Ansiedad recetada: la adolescencia se está medicando en silencio
En España, uno de cada cinco adolescentes ha ingerido fármacos para la ansiedad o el insomnio. La cifra, que se dispara al 26% en el caso de las chicas, revela más que una tendencia médica: habla de una generación saturada por el malestar, empujada a medicalizar emociones que deberían gestionarse con escucha, apoyo y acompañamiento. Detrás del dato, proporcionado por la encuesta ESTUDES del Ministerio de Sanidad, hay una realidad tan urgente como invisibilizada: la salud mental juvenil está desbordada, y el sistema no da abasto.
La adolescencia, esa etapa de construcción de identidad, exploración emocional y vulnerabilidad biológica, se está viendo abordada con soluciones químicas que, aunque eficaces a corto plazo, esconden un riesgo elevado: la dependencia. Los hipnosedantes —principalmente benzodiacepinas— actúan con rapidez, pero también se instalan con facilidad en la rutina. “Estamos en un contexto donde hay una demanda altísima por solucionar de forma rápida y ágil el malestar”, advierte el psiquiatra Álvaro Pico Rada. Esa “solución rápida” se ha vuelto, para muchos, la única disponible.
El 14,8% de los jóvenes de entre 14 y 18 años reconoce haber tomado este tipo de fármacos en el último año, y casi el 10% lo ha hecho sin receta médica. En un sistema sanitario colapsado, donde una cita puede demorarse meses, la receta se convierte en el único recurso inmediato. Pero, ¿es realmente una solución?
Para Eugenia Caretti, psiquiatra infantojuvenil y presidenta de la Asociación Madrileña de Salud Mental, el problema no está solo en la pastilla, sino en el contexto que la legitima. “Me preocupa la medicalización de la adolescencia”, denuncia. Jóvenes que acuden a consulta utilizando términos clínicos —“tengo apego ansioso”, “tengo ansiedad”— cuando lo que hay detrás es, muchas veces, una pelea con un amigo, una mala nota o una desorientación vital que no encuentran cómo expresar. No es que la ansiedad no sea real, sino que no siempre requiere un abordaje farmacológico.
Presión estética, soledad y angustia
La situación es aún más compleja en el caso de las chicas. Según los datos de Sanidad, sufren más presión estética, soledad y angustia, factores que las empujan en mayor proporción al consumo de psicofármacos. El 60% de las adolescentes de 17 y 18 años experimenta malestares psicosomáticos como insomnio, dolor de cabeza o irritabilidad. No es casualidad: redes sociales, exigencias académicas, comparaciones y un entorno que exige “ser suficiente” mientras no les brinda herramientas reales para gestionar la presión.
El acceso a los hipnosedantes muchas veces no pasa por el médico, sino por el botiquín familiar. Padres que comparten sus pastillas sin entender los riesgos, hermanos que recomiendan “lo que a mí me funcionó”, y adolescentes que aprenden, por imitación o desesperación, que medicarse es una forma de no sentir. Pico lo resume con claridad: “A lo mejor te dicen que tomes medio comprimido si estás mal, pero lo empiezas a tomar todos los días”.
Una alarma sanitaria
Pero ¿por qué esta respuesta es la norma? Porque no hay alternativas. La sobrecarga del sistema sanitario impide ofrecer espacios de escucha, terapia psicológica o intervenciones preventivas. “Es intentar ayudar con lo único que se puede dar en cinco minutos de atención”, explica Caretti. Y esos cinco minutos pueden sellar una dependencia que durará años.
Mientras tanto, los adolescentes buscan apoyo en su entorno. La familia sigue siendo el principal sostén, aunque no siempre con las herramientas necesarias. Según una encuesta de Educo, el 60% de los escolares cree que los adultos no confían en su capacidad para resolver conflictos, y uno de cada tres no entiende el lenguaje que utilizan. ¿Cómo pedir ayuda, entonces, si no hay un puente para cruzar?
El consumo de ansiolíticos en menores no es solo una alarma sanitaria: es un síntoma. Un síntoma de una sociedad que no escucha, de un sistema que no alcanza y de una cultura que prefiere callar el malestar antes que acompañarlo. Medicamos la angustia porque nos falta tiempo para comprenderla. Pero la adolescencia no es una patología: es una etapa que necesita contención, no solo prescripción. Y si no empezamos a escuchar lo que hay detrás de cada pastilla, estaremos hipotecando la salud emocional de toda una generación. @mundiario