El año en que perdimos la inocencia: un retrato hablado de la muerte

Paciente de Coronavirus en Guatemala . / Twitter
Paciente de coronavirus en Guatemala . / Twitter
Cinco médicos de cinco países distintos me describen cómo es la muerte, su llegada, su hospedaje y los momentos finales de quienes mueren por la Covid-19.
El año en que perdimos la inocencia: un retrato hablado de la muerte

La noche del 21 de noviembre de 2003, con su cuerpo deteriorado, tras las visitas diarias de varios amigos que llegaban a despedirse sin decirlo deliberadamente y tras la angustiosa espera de quienes empezaban ponerse de acuerdo sobre cómo sería todo después de su partida, mi abuelo fallecía en una cama que habíamos acomodado en la sala de la casa donde vivíamos mis papás, mi hermano, mi abuela (obviamente él también) y yo. Aquella noche conocí a la muerte y también supe que ésta nunca irrumpe de la nada, sino que toca el timbre, se pasea en la casa o en los alrededores de la persona a la que ha decidido llevarse y hasta se apodera de las conversaciones de quienes ven que la persona tiene su destino firmado.

Con la Covid-19, la muerte ha encontrado el escaparate perfecto para viajar por el mundo y esparcir precisamente esa misma sensación que tuve yo aquella noche. ¿Cómo se siente tenerla en cada rincón del trabajo? ¿Cómo se siente despertarse cada mañana para ir inevitablemente a su encuentro? ¿Cómo es verla a través de miles de pacientes nuevos todos los días? He entrevistado sobre este respecto a cinco médicos de cinco países distintos para conocer las respuestas.

Mónica Paniagua / Costa Rica

Mónica tuvo la dicha de estrenar su título justo en plena ebullición de la pandemia. Pese a que no trabaja directamente en un hospital público ha conocido al Coronavirus mediante los cerca de 150 pacientes contagiados que ha tratado. Muchos de ellos, sin decirlo, llevaban consigo señales que le hacían imaginarse que no podrían con la enfermedad, dentro de las que menciona “pensamiento hacia la enfermedad, conmorbilidad como enfermedades crónicas (diabetes, hipertensión, fumadores activos, obesidad) y una mala red de apoyo familiar”.

Y con ese diagnóstico, le tocaba darle seguimiento a los pacientes y, lo que es más difícil, darle reportes a los familiares, a quienes nunca ha dado falsas esperanzas. Mónica, de 24 años, no se arrepiente de ir de frente con la verdad. “Siempre me sentía satisfecha, ya que siempre que doy una noticia pesimista tiene que ir acompañada de esperanza. Una sabia enfermera me dijo un día que no estamos para salvar vidas sino estamos para aliviar el dolor de las personas y muchas veces solo para acompañarlas en el momento más oscuro de sus vidas. No siempre vamos a poder salvar”, explica. Entonces, ¿cómo es la muerte para Mónica?

"Una sabia enfermera me dijo un día que no estamos para salvar vidas sino estamos para aliviar el dolor de las personas y muchas veces solo para acompañarlas en el momento más oscuro de sus vidas. No siempre vamos a poder salvar”. Mónica Paniagua

“Solo tenemos que estar vivos para morir. Así que la describiría como un mal necesario que siempre es inesperada”, describe. “Sí es agotador despertar y no saber qué va pasar en el día, cuántos se morirán, cuántas pruebas para descartar Covid 19 vas a tener que hacer o el no saber cuántas ambulancias llegarán con personas graves”, añade.

Lo peor de esta enfermedad, como lo es de todas, es el momento final de cada paciente, ese en el que probablemente él mismo sabe que ha llegado al punto de no retorno. Por el Coronavirus, sin embargo, Mónica asegura que la enfermedad hace tal daño y requiere de tal tratamiento, que los contagiados no es que agonicen, sino que hacen una lenta transición a la muerte, por lo que las reacciones vienen de los familiares. “No tienen comportamientos con tantas maquinas que intentan mantenerlos vivos. El comportamiento lo tienen sus familiares y es totalmente desgarrador siempre con una gota de esperanza de que sobrevivan”, asegura.

Carmen Solares / Guatemala

En Guatemala siempre que pasa algo, pasa por primera vez. Es decir, el país nunca está preparado para nada, para ninguna catástrofe natural, por ejemplo, y ni hablar de esta pandemia, la cual Carmen supo que arrasaría desde que colapsó el sistema de salud de España, el cual describe como “uno de los mejores del mundo”. Y así, entre un país virgen en soluciones y un gobierno y sociedad convalecientes de protervia crónica, el desmadre estaba servido. Carmen no oculta que la pandemia fue un auténtico baño de realidad.

“Creo que como profesional, uno lee en libros la definición de Pandemia, pero nunca se imagina la magnitud de impacto que esto significa”, asegura. “Creo que si tuvo un impacto bastante grande en mi animo, y como este afecto todos mis planes para este año. Con forme el tiempo he trabajado para mejorar y para aceptar los cambios de mi vida profesional y personal”, agrega.  Es justamente esa línea que separa a la Carmen persona de la Carmen doctora la que más ha estrechado el haber conocido a la muerte de la forma en que lo ha hecho.

"Creo que como profesional, uno lee en libros la definición de Pandemia, pero nunca se imagina la magnitud de impacto que esto significa”. Carmen Solares.

Y es que, continúa, la muerte se pasea dentro del hospital como si acampara a sus anchas. Se pasea con tal paz entre los defenestrados pacientes, que éstos en sus últimos momentos “están sedados por lo que se dejan de comportar”. Pese a esa pérdida de sentidos, “la muerte no se debe de deshumanizar y creo que cada persona tiene su forma de afrontarla”, prosigue.  No satisfecha, la muerte se lleva por delante mucho más. “Todo el tiempo se ve afectado el animo del personal y sin duda alguna de los familiares. Pero la diferencia del doctor y el familiar, es que afuera del hospital la vida continua, a pesar de que cada muerte te afecte, unas con mayor intensidad que otras, debes de aprender a no contagiar de tu estado de animo a tu familia y amigos, fuera del hospital”, describe.

En total, Solares calcula haber tenido cerca de 35 pacientes contagiados. De estos, relata que el más impactante fue un hombre que “salió del intensivo de estar ventilado y dijo que no lo iba a lograr y luego al día siguiente murió de un infarto.  Aunque no solo hay uno hay varios sobre todo personas que conozco desde antes”.

Manuel Aguilera / Honduras

Graduado de la Universidad Católica de Honduras, Manuel calcula que de marzo, cuando el país entró en cuarentena, a la fecha que respondió el cuestionario (15 de noviembre de 2020) habrá atendido cerca de 400 pacientes contagiados de Covid-19. Según me ha narrado él mismo, pues tengo el gusto de tratar con él a diario, el virus no es solo que lo haya encarado por sus pacientes, sino también por sus amigos y hasta catedráticos de la universidad. ¿Cómo describe Manuel a la muerte?

Pacientes de Coronavirus en Honduras

Pacientes de Coronavirus en Honduras.

“Como peces fuera del agua sería una buena manera de describir esa horrible y agónica muerte, cuando las salas de los hospitales estaban llenas la gente moría en las salas de espera , estacionamientos del Hospital y muchos preferían quedarse en sus últimos momentos en sus casas con sus familiares”, explica. Pese a ese dolor, para este joven doctor de 28 años, la ética puede más que la conmoción y le ha tocado “tragarse el nudo que se hace en la garganta, y acompañar a las honestidad con  empatía y tacto a la hora de informar el estado de un paciente crítico”, es decir, si el paciente no se salvará, sus principios le impiden dar falsas esperanzas. “La ética y mi fe no me lo permiten, tanto el paciente como los familiares tienen derecho a saber el estado actual así como el pronóstico de su enfermedad siempre he sido sincero con ellos desde los asintomáticos hasta los que eventualmente han fallecido”, asegura Manuel. La desesperación en los hospitales a veces llega a tal punto que incluso asegura que quienes son “afortunados sedados en UCI” son “afortunados” por vivir una muerte en paz y no les toca sufrir por días como a muchos otros.

La vida como la conocíamos, en sus propias palabras, ya no volverá. Esa vida como la conocíamos incluye lo que conocía él de su recién estrenada profesión. El Coronavirus, prosigue, “te hace replantearte la importancia que algunas personas le dan al consejo médico. ¿En qué punto la opinión del medico se volvió algo cuestionable? ¿Sobre quién recae la responsabilidad de que una gran mayoría de personas crean que el COVID-19 es una mentira o invento de los gobiernos?”.

Rodrigo de la Cruz / México

A nivel personal, este es el testimonio más impactante del reportaje. De la Cruz, egresado de la Universidad Autónoma de Guadalajara, es pediatra, por lo que sus pacientes son aquellos que viven ajenos a las circunstancias que sacuden al mundo pero el alcance del virus ha sido tal que han debido perder esa inocencia.

Rodrigo admite haber tratado a aproximadamente 30 niños, algunos incluso de apenas 11 meses de edad. Lo más difícil es que el niño en sí puede que no sepa qué le está pasando, por lo que el filtro de hablar con el paciente en lugar de la familia queda anulado. No obstante, este profesional de 33 años ha debido encarar a esos padres, abuelos, tíos y demás incluso cuando su destino está escrito. “Un bebe prematuro  recién nacido, con varias complicaciones en los pulmones aunadas con el covid, solo pudo vivir durante tres días y es mejor que se sepa la realidad y no dar falsas esperanzas a los papás; para que puedan estar preparados”, explica.

“Un bebe prematuro  recién nacido, con varias complicaciones en los pulmones aunadas con el covid, solo pudo vivir durante tres días y es mejor que se sepa la realidad y no dar falsas esperanzas a los papás; para que puedan estar preparados”. Rodrigo de la Cruz.

Para Rodrigo, padre él mismo de una niña de tres años, la muerte vive en el ambiente del hospital, en los tosidos y en las lágrimas de los parientes de los fallecidos. “El estado de los pacientes, el ánimo del personal del hospital, la desilusión de las familias al enterarse de que uno de los suyos no lo logró, etc.”, asegura.

Una doctora atiende a una contagiada de Covid-19.

Jaryb Zeinc / República Dominicana

Como muchos otros países, la República Dominicana se vio tomada por sorpresa, explica Jaryb, porque inicialmente se pensó que no pasaría más allá de la Gran Muralla. No obstante, este galeno de 34 años supo que el fuego se convertiría en hoguera cuando Estados Unidos reportó sus primeros casos en plena primavera. Eso sí, él mismo explica que no ha estado tampoco en primera línea de combate a la pandemia. “Al no trabajar en un hospital de 3er nivel de atención, no me tocó atender tantos pacientes en los primeros meses, pero sí participe en operativos que realizaban en estos hospitales”, explica Zeinc, quien, por tanto, asegura haber tratado tal vez a unos 15 pacientes contagiados.

Jaryb, graduado de la Universidad Pedro Henríquez Ureña, asegura que la enfermedad los hundió en la incertidumbre cuando llegó a la isla: “Los primeros meses fueron devastadores tanto para nosotros como personal de salud debido a que no contábamos con la información adecuada dígase tratamientos para la enfermedad, estábamos trabajando a ciegas y utilizando diversos protocolos experimentales sin saber si realmente habría mejoría”. La falta de certeza se extendió también a las familias de los pacientes. Fue precisamente mediante ellos que vio cómo la muerte caminaba en los hospitales dominicanos.

“Los familiares de muchos de estos pacientes no sabían ni cómo asumir la situación debido al sentimiento de que ellos también podrían estar infectados por el virus. Muchos visitaban varias veces los centros porque sentían que podrían estar infectados dígase ya estaban paranoicos”, comparte. En otras palabras, en su entorno la muerte llevó a las personas a perder la cordura, tanto quienes estaban contagiados como quienes no. Lo peor es que esa sensación de incertidumbre los empapa a los mismos profesionales de la salud, pues asegura que “a pesar de los avances que hemos hecho en cuanto a algunas estrategias para mejorar la situación, siento que aún no comprendemos totalmente la enfermedad, lo digo porque ésta se decía es tan o mas contagiosa que la influenza y he visto casos de pacientes que son pareja de esposos ó sea duermen juntos y conviven en un mismo hogar, pero solo uno esta afectado, lo mismo con familias enteras en la cual solo un miembro ha sido afectado”.

"Los familiares de muchos de estos pacientes no sabían ni cómo asumir la situación debido al sentimiento de que ellos también podrían estar infectados por el virus. Muchos visitaban varias veces los centros porque sentían que podrían estar infectados dígase ya estaban paranoicos”. Jaryb Zeinc.

Pero sin duda, lo que más le ha impactado es la forma en que la enfermedad quita dignidad a la muerte de las personas, pues los pacientes llegan a sus últimos momentos probablemente ansiosos porque les llegue su hora. “Estos pacientes en las unidades de atención critica he observado que mueren muy tristes debido a que están aislados de sus familiares y el único contacto humano somos el personal de salud y uno cubierto con todo ese equipo de protección personal, ellos con la sensación de muerte inminente se notan como sin ganas de vivir ya que se sienten abandonados”, cierra. @bilderjager

El año en que perdimos la inocencia: un retrato hablado de la muerte
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