Buscando en la escritura automática razones para convivir con Sasha Grey

Danielle Tunstall.
Danielle Tunstall.

Es la reunión de animales traspasados por la luz. En los comedores, las vendedoras de enjambres y peyote caen rendidas y las arenas sepultan sus párpados incandescentes.

Buscando en la escritura automática razones para convivir con Sasha Grey

Es la reunión de animales traspasados por laluz. En los comedores, las vendedoras de enjambres y peyote caen rendidas y las arenas sepultan sus párpados incandescentes.

 

El mascarón. Mirad el mascarón cómo viene del África a New York. Giro la cabeza y descubro al hombre de pelo blanco que carga con sus intestinos en una bolsa de plástico donde se anuncia una clínica de cirugía estética. Detrás de los movimientos de cada sonámbulo hay una liturgia. En los coches, violadores de tumbas escriben canciones inspiradas en algunos versos de Allen Ginsberg. Sasha Grey desfila sobre las brasas, sobre los restos de contenedores incendiados, molicie de los maniquíes que los niños tripudos rociaron con gasolina.

Tengo miedo a los obreros negrófagos y de que las jóvenes, con sus esplendentes sujetadores deportivos, recojan los excrementos de perros suicidas. Su misión es otra. Deben cabalgar hacia las fronteras donde se asesinan millones de patos con el fin de que sus ojos enfebrecidos, dilatados por tanto ejercicio, disfruten de los escnearios sangrientos. Sasha Grey toma el té con el sombrerero loco bajo la cocina de arena. Es la reunión de los animales muertos traspasados por la luz. En los comedores, las vendedoras de enjambres y peyote caen rendidas y las arenas sepultan sus párpados incandescentes.

No duerme nadie por el mundo. Nadie. Nadie. Los mamíferos destetados cojean hasta los puertos donde incendian enormes pelícanos centenarios que se arrojan al mar de las langostas. El señor con una camisa de tulipanes estampados come con las manos fémures de hiena en una tasca cerca de casa. En los templos ya no hay muchachas que recen para que el amante de los armarios olvide el cuento de los osos vagos. Sus dedos rozan ahora las entrepiernas varadas en los prostíbulos ambulantes. Desquiciados empresarios juegan con sus móviles antes de ser atropellados por camiones cargados de algas. La aurora de Nueva York gime por las escaleras. La luz es sepultada por cadenas y ruidos en impúdico reto de ciencia sin raíces.

Los bebés mastican vinilo tras los escaparates. Una muñeca hinchable se ahorca bajo la sombra del tiranosaurio y las señoritas de Aviñón caminan tras el hedor del clamoroso árbol como los sapos recién aplastados por la mano que mece la cuna. Ojos despiertos. El conejo mira el reloj. Las importadas vísceras tienen vida propia. Regresan a las bolsas de plástico. Los sonámbulos escupen a la cara de Sasha. En el aparcamiento, las niñeras caminan sobre el vidrio de los vasos mientras leen sus breviarios de muerte. Aspiran la ceniza y el polvo lunar que desprenden las hogueras vandálicas.

Nunca he conocido a la gorda que va delante de la muchedumbre y que deja cráneos de paloma por las esquinas. Que alguien me regrese. Lorca se baña en la danza curva del agua en la orilla. Sasha me despide con su mano quieta, colmena de moscas y filósofos desaparecidos. No existo en lo que queda de esta pesadilla. Me borraron los escribas antes de la tormenta definitiva.

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