En busca de lo definitivo: El viaje como descubrimiento interior

San Pedro de Ernes -Negueira de Muñiz, Lugo-, uno de los paisajes que se describe en la obra Donde el silencio, de Luisgé Martín.
San Pedro de Ernes (Negueira de Muñiz, Lugo), uno de los paisajes que se describe en la obra Donde el silencio, de Luisgé Martín.

En el tránsito de nuestras vidas, el deseo contenido de fuga, de huida, se nos presenta como insurgente propuesta de introspectiva transformación. Así introduce Ibáñez sus apuntes.

En busca de lo definitivo: El viaje como descubrimiento interior

Regreso del viaje. Luisgé Martín me propuso con su obra Donde el silencio, abundar en la búsqueda de aquella niña del Amazonas y la alegría que desprendía, “ese sentimiento de curso raro que, cuando se da, nos protege de los males del mundo”. La lectura me revela la existencia de seres humanos que también buscan su lugar en su propio mundo, no en el mundo que marcha a la deriva. Historias forjadas con nombres y apellidos y en confrontación directa con la imagen idílica y bucólica del paraíso, “La tierra es suciedad, esfuerzo, paciencia y alquimia”. No aparecen en los mapas de carretera. Hay que aventar el alma para encontrar “Lugares perdidos a los que huir cuando todo se vuelve demasiado atronador (...) Acallar ese ruido, volver al silencio. Dejar de mirar cada día la hoguera de las vanidades y de cortar la leña que la mantiene viva”. Tras el reparador viaje literario me resigno. Mansamente dejo este planisferio de vivencias y reflexiones en el anaquel de la librería. Dirijo la mirada a la ventana y contemplo la serenidad del celeste cielo. Sigo sin encontrar mi paisaje y el otoño, con sus primerizos colores de ceniza dorada, aposenta su perfil en el alféizar.

 

Julia Uceda posee la conciencia de quién es sabedora de su propio ejercicio creativo y, por tanto, de indagación, “Somos desconocidos hasta para nosotros mismos”. La atmósfera de lo iniciático envuelve la acuciante necesidad de sumirnos en el fondo abisal de nuestro propio yo. La poeta sevillana, afincada actualmente en Galicia, no rehuye la apreciación de su obra, “no soy orgullosa ni inmodesta, pero creo tener un concepto equilibrado de la dignidad de lo que escribo”. Aunque viajemos a lo desconocido, donde las coordenadas y latitudes son inéditas, mantener el rumbo –el trazado como raya en el agua- nos invoca, cuanto menos, a atender a la ciega esperanza, la que nos permitirá atravesar Zona desconocida, como así lo llama en su obra, del mismo título, la poetisa de En el viento, hacia el mar.

 

El traductor de la obra y amigo de Antonio Tabucchi, Carlos Gumpert, apenas transcurridos dos meses de la desaparición del autor italiano, recogía el sentir de su admiración vivencial y literaria: “Encarnando la lección de desasosiego de su maestro Pessoa, puede decirse que no tuvo tierra firme bajo sus pies (...) Y así era Tabucchi también arrollado a veces por el tenebroso que acompaña a todo gran creador, pero inasequible al desaliento en su perenne atracción por la existencia, que siempre le pareció un acertijo, un enigma, un puzle desordenado que había que recomponer con los instrumentos de la literatura, pobres e insuficientes tal vez, pero capaces como pocos de penetrar en el revés de las cosas”. Enhebrar el hilo en el ojo ciego de la aguja, traspasar el umbral de lo recóndito, es, como señala Manuel Rivas, “Un viaje hacia el otro lado del espejo, hacia el reverso enigmático”. El señalamiento del viaje es la celebración de lo impreciso, sólo eso. Enrolarse en su travesía requiere la zozobra interior que aliente ese designio de promisión. Incluso si se halla, a conciencia, en el camino de la liberación absoluta. “Sé quien soy: una Bailarina del alma”. Recito, en voz asentida y queda, a Marina Tsvietáieva y no puedo evitar enfatizar su canto de cisne, tras volar sobre el horror.

 

En la transparencia de lo definitivo, en donde no caben dudas, quizás sea donde se halle el sentido de lo que Luisgé Martín define como “Lo esencial es más íntimo”. Porque en ese silencio – la intimidad en la que nos hablamos- que cada cual sostiene o rompe, nos sirve para, en todo caso, desatar las ligaduras y emprender la huida. Aunque hay equipajes que siempre nos acompañen. El autor madrileño nos lo refiere no como advertencia, más bien como inquietante exhortación, “La miseria, como la mayoría de los estados humanos, es de tornasol: se iluminan dependiendo de la luz”.

 

 

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