Lo bueno, lo malo, lo feo

'Storia de la brutezza' de Umberto Eco.
'Storia de la brutezza' de Umberto Eco.
Hay una forma de discriminación difícil de evitar y denunciar.
Lo bueno, lo malo, lo feo

La atracción por la belleza es inconsciente y tiene poder sobre nosotros. Aunque nuestra razón y nuestros principios nos digan, como Platón, que la virtud está en el interior y no en lo físico, en cuanto vemos una cara o un cuerpo atractivo estamos mejor predispuestos a aceptarlo, admirarlo y acercarnos a él.

El amor a primera vista se da cuando se cruzan las miradas y se produce esa complicidad producto de un imán visual. Lo de bucear en el interior viene después y puede llevarnos a una desilusión, pero es raro que se produzca ese milagro con alguien poco atractivo o que no entre dentro de nuestros códigos de seducción.

Hay mil argumentos para refutar lo que estoy diciendo, y los acepto, pero la realidad es que cuando vemos por la calle a una mamá llevando en su cochecito a un bebé muy lindo, nos sale espontáneamente acercarnos, mirarlo, hablarle o hacerle algún gesto que lo divierta. El niño responde inmediatamente a esas manifestaciones, se ríe y se genera un feedback que lo fortalece y le da seguridad.

La belleza despierta algo parecido al amor y esa energía va alimentando al niño como un shock vitamínico que le da confianza, seguridad y le hace retribuirlo a los demás.

Los niños que nos son tan agraciados reciben menos halagos y gestos de simpatía. No hay retorno de manifestaciones de amor y, en general, son más tímidos y retraídos.

El extremo de esa suerte fue la de Jean-Baptiste Grenouille (en francés grenouille es rana)  el protagonista de “El perfume”, la exitosa novela de Patrick Süskind, que no sólo fue rechazado por su madre al extremo de querer dejarlo morir, sino que era tremendamente feo y le faltaba ese olor característico de los bebés que los hace irresistibles. Tal vez sucio porque nadie se ocupaba de él. Hasta su nodriza lo veía raro y lo entregó a un asilo de huérfanos. Si alguien le hubiera demostrado afecto, no habría acumulado tanto odio en su vida. Su sobrenatural sentido del olfato lo llevó a extraer aromas de flores, objetos, animales y personas para transformarlos en irresistibles perfumes. Asesino serial de jóvenes vírgenes para obtener sus esencias, fue condenado a muerte. La fragancia que usaba en el momento de la ejecución atrajo tanto al público que se ganó el indulto. Tarde para seducir, ya aborrecía a todo el mundo.

El concepto de belleza ha ido cambiando con los siglos, pero no importa cual sea, lo que prima es el poder de lo que se considera atractivo. Enamoraba igual la mujer con curvas abultadas del renacimiento que las modelos anoréxicas que desfilan para Saint Laurent o Gucci.

Hasta los animales tienen ese poder de enamorarnos por su belleza y de ser rechazados por su fealdad. Las pobres comadrejas no tienen un solo amigo humano, y eso que nos libran de las ratas mejor que los gatos. Ni hablar de las cucarachas que son unos bichos inmundos. Nunca escuché a nadie que dijera: no la mates, pobrecita. Hasta las arañas gozan de esa compasión. En cambio las mariposas nos hipnotizan con sus colores y las protegemos, no queremos tocarle las alas para que puedan seguir volando. O las abejas, a las que tememos  y nos molestan con su zumbido, pero no solo tienen una buena misión en la naturaleza sino que son simpáticas con ese traje rayado y sus alas transparentes.

Cuando salgo a pasear con mi perro shitzu que es especialmente lindo, no menos de tres o cuatro personas se detienen para preguntarme de qué raza es, y cómo se llama. Él ya sabe que gusta, y responde con una parada en dos patas o una tirada en el piso para que le hagan caricias.

Todos los perros son queribles, pero al callejero le resulta más difícil ganarse los mimos. Es injusto, pero es una realidad. Por suerte muchas veces despiertan compasión. Ayer en un bar encontré a una perrita feúcha a la que le faltaba una pata, sentada a los pies de su flamante dueño que la había adoptado así y disfrutaban juntos al sol.

Los niños y niñas más lindos son los elegidos por sus compañeros, son populares y todos quieren ser sus amigos. Eso puede darles seguridad pero también hacerlos engreídos y antipáticos, con sus posteriores consecuencias. En la infancia los sentimientos están muy crudos y no hay filtros, por eso nos sorprende que sean malos y hagan bullying  con tanta facilidad.

Los chicos no suelen discriminar por raza o religión, eso viene con el tiempo, pero sí por estética, falta de picardía o ingenio para jugar o divertirse. Tienen sus códigos, se juntan entre los que se consideran más listos o atractivos.

Fui protagonista de esa experiencia en mi escuela primaria. Teníamos entre nueve y diez años cuando formamos un grupo muy selecto, al que llamamos “Club esqueletos”. Autores de un vocabulario especial, no admitíamos el ingreso de quienes no cumplieran ciertas condiciones: ser flaco, no tener miedo, tener ingenio para las historias de terror, y ser muy appeto. Esa palabra inventada por nosotros es de difícil traducción. Se refiere a una persona que es ingeniosa, divertida, con sentido del humor y picardía. Los tontos, los feos y los gordos quedaban afuera.

A un hijo le diría que ser feo o gordo no hace a una persona menos appeta, y que incluso no ser el más ingenioso es motivo para descartar a un amigo, porque seguro tiene otras virtudes.  Y mil cosas más que es necesario enseñarle a un chico cuando queremos que sea una persona de bien.

Pero la realidad es que la estética es un poderoso mecanismo de diferenciación social. Y los medios de comunicación y la publicidad transmiten parámetros que se consumen con mucha facilidad.

El concepto de belleza ha ido cambiando con los siglos, pero no importa cual sea, lo que prima es el poder de lo que se considera atractivo. Enamoraba igual la mujer con curvas abultadas del renacimiento que las modelos anoréxicas que desfilan para Saint Laurent o Gucci.

Parece que en la tribu Bodi (Etiopía) los hombres más deseados y atractivos son los que tienen la panza más grande. Muchos rechazados en occidente están sacando pasaje para Adís Abeba.

Disney quiso terminar con esa discriminación y nos regaló, entre otras “La Bella y la Bestia” y “Shreck”. Pero  se quedó en la intención porque debemos aceptar que a la Bella le causaba repulsión su secuestrador, pasaron muchas cosas antes de que surgiera la magia del amor, que jamás se habría dado si ella no hubiese estado cautiva. Y confirma mi tesis el hecho de que, como siempre, él termina convirtiéndose en un apuesto príncipe. Indispensable para un final feliz.

Shreck también era rechazado, por eso prefería vivir solo en el pantano como un ogro gruñón. Se sentía juzgado por su apariencia. Y lo de Fiona no fue amor a primera vista, ella sufría el hechizo de convertirse en ogresa por las noches y esperaba el beso de un príncipe que la redimiera. El verdadero amor vino de Shrek, se igualaron y amaron.

Las parejas desparejas no se dan en Disney.

A veces sí en la realidad, como el caso de Serge Gainsbourg y Jean Birkin. Ella, la más linda de los años setenta, él el más feo. Ser ídolo de la música pop francesa, controvertido, con sentido del humor, provocador y excéntrico, la sedujo. A ella y a muchas de mi generación. Su hija Charlotte es la resultante de lo bueno, lo malo y lo feo de ambos. Magnífica.

En una Grecia que rendía culto a la belleza física, con un ideal de cuerpo atleta como Apolo o la erótica Afrodita, resalta la fealdad de Sócrates: bajo, casi obeso, con ojos saltones y nariz chata. Tenía aspecto de una persona desviada  y poco virtuosa. Una anécdota conocida dice que cuando se lo hicieron ver, respondió que tenía intrínsecamente todos los vicios pero que con la razón los había dominado.

En una entrevista laboral, la primera impresión es la que cuenta. El aspecto personal, la forma de vestirse, el peinado, hablan de una persona. O eso creemos. Nos podemos llevar sorpresas. Pero levanta puntos el que tiene un perfil acorde al puesto requerido.

En una entrevista laboral, la primera impresión es la que cuenta. El aspecto personal, la forma de vestirse, el peinado, hablan de una persona. O eso creemos. Nos podemos llevar sorpresas. Pero levanta puntos el que tiene un perfil acorde al puesto requerido.

Michael Jackson se discriminó a sí mismo a tal punto que logró transformarse en otro: extremadamente delgado, la piel blanqueada con monobenzona, pómulos implantados, la nariz estrechada hasta ser un cartílago y una expresión en su mirada que  nada tenía que ver con la de los lindos ojos negros de su infancia. En sus últimos años, me daba  rechazo verlo.

Umberto Eco dice en “Historia de la fealdad” que un objeto bello tiene que seguir ciertas reglas, en cambio la fealdad es impredecible. La belleza es finita, la fealdad es infinita, como Dios.

 “Ugly models”, la agencia de modelos feos londinense, tiende más a la originalidad.  Hay barrigones, con barbillas prominentes, orejas de soplillo, gordos, altos y bajos. Pero en esa originalidad hay un encanto que atrae. Se puede ver en su página a chicas no perfectas de acuerdo a nuestros cánones, pero no por eso dejan de ser sexys.

Como Winnie Harlow que es una diosa que sufre de vitíligo y lo muestra casi con orgullo. Fácil hacerlo con esa cara y ese cuerpo.

A principios de 2000 tuvo gran éxito la telenovela “Betty la fea”. Su intención era mostrar que no sólo las bellas enamoran. Pero Betty no era nada fea, sólo usaba unos anteojos que no la favorecían y era un poco acomplejada. Sin embargo, con apenas un retoque, se podía transformar en la princesa de los cuentos, sin que viniera ningún enamorado a darle el beso mágico. 

A pesar de la propagación de las tendencias feístas tanto en galerías de arte de Londres como en Nueva York donde hay exposiciones con niños o niñas abrazando a muñecas feas,  no hay forma de combatir la tendencia innata a sentirnos atraídos por la belleza. El espectáculo de un amanecer, de la luna reflejada en el mar, de caminos arbolados que nos hacen soñar, nos dan energía y felicidad. Un cuartucho sucio, lleno de ratas donde no se ve el sol, nos deprime.

“El hábito no hace al monje”, pero para conocer al monje en profundidad hay que desnudarlo. Una persona es un todo: su aspecto físico, su ropa, su estilo para vestirse, sus aficiones, sus gustos gastronómicos o culturales.

¿Quién se toma el tiempo hoy para sacarle el hábito al monje? @mundiario

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