¿Bañarse o no bañarse? Esa es la cuestión

"La toilette" de Edgar Degas.
"La toilette" de Edgar Degas.
Allá por el siglo XIV  no se aconsejaban los baños calientes. El agua abría los poros y por ellos la peste penetraba con facilidad. Los adolescentes de hoy pagarían por vivir en esa época.
¿Bañarse o no bañarse? Esa es la cuestión

Tengo un amigo con el que compartimos el amor por las palabras. La elegida de estos últimos días fue si decimos “me voy a bañar” o “me voy a duchar” con el mismo significado.  A la vez, leí esta semana una entrevista a Amélie Nothomb en la que hablaba una vez más de su pasión por el champagne. Y se mencionó a Marilyn Monroe, tan loca por esa bebida que un día —o una noche—vació en su bañera trescientas cincuenta botellas de champagne Moet (unos 260 litros) y estuvo sumergida en esas burbujas durante un largo rato. No se comprobaron todavía sus propiedades antioxidantes y pienso que la sensación burbujeante sobre la piel habrá desaparecido en los diez primeros minutos. Tal vez por eso la experiencia no se repitió. Amélie, hablando del tema, dijo que en ella, prevalecería la tentación de tomárselo.

Todo eso me llevó a investigar sobre el tema de los baños. Decimos “me doy un baño” o “me voy a duchar” indistintamente, eso quedó aclarado. Aunque ducharse es específicamente para el baño de pie, debajo de una lluvia que sale de un grifo.

Cuando yo era chica, en la década de los 50, en Buenos Aires, nuestras madres nos bañaban una o dos veces por semana. En invierno era todo un ritual: calentar el baño, las toallas y hasta la ropa que nos íbamos a poner después. En casa nadie se duchaba. Mis amigas tampoco. Recuerdo a una en especial, con la que compartíamos el baño. Ella en su casa y yo en la mía. Hablando por teléfono —un ejemplar de esos negros con horquilla y disco para componer los números; el cable enrulado —largo por suerte— al estirarlo, nos daba la oportunidad de llevar al baño sólo el tubo del auricular y micrófono y dejar el aparato, enchufado, fuera.  Lo más singular era que pasábamos como una hora leyendo El Corán. Debíamos tener trece o catorce años, y no recuerdo cuál era el interés por ese libro sagrado en particular. Tal vez compararlo con la Biblia que nos hacían leer en el colegio. Mis hermanas y mi madre debían saltar el cable para poder pasar por el pasillo lindero al cuarto de baño.

Ese cuarto siempre fue para mí un lugar sagrado. Con mi novio íbamos a bailar varias veces por semana a los boliches de moda. Yo no sólo me ocupaba de la ropa que mi madre me cosía siguiendo estoicamente mi diseño,  sino que entraba al templo a las 20hs para salir, hecha una diosa —eso creía yo— a las 22hs. Me pasaba sumergida en el agua una media hora o más, el resto del tiempo lo dedicaba al maquillaje. Todo un arte.

Allá por el siglo XIV  no se aconsejaban los baños calientes. El agua abría los poros y por ellos la peste penetraba con facilidad. Era la teoría de las miasmas que aseguraba que las emanaciones de suelos y aguas impuras transmitían enfermedades. Nada mejor que estar sucio. Los adolescentes de hoy pagarían por vivir en esa época.  Si se cumple la predicción de Parábola del Sembrador de Octavia Butler, la novela que estoy leyendo, en los años 2024 y 2025, los cambios climáticos y la escasez de lluvia llevarán al mundo a tal extremo que el agua será casi más cara que hoy el petróleo. La  narradora cuenta que los que van limpios están mal vistos. Esa debe ser la opinión de Leonardo Di Caprio quien asegura bañarse dos veces por semana para no malgastar el agua del planeta.

Si se cumple la predicción de 'Parábola del Sembrador' de Octavia Butler, la novela que estoy leyendo, en los años 2024 y 2025, los cambios climáticos y la escasez de lluvia llevarán al mundo a tal extremo que el agua será casi más cara que hoy el petróleo.

Al que no le gustaba lavarse era a nuestro querido Don Quijote. Dos veces lo hizo, en forma voluntaria, en toda la novela. “Antes de todo, con cinco calderos o seis de agua se lavó la cabeza y rostro y todavía se quedó el agua de color del suero”. Tanto amo como escudero se remojaban, pero sin frotarse.

La Iglesia también hizo lo suyo para que la gente no se bañara. Era necesario impedir el contacto con la desnudez, la mirada y el tacto sobre el propio cuerpo, en especial con los órganos genitales. Soy testigo de que no se limitó a la época de la Inquisición. Las monjas del Colegio en el que hice mi magisterio a fines de los 60, obligaban a las alumnas pupilas a ducharse con camisón y lo más rápido posible.

Cuando al agua se la consideraba peligrosa, las abluciones eran parciales. Se frotaban con paños secos y sólo las partes del cuerpo más expuestas a la vista.

Para los miembros de la corte y la nobleza era fundamental lucir ropa nueva, pero no eliminar la suciedad, más bien disimularla. Cubrir la piel con productos especiales, blanquearla frotándola con pastillas de jabón, perfumes, cremas de almendras y jazmín. Mucho maquillaje, incluso los hombres.

Recién en siglo XVIII el agua empezó a aceptarse. Hubo bañeras en cuartos, que eran lugares  de descanso, incluso se usaban para hacer sociales: era común recibir a amigos en ellos. Se tenían conversaciones importantes. Como yo con mi amiga cuando leíamos El Corán.

La intimidad del baño vino un poco después. María Antonieta sólo permitía que dos criadas la acompañaran mientras ella hacía el ritual del cuidado de su piel sumergida en la bañera.

Los antiguos eran mucho más limpios. Los hombres de la Edad de Bronce tenían una infraestructura sanitaria que no se volvió a ver hasta el siglo XIX. Los romanos y los griegos eran obsesivos por los baños. Pero después nos pusimos cada vez más sucios, hasta hoy que la gente se baña en cualquier cosa.

Hay todo un mito sobre Cleopatra que se bañaba en leche de burra. Porque cuando pensamos en ella imaginamos a Elizabeth Taylor, que debe ser la que se bañó en leche, como la reina Victoria de Inglaterra y la cantante Mariah Carey. Pero es posible que  la reina de Egipto haya sido muy diferente a Liz: negra, con mentón prominente y narigona. Y lejos de querer lucir una piel femenina, se travestía lo más posible en hombre para ser respetada.

El baño de leche que hoy se usa — por si alguien quiere tomar nota— no es como el de champagne de Marilyn, totalmente puro. La receta son tres tazas de leche entera, fría, en una bañera llena de agua caliente. Como un “latte”, pero sin café. Se asegura que da elasticidad y luminosidad a la piel. No sería de mi elección.

Lo que me atrajo fue el baño de Halle Berry: usa café molido con el que rocía el agua. La cafeína tiene la propiedad de ser exfoliante, energizante y  tensora de la piel. Aumenta el flujo sanguíneo y lo que es mejor: reduce la apariencia de la celulitis. Estoy por ponerlo en práctica.

Las primeras duchas, allá por el 1700 y pico, fueron muy creativas,. Me encantó la vélo-duche que sólo rociaba si se pedaleaba en una bicicleta fija. No tuvo éxito por supuesto, pero fue porque no existía el spinning.  No sé cómo no se le ocurrió a mi profesor que es tan innovador: rockcycle o spinning de verano bajo la una lluvia de agua que actúe como hidromasaje.

Con la vida acelerada el uso de las duchas se hizo popular. Hay departamentos en los que no hay bañeras. Fue una gran solución para los colegios, los clubs e imprescindible en las cárceles y el ejército.

Y después están los baños y duchas de los spas —gloria de los hedonistas— desde los jacuzzis,  la ducha escocesa, finlandesa, sauna y mil variedades más.

No fue el caso exactamente del Colegio Mayor en el que viví en Madrid en los setenta. Éramos tres mil  chicas distribuidas en tres pisos. A casi todas se nos ocurría ducharnos por la mañana, temprano, antes de ir a la Facultad. El edificio era muy antiguo, los techos altísimos y las ventanas con pocos vidrios sanos. Cada baño tenía muchos compartimentos. En el momento justo en que teníamos el pelo lleno de shampoo, el agua se cortaba, porque no daba para tanta exigencia. Y ahí quedábamos, muertas de frío, esperando larguísimos minutos que volviera, tal vez helada, pero suficiente para enjuagarnos y salir.

Hay países en los que la gente se baña más y en otros menos. Se lo asocia con el clima, pero también con la situación económica.

Según la OMS una de cada tres personas en el mundo carece de acceso a instalaciones de saneamiento.  En mi caminata por San Isidro, el barrio en el que vivo en Buenos Aires, siempre paso por una lindísima escalinata blanca a la que estamparon un graffiti que dice: “Soy pobre, no me baño”.

En la Argentina, a pesar de su alto índice de pobreza que arrastramos hace años, el 82% de los habitantes se baña una vez por día. En general, en los países latinoamericanos el porcentaje de aficionados al baño es alto. En algunos, como México o Brasil hay gran cantidad de personas que se bañan dos veces por día.

En Europa no tanto. Van delante los españoles con un promedio de cuatro a cinco veces por semana. En cambio Italia y Francia sólo tres. Sólo el 50% de los ingleses y de los alemanes toman un baño diario. El diario El País cuenta que el príncipe Harry, hermano de William, el futuro rey del Reino Unido, en una oportunidad pasó dos años sin lavarse la cabeza.

Los menos aficionados son los chinos, los finlandeses y los belgas: no más de dos veces por semana.

También hay que tener en cuenta que la consciencia de cuidar el planeta es mayor en Europa que en Latinoamérica.

Los argentinos tenemos una necesidad de higiene que nos caracteriza tanto como el asado, el mate o el amor por el football: el bidet. Cuando viajamos no podemos entender por qué no existen en ningún baño. ¿Cómo se las arreglan? Me sentí muy identificada con lo que dijo el comediante egipcio Bassem Youssef en uno de sus shows en Londres: “Como árabes tenemos que asegurarnos tres cosas cuando hacemos la maleta: nuestros pasaportes, un montón de dinero en efectivo y un bidet portátil de mano. No lo entiendo: ustedes son uno de los países más avanzados del mundo, pero cuando se trata de lo de atrás, están detrás.”

Acabo de llenar mi bañera con agua caliente. No sé si ponerle Baileys —mi bebida preferida— una botella de Malbec, o café molido. @mundiario

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