Dos años de pandemia: balances pendientes

OMS. / Mundiario
OMS. / Mundiario

Los dispositivos sanitarios estatales fueron sometidos a un notorio test de estrés que permitió comprobar las importantes debilidades que padecían.

Dos años de pandemia: balances pendientes

Hace dos años se declaraba oficialmente la existencia de una pandemia provocada por la covid-10. De no existir el actual conflicto bélico provocado por la intervención militar del gobierno de Putin en Ucrania, estaríamos aprovechando este aniversario para profundizar en los debates sobre una de las mayores catástrofes sanitarias padecidas por la humanidad en el último siglo. La necesidad de sistematizar un balance de lo sucedido desde el mes de marzo de 2020 resulta indiscutible en el caso de existir la voluntad de incorporar las enseñanzas que se derivan de esta tragedia.

Esos análisis pendientes podrían desglosarse en diversos capítulos. Uno de ellos tendría que ver con la respuesta dada por las instituciones y los sistemas sanitarios a la propia pandemia. En este caso, conviene distinguir tres planos: el papel jugado por la OMS, la actuación seguida por las autoridades de la UE y las capacidades y deficiencias demostradas por los servicios públicos de salud en el Estado español.

La OMS aun no realizó una revisión a fondo de las luces y de las sombras constatadas en su labor en estos dos años. Hay varias interrogantes que se acumulan en los despachos de sus dirigentes: ¿funcionó adecuadamente el sistema de alertas para detectar con más antelación la envergadura de la pandemia? ¿Dispone la organización de los recursos humanos y materiales necesarios para enfrentar crisis de esta naturaleza? ¿Por qué no fue capaz de asegurar un nivel de vacunación mayor del registrado en los países del mundo con unas infraestructuras sanitarias más deficientes? ¿Resulta aceptable la relación establecida con la industria farmacéutica para aminorar el poder que poseen a la hora de suministrar los fármacos disponibles?

En el ámbito de la UE existía una deficiencia estructural previa que dificultaba la calidad de su respuesta: la carencia de un departamento sanitario específico en su organigrama ejecutivo. Tal situación explica las demoras y las dudas registradas en el momento de fijar una deseable actuación conjunta en la adquisición de materiales para combatir los primeros impactos de la pandemia. Semejante déficit fue corregido con el posterior establecimiento de una estrategia unificada para abordar la vacunación de la población de los Estados miembros.

Los dispositivos sanitarios estatales y gallegos fueron sometidos a uno notorio test de estrés que permitió comprobar las importantes debilidades que padecían, algunas ya denunciadas anteriormente y otras desconocidas hasta ese momento. De manera singular, el estado precario en el que se encontraba la Atención Primaria agudizó el estrangulamiento de los circuitos comunes de tratamiento de las dolencias y colocó a los gobiernos responsables ante la exigencia de un crecimiento significativo del gasto sanitario.

Los graves efectos destructivos de la COVID en el funcionamiento de las economías suscitaron extraordinarias preocupaciones en aquellas partes del tejido social más vulnerables ante una crisis como esa. Los precedentes de lo que se había vivido a partir del año 2008, con la explosión de la burbuja inmobiliaria y financiera, incrementaban los niveles de malestar. Aún seguía presente, en la memoria colectiva, aquel diagnóstico formulado en los círculos hegemónicos de la economía y de la política (la tesis de que “habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades”) que sirvió para justificar las maximalistas medidas de austeridad que provocaron cifras desconocidas de desempleo y pobreza en las sociedades occidentales, sobre todo en aquellas que ya poseían niveles de desigualdad superiores a los parámetros medios de la UE. En esta ocasión, las medidas adoptadas por el Gobierno español y el distanciamiento de los órganos de Bruselas respecto a las lógicas aplicadas diez años antes, permitieron neutralizar los aspectos más lesivos del destrozo asociado a esta crisis sanitaria.

Durante los primeros meses de la pandemia se formularon algunos análisis que pronosticaban cambios en el comportamiento social en un sentido más favorable al avance de los valores de la justicia y de la solidaridad en la relación entre las personas y los países. Se resumía en una frase –“de esta crisis saldremos mejores”- que expresaba, sin duda, un deseo para el futuro pero que no tenía la suficiente consistencia en el territorio de las predicciones debidamente contrastadas. Lo sucedido con una parte relevante de la élite política española en primavera y en verano del año 2020 fue muy significativo: en vez de buscar elementos comunes de respuesta a una tragedia imprevista, PP y VOX optaron por la tensión permanente mediante las tácticas que ya había practicado Donald Trump en los Estados Unidos y que habían sido trasplantadas a otros países europeos. Vista la experiencia vivida, no se puede afirmar que la pandemia haya sido una oportunidad aprovechada para revisar los mecanismos que posibilitan el mantenimiento de las desigualdades asociadas al vigente orden mundial.

La intervención militar de Rusia en el territorio ucraniano aplazó la necesaria recapitulación sobre una crisis sanitaria que está parcialmente controlada pero que aún puede provocar nuevos episodios graves. Y, además, lo que está pasando en el este de Europa modifica notablemente el tablero de las relaciones internacionales y puede tener consecuencias de dimensiones desconocidas para las condiciones en las que viven muchos millones de personas. @mundiario

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