La bazofia televisiva, la más importante rama de la bazofia sociocultural

El cantante Raphael participa en el spot navideño de la televisión pública
El cantante Raphael participa en el spot navideño de la televisión pública.

Frente a la TV del franquismo, la grandeza de casi 40 años de democracia adquiere un valor sublime en el extraordinario enriquecimiento espiritual de espacios como Corazón, corazón, Gran Hermano o Sálvame.

La bazofia televisiva, la más importante rama de la bazofia sociocultural

A mí, a quien la música militar nunca me supo levantar, me la refanfinfla el discurso de lo políticamente correcto, pues, no debiendo nada a bandería ni facción alguna, se me da un ardite arrostrar las consecuencias de mis opiniones, por muy heterodoxas que puedan estimarse. Por idéntico conducto, entiendo que, muchas veces contra sus propias inclinaciones y pareceres, políticos e instituciones tienen que apechugar, de cara, al menos, a la galería, con una ortodoxia rigurosa, fruto de circunstancias y grupos de opinión coyunturalmente aupados en el establishment. Enviar, por ejemplo, a la picota de la vergüenza pública a un docente universitario que reputa la homosexualidad una patología mientras se homenajea, con fastos y laureles, la memoria de un galeno, ilustre por tantos conceptos, y autor, por si no lo sabía usted, de La indigencia espiritual del sexo femenino. Las pruebas anatómicas, fisiológicas y psicológicas de la pobreza mental de la mujer. Su explicación biológica (Roberto Nóvoa Santos,1908) no deja de estimular interesantes reflexiones acerca de la dictadura social de la corrección política y sus disimetrías.

Hablaba yo hace unos días, desde esta misma columna, de bazofia literaria. Permítame insistir en la bazofia, esta vez televisiva, y seguir siendo políticamente incorrecto, cosa que me divierte en extremo. Seis personajes en busca de autor, de Luigi Pirandello; El jardín de los cerezos, de Anton Chéjov o Las brujas de Salem, de Arthur Miller eran los productos de Estudio 1, un programa nocturno de adaptaciones teatrales que, en la década de los 60, podía verse en la televisión pública de una repugnante dictadura , empecinada en alienar culturalmente al sufrido e ignorante españolito. Bien al contrario, la grandeza de casi cuarenta años de democracia adquiere un valor sublime en el extraordinario enriquecimiento espiritual de espacios como Corazón, corazón, Gran Hermano o Sálvame. A esto llegamos. Y la pregunta es hasta cuándo va a resistir el termostato de la paciencia y la humillación de la vergüenza colectiva. Veamos un caso práctico.

Un sábado después de almorzar, agarra uno el periódico y, entre sorbo y sorbo de café, se noticia de que el total de pasajeros de diez aeropuertos públicos españoles, de reciente y carísima construcción,  fue durante el último mes de noviembre de… 1000. Por lo visto, la dependienta del duty free del aeródromo de Ciudad Real tiene que autocomprarse todos los días un paquete de chicles para cuadrar caja, pues el programa informático del establecimiento no estaba previsto para no vender nada. Ese mismo sábado, después de cenar, pone uno la tele para ver Informe semanal, un programa veterano, de lo poco que se salva del lodazal, pero va a ser que no. Ya no lo hay a esa hora, pues fue sustituido por un engendro indefinible intitulado Uno de los nuestros. ¿Imposible que la náusea y el cabreo asciendan más? Ni mucho menos. He ahí a la inefable Caballé ―que, por obra y gracia de no se sabe quien (tal vez Freddy Mercury) se ha convertido en la mosca de todas las pomadas―, Bustamante, Marta Sánchez y Niña Pastori para felicitarnos la Navidad, entre cava, flood y estrellas rutilantes, y animar a la parrroquia a tentar la suerte. Raphael, el del ropoponpón, cantando ahora  nananá es, directamente, una incitación a la masacre.

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