desarrollo o se confunde con otros temas, lo cual es preocupante. Es más, cuando algunos, de los llamados expertos, logran terminar el artículo sin pronunciar las palabras pobreza, marginación, desigualdad o Derechos Humanos, la sensación es de alarma. Alarma porque hace sospechar que se está cocinando una nueva “reforma”, seguramente estructural, para hacer más de lo mismo. Si además, en esos artículos, se dejan caer, nuevamente, palabras como Política Exterior, sinergias, oportunidades, tecnología, empresas o aprovechar (antes, la palabra mágica era retorno), el cóctel se deviene en perfecto para temer que, por muchos cambios que se hagan, tendremos más de lo mismo. Sospecho seriamente que tendremos una reforma que será vieja antes de nacer porque sus voceros se mueven en el mismo marco paradigmático que las anteriores.

Todos esos artículos coinciden en lo mismo: el mundo ha cambiado una barbaridad. Pero ¿qué ha cambiado en la Cooperación según giraba ese mundo? ¿Qué ha cambiado en nosotros y en nuestro sector respecto a los años 80 cuando nuestra Cooperación para el Desarrollo, tal y como ahora la conocemos, iniciaba su andadura? Muchas cosas, la principal, es que hace tiempo que ya hemos podido delimitar, claramente, nuestro campo de actuación, que no es poco, aunque algunos “sabios” no se han enterado y siguen erre que erre confundiendo churras con merinas.

La Cooperación para el Desarrollo Sostenible tiene, según el consenso internacional del que España forma parte, el objetivo principal de poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo. No por nada, este objetivo es el primer objetivo de los Objetivos de Desarrollo Sostenible plasmados en la Agenda 2030. La pobreza y las personas pobres son el punto focal, una pobreza que no sólo es multidimensional, sino causada por múltiples factores, es decir, también es multifactorial. El combate a la pobreza es la llave para el logro de todos y cada uno de los 17 objetivos u ODS que pretenden un mundo más justo y habitable, en todo el planeta, sin que nadie se quede atrás. Este reto, el de que nadie se quede atrás, nuestro reto, es de por sí tan enorme y complejo, que nos basta y nos sobra porque, además, toca todas las estructuras de nuestra organización social, económica y política que, sin duda, deberán cambiar. Eso, sin hablar todavía de los recursos necesarios y disponibles.

Para los que no ven el cambio de paradigma, no se preocupen, siempre tendrán su Política Exterior tradicional y todos los Acuerdos de Cooperación Política, Económica y Comercial entre países (desarrollados, de renta media e, incluso, baja) y oportunidades para crear bancos o incentivos financieros y concertar programas y proyectos institucionales y empresariales, con asistencia técnica y financiera en sus múltiples facetas, aunque, ojo, lo que se pretende, a la luz de lo anterior, es que todo esto, como mínimo, no cause daño, concepto éste muy interesante.

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Taller de trabajo en una comunidad andina. / JL Muñiz

Si lo hasta ahora dicho genera incomprensión y resistencias al cambio en nuestro país y en muchos otros, hay otro punto interesante de este cambio de paradigma que pasan por alto muchos de los escribientes y contertulios. El nuevo paradigma también provoca una transformación real en la relación asimétrica de la cooperación entre países ricos y pobres.

Antes, la relación era de los países ricos, que tenemos mucho, hacia los países pobres, que tienen poco. Ahora no, exactamente, porque personas pobres y todo el resto de problemas concomitantes, que generan una sociedad desigual donde se conculcan, a diario, los Derechos Humanos, los tenemos todos y las causas estructurales de esos problemas son las mismas aquí y allá. Eso de que nuestros problemas los metemos en un cajón a parte porque somos países ricos y de ello nos encargamos nosotros, sin responder a nadie, parece que ya no funciona.

En Naciones Unidas, todos los países, España incluida, acordaron los mismos Objetivos de Desarrollo Sostenible para todos, también para nuestro país.

Este nuevo enfoque, donde todos estamos metidos en lo mismo, genera, necesariamente, efectos que deben reflejarse en nuestro marco legal e institucional de la Cooperación para el Desarrollo.

Nuestro país, en consonancia con la Alianza Mundial para el Desarrollo Sostenible, ya había creado novedosos órganos del Estado: el Alto Comisionado para la Agenda 2030, órgano unipersonal que dependía de la Presidencia del Gobierno, como encargado de la coordinación de actuaciones para el cumplimiento de la Agenda 2030 y su Agenda de Acción (de Addis Abeba) sobre la Financiación para el Desarrollo. Este Alto Comisionado, que tenía su propio Consejo de Desarrollo Sostenible, como órgano asesor, pasa ahora a ser, con el actual Gobierno, Secretaria de Estado de Agenda 2030 dependiente del Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030.

En este marco institucional, parece lógico, que nuestra Agencia de Cooperación para el Desarrollo Sostenible que va a apoyar a los países pobres (de renta baja) en el cumplimiento de esa Agenda 2030, dependa de esta Secretaría porque tienen el mismo fin y deberán usar el mismo marco conceptual y los mismos medios o parecidos. Ello generará las sinergias de ida y vuelta entre países deseadas en el marco de la Alianza Mundial para el Desarrollo Sostenible.

Obviamente, éste, según mi opinión, no es el marco más deseable, tal como ya he comentado en un artículo anterior, pero la política, al igual que el desarrollo, es el arte de lo posible y ahora toca esto. Lo ideal hubiera sido tener un Ministerio para la Agenda 2030 y Cooperación, en la línea del Ministerio de Cooperación del Reino Unido, pero parece que tal osadía es todavía demasiado grande para las mentes estrechas de nuestro país. Todo se andará.

Sólo queda pensar, como mal menor, que nuestra Agencia Española de Cooperación para el Desarrollo Sostenible pueda anclarse al ente que va a gestionar ese desarrollo sostenible en España para no andar mendigando la sempiterna coordinación y, sobre todo, para romper con el paradigma anterior, en el marco del cual seguiremos, tratando de recuperar el terreno perdido, en la más absoluta mediocridad.

Con un poco de suerte, los que se aferran al paradigma anterior, que, sin duda, tienen sus buenas razones, siempre se pueden quedar con la Secretaria de Estado de Cooperación, en el seno del Ministerio de Asuntos Exteriores y dedicarla a esa cooperación internacional, también importante, que se da entre países ricos y de renta media, al amor de acuerdos que tienen por fin la cooperación política, económica y empresarial. Ahí tendrían buena cabida instituciones como la FIIAPP o TRAGSATEC jugando en ligas más acordes a su origen, nivel y características técnicas. Esto, además, rompería, al igual que lo hizo en el Reino Unido, con los perniciosos efectos de la tradicional incomprensión que el mundo de las Relaciones Internacionales ha tenido con el mundo de la Cooperación para el Desarrollo porque si seguimos en el actual marco mental e institucional, hay muchas probabilidades de que todo siga igual.

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Planta de tratamiento de aguas negras en una comunidad indígena pasto de Ecuador. / JL Muñiz

La Cooperación Española para el Desarrollo Sostenible requiere empezar de cero, que es lo que ocurre cuando se empieza a trabajar en el marco de un nuevo paradigma: todos empezamos de cero y no tenemos necesidad de recuperar terreno alguno. Debemos construir nuestra cooperación sin prejuicios anteriores, cuestionándolo todo. Aunque tenemos la ventaja de que muchos conceptos básicos y herramientas ya están ahí para ser usadas desde esta otra línea de salida.

El más elemental es el irrestricto cumplimiento de los Derechos Humanos, criterio ya muy conocido, eje vertebrador de la propia Agenda 2030, que se configuraría, esta última, como base de nuestro programa de acción. Los Derechos Humanos son una construcción loable de la Humanidad que ha tenido importantes avances consensuados por la Comunidad Internacional, sobre todo, en la segunda mitad del siglo pasado en el que se han elaborado y suscrito Pactos y Convenciones sobre Derechos Humanos de primera, segunda y tercera generación ratificados por un mínimo de 150 países, España entre ellos. Esto hace que toda acción de cooperación por nuestra parte tenga un irrenunciable enfoque basado en Derechos Humanos que debe ser real y no formal, como hasta ahora se ha venido haciendo.

Otro tema importante es definir un poco mejor el rol que en la actualidad tienen nuestros cooperantes, mayoritariamente, simples burócratas públicos (de la Agencia Española de Cooperación - AECID) o privados (de las Organizaciones No Gubernamentales – ONGD) que, en muchos casos, sólo se dedican a supervisar la gestión de las acciones de desarrollo, sin dar ningún valor añadido. Es obvio que, en general, el papel de los cooperantes se ha visto afectado por el mayor y deseable protagonismo de los actores locales en los países donde trabajamos. Este fenómeno progresivo tuvo su punto de inflexión con la  Declaración de París sobre la Eficacia de la Ayuda al Desarrollo, en 2005, pero de ahí a vaciarles prácticamente de contenido y transformarles en fiscalizadores encubiertos para poder formular propuestas de proyectos y garantizar que se cumple con los compromisos de los financiadores, media mucho trecho y genera la enorme duda de si, realmente, estamos haciendo bien nuestro trabajo de fortalecimiento de los actores locales.

En este ámbito también se debe romper con estereotipos y paradigmas del pasado y tener claro que un cooperante es un gestor de cambio, que facilita, no dirige, procesos de cambio conducidos por otros. Esos procesos de cambio son las propias intervenciones de desarrollo (los proyectos y programas de cooperación). Es lamentable ver cómo, a pesar de los costosos programas de máster de cooperación para el desarrollo que instituciones académicas españolas imparten, siguen llegando a estos países cooperantes jóvenes con formación que no saben cómo manejar sus respectivos proyectos y cómo incardinarse en los equipos formados por personas locales que gestionan la intervención. No es su culpa, su visualización del papel que creen deben desempeñar es incorrecta y su formación también: no les queda otra que aprender sobre la marcha. Afortunadamente, muchos lo logran.

Si los cooperantes, sean españoles o locales, son gestores de cambio, los proyectos de cooperación son proyectos de cambio, con todo lo que ello significa en relación con su marco conceptual, metodología y herramientas, y aquí se produce una nueva transgresión al modelo hasta ahora imperante: el famoso modelo de marco lógico utilizado por la mayoría de las Agencias de Cooperación españolas (central y descentralizadas). Este modelo tiene ya 50 años, apenas ha sido sustituido por el enfoque de Gestión orientada a Resultados de Desarrollo (GoRD), preconizado a principios de este siglo por la OCDE y el Banco Mundial, y sigue siendo, salvo excepciones, la base de la formación de nuestros cooperantes impartida en másteres y universidades españolas.

Debemos anclar el ciclo de programas y proyectos, desde la identificación, diseño, formulación, seguimiento y evaluación - gestión del conocimiento sobre las bases de un enfoque de gestión del cambio, que va más allá de la Gestión orientada a Resultados de Desarrollo. De esta forma, no sólo integramos en el proceso a todos los actores protagonistas de su propio desarrollo, en los países más desfavorecidos, sino, también, al cooperante (o gestor de cambio) cuyo papel y existencia ahora mismo no parece que se sepa manejar muy bien.

El papel de la gestión del conocimiento es también clave para nuestra nueva agencia y para las propias ONGD. Incardinado en los distintos procesos del ciclo del proyecto, es imprescindible para mejorar nuestros propios recursos humanos y la calidad del servicio final que prestamos. Nuestra gestión institucional por procesos con sus objetivos y metas de logro, sin duda, mejorarán nuestro desempeño. Otras agencias ya lo hacen (LuxDev) y tienen su propio manual de calidad, con procedimientos transparentes y adecuados, muy lejos del maremágnum que encorseta a nuestra cooperación.

No podemos seguir pensando desde la Cooperación para el Desarrollo que la gestión del conocimiento es sólo montar redes de conocimiento para terceros. Nosotros necesitamos gestionar nuestro propio conocimiento y no reducirlo a folletos y páginas WEB con una bonita reseña de buenas prácticas y experiencias adquiridas. Esto requiere de planificación, evaluación y formación continua de nuestros propios Recursos Humanos.

Como se ve, los retos son grandes pero la oportunidad que ahora nos surge para afrontarlos también. Esperemos que se junte el hambre con las ganas de comer. @mundiario

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