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MUNDIARIO

En la Argentina hay sobrepoblación carcelaria

Por  mucho tiempo en la historia de la humanidad no se pudo separar la justicia de la venganza. El dolor irreparable de las familias es comprendido por la sociedad que exige la eliminación de este tipo de monstruos.
En la Argentina hay sobrepoblación carcelaria
Hombre en prisión. / Pexels
Hombre en prisión. / Pexels

Vicky Rego

Escritora.

En la novela de Victor Hugo, Jean Valjean, condenado por robo a cinco años y extendida su pena a diecinueve por intentos de fuga, sale de la cárcel y es socialmente rechazado por exconvicto. Sólo Myriel, el obispo confiado y caritativo de Digne, le abre la puerta. Jean se cobija en su casa. Él y su resentimiento. Al día siguiente huye llevándose unos cubiertos de plata. Lo detienen. Myriel declara que se los había regalado junto con un candelabro que se dejó olvidado. A cambio de su mentira y su perdón quiere la promesa de una redención.

Ya sabemos cómo sigue: el policía Jovert, símbolo de la justicia, implacable, espera que reincida, Jean se transforma, se cambia el nombre para ser aceptado, adopta a Cosette y  palpitamos hasta el final con  esta novela que deja clara una defensa de los oprimidos sea cual sea el lugar o situación sociohistórica en la que vivan.

Esta crítica de la sociedad hacia adentro se retoma en la película de LadjLy (2019):  “Los Miserables”. En la comunidad de hoy en Montfermeil (Paris), no han mejorado mucho las condiciones de vida desde la época de Victor Hugo. Las semillas de la agitación siguieron echando raíces. La miseria moral y económica, en una escenario de ciencia ficción realista, nos sacude con más violencia todavía, a falta del romanticismo de la novela decimonónica.

La oposición de Hugo a la pena de muerte me trajo a la memoria la gran película de Tim Robbins: Pena de muerte (Dead man walking). En ella, Sean Penn encarna a Matthew Poncelet, un homicida condenado a muerte en 1982, en el estado de Luisiana, por asesinar a dos adolescentes. Gran mérito del director es lograr meternos en la piel del convicto, a pesar de que nos cause horror su delito. La hermana Helen se ofrece como consejera espiritual del criminal porque  lo considera una persona y lucha por impedir la pena capital. Pero ni la religiosa, ni el arrepentimiento del reo, ni su abogado impiden su ejecución, a la que asistimos como a un segundo asesinato. Los padres de las víctimas la reclamaban, la mayor parte de los ciudadanos también. Por  mucho tiempo en la historia de la humanidad no se pudo separar la justicia de la venganza. El dolor irreparable de las familias es comprendido por la sociedad que exige la eliminación de este tipo de monstruos.

La idea de la eugenesia absuelve a los jueces que dictaminan ejecuciones o encierran a los criminales en situaciones infrahumanas. No los matan, pero los ponen en basureros para evitar el peligro de que anden sueltos.

En la Argentina hay sobrepoblación carcelaria. Según Infobae, a fines de 2018 contábamos con 103.000 personas privadas de la libertad y 308 centros carcelarios. La inseguridad ha ido creciendo, la sociedad reclama, se endurece la ley penal, los jueces encarcelan indiscriminadamente y se restringe la liberación de personas que se encontrarían en condiciones de permanecer en un régimen diferente al de las prisiones.  El resultado es el hacinamiento, episodios de violencia entre los presos y entre los funcionarios penitenciarios, deterioro de las instalaciones y difícil acceso a los derechos básicos esenciales.

Es un cultivo de monstruos resentidos, que no encontrarán a un Myriel que los perdone y convenza de que deben cambiar su vida. Porque su vida no tiene arreglo. Y la de los que lo tenían, hicieron que se perdiera la posibilidad.

Prison insider, una asociación de derecho francesa, cuya misión es recolectar, organizar y difundir las condiciones de detención en distintos lugares del mundo, se documenta con aportes de personas de diferentes horizontes económicos, culturales, institucionales y universitarios, a través del Observatorio Internacional de Prisiones, fundado por Bernard Balze en 1990.

Graciela Dubrez, corresponsal de Prison insider comenta las fotos enviadas a la Sección Argentina del observatorio: "Las condiciones de detención que se observan en las cárceles de Olmos y Marco Paz son deplorables. Se ven presos en enfermerías sin la menor higiene, esperando durante horas un tratamiento, colchones cubiertos de excrementos, paredes manchadas, un prisionero con una pierna infectada acusa que una forma de tortura es negarles atención médica, escaleras con excrementos de ratas, celdas con chinches, cucarachas y roedores".

El resentimiento es una peste que azota a la sociedad. Y nadie se ocupa de su tratamiento.

Miserables son también los enfermos mentales encerrados en hospitales psiquiátricos. El manicomio degrada, cosifica, humilla y desvaloriza a las personas. Ulises Heredia — de Confluir—  afirma que las personas en los hospitales neuropsiquiátricos de nuestro país viven en condiciones de indignidad total, otros mueren por falta de atención, o se suicidan.

Dice Almudena Grandes en su última novela, “La madre de Frankestein”: “El manicomio de mujeres de Ciempozuelos era un modelo a escala de la sociedad a la que pertenecía, una miniatura patológica de un país enfermo”.  La historia de Aurora, la paciente internada allí por haber matado a su hija, transcurre en la época de Franco. Pero la idea es aplicable a todo tiempo y lugar.

Todos somos responsables de nuestros Miserables. @mundiario