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MUNDIARIO

Ascología: ¡no mires!, ¡no toques!, ¡no comas...!

La ascología o "ciencia del asco" explica cómo las emociones de vergüenza o repulsión que sentimos ante otras personas actúan como mecanismos de selección de los individuos más aptos.

Ascología: ¡no mires!, ¡no toques!, ¡no comas...!
La doctora Valerie Curtis. / socialsciencespace.com
La doctora Valerie Curtis. / socialsciencespace.com

Luisa de Garnica

Analista de actualidad científica.

La ascología o "ciencia del asco" explica cómo las emociones de vergüenza o repulsión que sentimos ante otras personas actúan como mecanismos de selección de los individuos más aptos.

 

Imagine un día cualquiera, en un bar cualquiera, rodeado de gente cualquiera. El contacto humano es inevitable. Pese a que nadie repare en ello, somos sacos de microbios y uno solo de nuestros estornudos puede contaminar el ambiente de una habitación durante horas. En un bar uno se enfrenta, excepto al humo una vez implantada la ley antitabaco, a miasmas varias de la parroquia que incluyen eructos, ventosidades, esputos, gotas sospechosas en la tapa del inodoro y un sinfín de efluvios inherentes a la condición humana.

Lo que hace que semejante proximidad a agentes infecciosos de toda índole no acabe rápidamente con la existencia humana son las buenas maneras.

La ascología (disgustology originalmente en inglés) es la disciplina que se encarga de estudiar cómo el sentimiento de asco que todos experimentamos alguna vez ante ciertas visiones o estímulos ha favorecido el cambio evolutivo que propicia las conductas relacionadas con los buenos modales.

La Dra. Valerie Curtis acuñó este término en la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres donde trabaja desde hace más de 30 años en las teorías evolutivas sobre el asco y la repulsión que explican en parte algunas de las conductas sociales y éticas del ser humano.

Aunque suene a bote pronto un tanto rebuscado, son dos sencillos sistemas de adaptación los que han desencadenado de manera silenciosa la implantación de las mínimas normas de educación. Por una parte el sistema del asco, que nos advierte de ciertas zonas o fluidos corporales potencialmente cargados de patógenos. Por otra, la vergüenza que evita que le demos asco a otros individuos del grupo. Así los gestos (la clásica “cara de asco”) o las expresiones que indican repulsión (¡puaj!, ¡aj!, etc.) por muy leves que sean, hacen saltar ciertos resortes psicológicos que hacen que el grupo se aparte de la zona o la persona fuente del rechazo, y que cuando este se siente fuente del conflicto modifique su comportamiento siendo “más educado”. Este rechazo no se circunscribe únicamente al ámbito físico, sino que también es aplicable a los que tienen conductas socialmente reprobables como ladrones, violadores o políticos corruptos (“qué asco me da fulano”).

En su libro Don´t look, Don´t touch, Don´t eat (No mires, No toques, No comas) la Dra. Curtis establece que de manera inconsciente el grupo reconoce como mejores personas a los individuos con mejores modales. Un individuo con una higiene cuidada o aquel que espera pacientemente empezar a comer hasta que todos los comensales estén sentados a la mesa manda señales a los demás de auto-control e interés por el bien común. Estas señales de cooperación social asociadas a la limpieza y los buenos modos se relacionan con la capacidad de encontrar trabajo, el aportar seguridad a la hora de hacer negocios o encontrar pareja.

A pesar de lo obvias que puedan parecer las conclusiones de estos trabajos han servido para fomentar campañas de prevención de enfermedades en países como Zambia o Nepal, induciendo en las comunidades la imitación de conductas higiénicas como el lavado de manos o normas de comportamiento durante las comidas que mejoran la seguridad alimentaria, disminuyendo el número de muertes debidas a conductas antihigiénicas.

La excepción a esta regla son las relaciones familiares o de pareja. Según estos estudios, debido a que en los círculos más íntimos ya existen relaciones de cooperación, sentimos que no es necesario reforzar comportamientos que nos hagan más válidos frente al otro y el contacto o el intercambio de fluidos no constituye una amenaza.

La hipótesis que relaciona los microorganismos con la aparición progresiva de las normas de urbanidad no parece así muy descabellada. Cuanto más educado es un individuo más útil es evolutivamente para su sociedad. Desconfíen por tanto de aquéllos que se aproximen sin un mínimo imprescindible de normas de urbanidad y reparen en una sabia afirmación que ya forma parte de la sabiduría popular: “Donde hay confianza, da asco”.