Boobs Nation: ¿Por qué consumo porno? ¿Por qué consumes porno, querido Wolfram?

Puma Swede/ www.aftonbladet.se
Puma Swede/ www.aftonbladet.se

Por qué consumes porno. Porque es posible probar toda clase de yogures mientras Puma se coloca su falo de plástico y mientras mira la espalda tatuada de Nikki.

Boobs Nation: ¿Por qué consumo porno? ¿Por qué consumes porno, querido Wolfram?

 A José Luis Gómez y a Judith

Por qué veo porno. Porque nadie me ve. Porque me gusta pensar que nadie me ve. Porque no implica ninguna hazaña. Porque no me impide tomar el té de las cinco, o el de las seis, o el de las siete. Porque puedo leer plácidamente mientras escucho los gemidos ahogados de Puma y Nikki. Porque me permite comprobar los límites de mis erecciones, mi capacidad de resistir el dolor de un miembro que llega a entumecerse después de retener dióxido en sus venas varicosas una hora tras otra.

Por qué ves porno, Wolfram. Porque soy consciente de mi soledad, de mi forzada independencia del mundo físico que existe más allá de estas paredes, más allá de esta calle empinada donde es imposible aparcar cerca de casa un lunes por la tarde, donde a veces la luz intensa de media tarde absorbe los perfiles de unos árboles raquíticos. Por qué ves porno, Wolfram. Porque es previsible. Porque es parecido a contemplar pinturas rupestres, un extrañamiento y, por tanto, sobrecogedor y hermoso. Ver porno no es operar a corazón abierto, ni componer una sinfonía, aunque no deja de ser un ejercicio tan meticuloso y solitario como puede ser la escritura.

Durante la infancia tuve maestras que dedicaron importantes esfuerzos a que yo aprendiese a escribir correctamente. Dislexia. Una maldita dislexia me obligó a repetir incansablemente secuencias de palabras y sílabas colocadas en un orden arbitrario que no significaban nada por mucho que intentara unirlas de dos en dos, de tres en tres. Mi infancia se llama dislexia. A veces hay muchachos que me corrigen cuando escribo o deletreo en alguna clase que imparto en la Facultad. Impaciencia, vítreo o ímprobo son palabras cuya anatomía soy incapaz de dominar con la misma certeza que diagnostico algunos síndromes de algunos pacientes que, desesperados, hundidos en su propio vertedero de fármacos inútiles, vienen a mí buscando una luz.

Por qué veo porno. Porque es posible probar toda clase de yogures mientras Puma se coloca su falo de plástico y, mirando, con ojos vidriosos, a la espalda tatuada de Nikki, escupe sobre la punta de látex, una punta oblonga y brillante que resplandece una y otra vez según entra y sale por los orificios de su amiga valkiria. Los pechos de silicona de Nikki, la saliva de Puma, la vulva rasurada de otra sombra que entra a escena, mi infancia de sílabas, la dislexia, los tobillos de Sheila Miller, un documental sobre los efectos del napalm, las veinteañeras de la Facultad que exhiben sus pechos con toda clase de lencería creativa debajo de sus camisas de blanca franela, la dislexia nuevamente, el suicidio de un esposo, Obama leyendo el New York Times mientras deposita su cena integral en las aguas del Potomac, los árboles raquíticos absorbidos por la luz de un crepúsculo marciano.

Cada uno de esos acontecimientos es el porno. Están desnudos, no son invisibles, tienen la nostalgia de las cosas y los rostros que envejecen rápidamente, ese diálogo silencioso entre el enfermo y su espejo. Yo soy también el porno y la dislexia, y las heces que flotan en el Potomac hacia un océano con islotes de bolsas de plástico. 

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