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Cambio climático: renace la esperanza

Las protestas de la juventud europea por el Cambio climático comenzadas por Greta Thunberg, una estudiante sueca, merecen la mayor atención. Todavía estamos a tiempo de controlar los daños.

Cambio climático: renace la esperanza
Una imagen del cambio climático. / Mundiario
Una imagen del cambio climático. / Mundiario

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Manuel de la Iglesia - Caruncho

Manuel de la Iglesia - Caruncho

El autor, MANUEL DE LA IGLESIA - CARUNCHO, escribe en MUNDIARIO. Es doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid, se especializó en Economía Internacional y Desarrollo. Trabajó para la cooperación española en distintos puestos en la Agencia Española de Cooperación Internacional en Madrid y durante casi quince años en Nicaragua, Honduras, Cuba y Uruguay. También pasó un año en Inglaterra como Visiting Fellow, en el Instituto de Estudios de Desarrollo de la Universidad de Sussex. Como ensayista, ha publicado numerosos artículos y obras como El impacto económico y social de la cooperación al desarrollo y The Politics and Policy of Aid in Spain. Como narrador, ha publicado el libro de relatos Atractores Extraños y las novelas Los dioses de la sombra juegan pelota y A pocas leguas del Cabo Trafalgar. @mundiario

La huelga a clase de todos los viernes de Greta Thunberg ha terminado por congregar a muchos miles de manifestantes, en su mayoría estudiantes de secundaria, en Bruselas y en otras ciudades europeas. Se juegan nada menos que el planeta que les dejaremos en herencia, éste que hoy comparten con nosotros/as, sus mayores, y en el que mañana convivirán con sus retoños, nuestros descendientes. Para seguir con sus demandas, los jóvenes han convocado una huelga internacional este viernes 15 de marzo.

La situación climática es crítica, aunque todavía manejable. Quedan unos diez años más antes de que se nos escape de las manos. De acuerdo a los 195 miembros del Grupo Internacional de Expertos en Cambio climático (IPCC) que asesoran a Naciones Unidas, la actividad humana, a través de la emisión de gases de “efecto invernadero” -como el dióxido de carbono (C02) o el metano- produce el calentamiento del clima debido a que estos gases forman una capa que impide que parte del calor recibido por la radiación del sol en la Tierra se devuelva a la atmósfera -de ahí el nombre de “efecto invernadero”-. Los científicos alertan: si las temperaturas aumentan por encima de los 2 grados respecto a las registradas en épocas previas a la revolución industrial, los efectos serán devastadores para la humanidad. De hecho, la temperatura ya ha aumentado 1 grado y los efectos han comenzado a manifestarse: inundaciones y sequías más frecuentes, olas de calor, incendios forestales difíciles de controlar, deshielo en los casquetes polares, subidas del nivel del mar (que provocarán desplazamientos masivos de la población), destrucción de corales, huracanes de gran fuerza...

Todo ha sido muy rápido y hasta cierto punto nos ha pillado por sorpresa. Hace escasas décadas, los científicos que predecían problemas medio ambientales, como los autores de Los límites del crecimiento, un informe elaborado en 1972 por el Massachusetts Institute of Technology, el célebre MIT, eran muy pocos. Y, ¿qué decir de los ecologistas? La mayoría de la población los asociaba con seres alarmistas, extremistas y opuestos al desarrollo. Pero el paso del tiempo les ha dado la razón y ha puesto las cosas en su sitio: en un planeta con recursos limitados, el crecimiento exponencial que registraban la producción, el consumo y los desperdicios, era insostenible. Ahora no hay excusas para dejar de actuar: conocemos los problemas y, en buena parte, las soluciones que se requieren para atajarlos.

Una responsabilidad especial recae sobre los países desarrollados y su modo de vida insostenible, y también sobre China y los países productores de petróleo. Las emisiones per cápita de CO2 acusan: Estados Unidos emite 16 toneladas per cápita de dióxido de carbono al año -datos de 2017-, más del doble que China (7,7) -el mayor emisor mundial en términos absolutos- y el triple que los países europeos: España (6,1), Suecia (5,1), Reino Unido (5,7), Francia (5,2), Italia (6,1), Portugal (5,5), y que los países de mayor desarrollo de Latinoamérica: Argentina (4,7), Chile (5), Venezuela (4,6). En la cima de la escala están los países petroleros: Qatar (37 toneladas per cápita), Arabia Saudí (19,4), Kuwait (23,5), Emiratos árabes (21,5)… No es extraño que sean éstos los que, junto a EEUU, más se oponen, en general, a los acuerdos sobre el Cambio climático. Rusia (con 12,2 toneladas per cápita), Corea del Sur (13) y Japón (10,3), son otros tres grandes emisores.

En el otro extremo, países como Perú (1,7 toneladas per cápita), Uruguay (2), Cuba (2,7), Nicaragua (1), Marruecos (1,7), Mozambique (0,3) o Nigeria (0,5), emiten entre diez y veinte veces menos toneladas per cápita de estos gases que EEUU -y entre un tercio y un sexto menos que los países europeos-, lo que recuerda que, respecto al Cambio climático, tenemos responsabilidades comunes pero diferenciadas. Si es injusto que nuestra juventud herede un planeta tan maltratado, también lo es la herencia que dejaremos a poblaciones de países que apenas han tenido responsabilidad en la situación creada, pero que pagarán las consecuencias, incluso en mayor medida que otros, por sus dificultades de adaptación al Cambio climático.

La gravedad de la situación es tal que nos obliga a todos, personas e instituciones, a actuar. Aquí no valen ideologías. Tanto las personas progresistas como las conservadoras deberían anhelar un mundo mejor para sus descendientes. O, al menos, dejar como herencia un planeta en similares condiciones al que hemos recibido. Para esta empresa se requiere una acción colectiva de organismos internacionales, gobiernos nacionales, autonómicos y locales, empresas, sociedad civil, universidades… y también el concurso de la ciudadanía. Los recortes de emisiones presentados por los distintos países una vez firmado el “Acuerdo de París” -el que Trump ha anunciado que abandonará- todavía no son suficientes: pueden llevar a temperaturas superiores a los 3 grados sobre el período base, en lugar de quedarse por debajo de los 1,5 grados aconsejados por los científicos. Así que, se necesitan reducciones mayores de las emisiones planeadas, y esto es lo que está pidiendo la juventud europea movilizada.

Recordemos aquella frase tan impactante de John F. Kennedy: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por él”. El Cambio climático nos interpela: se necesita a la vez que los países hagan y las personas también. El cambio colectivo y el individual, un cambio en nuestras conciencias y nuestros comportamientos como única manera de resolver la encrucijada en la que nos encontramos.

Los poderes públicos tienen una gran tarea pendiente, pero la llevarán a cabo de forma limitada si no sienten la presión de la ciudadanía, como ahora, con las demandas de estos jóvenes. Es la única forma de que cumplan con los grandes asuntos que les competen, como desincentivar la producción y el uso de los combustibles fósiles, y de que acierten en otras decisiones, como dotarnos de normativas adecuadas -nuestra “Ley de Cambio climático y transición energética”, que potenciaba las energías renovables y la eficiencia energética, se nos ha quedado de momento en el tintero-. Todos conocemos la resistencia a las medidas necesarias que proviene de las grandes compañías petroleras, como Exxon Mobile -la que financia las campañas de Trump-, British Petróleum o Gazprom, y también de las grandes compañías de automóviles, pero sólo la combinación de presión ciudadana y gobiernos responsables podrá conjurarla.

Además de presionar a los poderes públicos y a las empresas para que hagan su parte, mucho está en manos de cada familia y de cada persona. Lo ideal es que cada cual haga su propia lista de acciones, con la conciencia de que forma parte de una comunidad y con el convencimiento de que se necesita una actuación rotunda para dejar en herencia a las nuevas generaciones los dones que hemos recibido de la naturaleza. Todos/as podemos reciclar mejor, aumentar la dieta de verduras y frutas de cercanía, disminuir el consumo de carne -con lo que mejoramos nuestra salud, reduciremos las emisiones de metano y evitaremos el sufrimiento del ganado encerrado para su engorde-; todos/as podemos controlar más la temperatura de la calefacción, el agua caliente y el aire acondicionado -y sustituir éste en lo posible por el ventilador- y mejorar los aislamientos térmicos. ¿Cuántas veces nos tenemos que poner jerséis y chaquetas en el cine en pleno verano por culpa del aire acondicionado?; o, al contrario, nos quedamos en mangas de camisa en invierno por la calefacción endiablada. Muchos/as podemos reducir los vuelos y viajar más en tren y en autobús, y también reducir el uso del automóvil -o sustituirlo por uno eléctrico-; y todos/as podemos utilizar bolsas de tela o papel y botellas de aluminio y desterrar para siempre bolsas, botellas, platos, cubiertos y pajitas de plástico; o, sin agotar la lista, utilizar bombillas de bajo consumo y hacer un uso responsable de los electrodomésticos. ¿Cuántas veces la suciedad de la ropa requiere un programa de agua caliente en la lavadora? No nos costará emprender este camino si pensamos en nuestros jóvenes y en el respeto que nos debe merecer el planeta que nos acoge.

Siempre hay irredentos y egoístas a quienes no importan los efectos de sus acciones. Para disuadir los comportamientos insolidarios de empresas y particulares, nada mejor que un buen sistema de multas -o de puntos, como en las carreteras-.

Escuchemos el grito lleno de conciencia de Greta Thunberg: “La gente nos dice que tiene la esperanza de que la juventud va a salvar el mundo; pero no hay tiempo para esperar a que crezcamos”. Tiene toda la razón. No podemos mirar para otro lado ni creer en que otros solucionarán el problema más adelante. Nos toca a nosotros/as, aquí y ahora. Es nuestra responsabilidad. Y todavía estamos a tiempo.

(Nota final para quienes quieran elaborar su propia lista y actuar. La página web de Naciones Unidas ofrece una “Guía de los vagos para salvar el mundo”. No es un título afortunado, pero el contenido merece la pena. @mundiario