Andrés Barbosa lleva casi 20 años estudiando los pingüinos y los ecosistemas de la Antártida

Pingüinera en la Antártida. : Mundiario
Pingüinera en la Antártida. / Mundiario

Tras un día en la pingüinera, conocemos el trabajo de campo en una colonia de pingüinos barbijo en la Antártida. Andrés Barbosa Alcón pertenece al Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC).

Andrés Barbosa lleva casi 20 años estudiando los pingüinos y los ecosistemas de la Antártida

La excursión científica comienza recogiendo en la cocina de la Base Gabriel de Castilla un termo con caldo muy caliente, algo de pan, queso y bebida. La mochila ha de llevar siempre, es la orden, “todo lo que puedas necesitar si fueras a pasar el peor día de tu vida”. En la Antártida, las ventiscas de 40 nudos no avisan. Los ecólogos Andrés Barbosa, Josabel Belliure y Jesús Benzal llevan también unos GPS sofisticados, loggers, y diverso instrumental para el trabajo de campo: tubos, espátulas, hisopos, jeringuillas, báscula y muchas más cosas que iré descubriendo durante la jornada.

Me sumo al grupo a la puerta del módulo científico y emprendemos el camino felices y contentos como conejos, bordeando la orilla de la playa de Bahía Foster: las botas se hunden en el lecho de piroclasto. Andrés y Jesús avanzan con paso firme; Josabel me va contando su amor por los pingüinos, y me distraigo tanto que meto los pies en todos los charcos. Dejamos atrás la Base argentina Decepción, que reluce recién pintada, y bordeamos un lago glaciar de intenso color esmeralda, el Irízar.

Decepción es una isla formada sobre un cráter, casi circular, con forma de herradura, como un donut con un mordisco. En el círculo interior están las bases, las bahías históricas, como Balleneros o Caleta Péndulo: en los días claros, las dos orillas se miran sin pudor. Sin embargo, los pingüinos necesitan para comer el mar abierto, donde nadan incesantemente en busca de los bancos de krill, por lo que las pingüineras están en el círculo exterior. En Decepción hay ocho colonias inmensas de barbijos, las dos más grandes son la del Morro Baily, al Este, en la llamada Costa Recta, porque la rotura de la placa terrestre dibuja una recta a tiralíneas; y la de Vapour Col, o Collado Vapor, en la parte Oeste de la isla, hacia donde nos encaminamos. Para llegar desde la base a la pingüinera hay que salvar un collado de 300 m, en la falda del monte Irízar. Los investigadores hacen este recorrido todos los días, una hora y medio de ida y otro tanto de vuelta si el viento no empuja en contra.

Acompaño a Andrés, Josabel y Jesús consciente del privilegio de pasar un día en la pingüinera viendo de cerca su trabajo. El día es soleado y la temperatura agradable, 3º, de modo que el camino se convierte en un paseo: nos detenemos, sin prisa, a contemplar el paisaje, a respirar hondo, a sentir la Naturaleza, que estalla en borbotones cuando cambiamos de vertiente y, de pronto, contemplamos el mar inacabable y a nuestros pies, en vertical, la Rada Pingüinera. Allá vamos, en zigzag, con cuidado de no pisar los delicados musgos y líquenes, única vegetación visible.

Dirige el equipo Andrés Barbosa Alcón, del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC), que lleva casi veinte años estudiando los pingüinos y los ecosistemas de la Antártida. El técnico Jesús Benzal, de la Estación Experimental de Zonas Áridas, de Almería, conoce cada nido y cada pareja de pingüinos, y se mueve por entre las colonias con naturalidad pasmosa. Josabel Belliure es profesora de Ecología en la Universidad de Alcalá, y no es que les hable a los pingüinos: los coge en brazos y mantiene con ellos entretenidas charlas. Estos son mis guías en esta Aventura de la Ciencia. La jornada pasa como un encantamiento: contemplo extasiado cada gesto, cada maniobra.

Sesenta mil pingüinos

La pingüinera de Collado Vapor está formada por unas veinte colonias de distintos tamaños en las que anidan veinte mil parejas: cuarenta mil pingüinos, con una o dos crías por nido. El equipo de Barbosa lleva doce campañas estudiando estas colonias, o sea que los individuos están censados y casi tienen nombre y apellido. En los nidos señalados con estacas, se escoge un pingüino afortunado y se le coloca un logger: una mochilita en la espalda que contiene un GPS capaz de registrar durante cinco días toda la actividad del pingüino, dónde va, cómo nada, a qué profundidad se sumerge… los exploradores son observados y a los cinco días, cuando vuelven al nido, traen consigo todos los datos. De vez en cuando, alguno se fuga…

Hoy toca recuperar un pingüino con logger. Jesús se adentra con paso suave en la pingüinera, sin producir alboroto, y captura al pingüino espía. De inmediato, Josabel se hace con los dos polluelos, y los recoge con delicadeza en su regazo. Nos sentamos los cuatro cerca: Jesús sujeta al pingüi adulto mientras Andrés extrae muestras de sangre y heces, que va depositando en viales. Luego, por medio de una centrifugadora, la sangre se separa en plasma y glóbulos rojos, como un análisis humano, obteniendo datos de ADN, alimentación, enfermedades, parásitos. Mientras Josabel pesa y mide a los dos polluelos, los marca con rotulador azul indeleble bajo el ala, casi aleta, y les coge muestras de caquitas. Todo esto se hace con tranquilidad —“en la Antártida hace falta mucha paciencia”, es el lema de Barbosa—, hablando con los animales como viejos conocidos. “Para quieto”, dice Josabel a un polluelo, “ven, tú ahora te vas con Jesús”, y Jesús lo pesa suspendido en la balanza. En la libreta se van anotando todas las medidas, la fecha y la hora: hoy el cuaderno de campo está seco y yo me tumbo en la arena volcánica placentera, pero los tres investigadores hacen lo mismo cada día, durante uno o dos meses, con lluvia y viento, o con nieve, y entonces las páginas del cuaderno lloran de frío.

Rescatamos tres loggers con información preciosa; un cuarto bandido se ha fugado, pero los biólogos volverán mañana y pasado y al otro día, hasta que aparezca. Antes de comer, damos un paseo por la orilla de la playa, respetando los caminos, casi autopistas, por donde una incesante procesión de pingüis van y vienen de la colonia al mar, en busca de comida, y del mar a la colonia. Domina el paisaje una corona rocosa, New Rock, esbelta y solitaria. Las rocas, como toda la isla, son volcánicas, redondeadas por la erosión de las mareas. Un elefante marino duerme en la orilla y no se inmuta con nuestra presencia.

Un trabajo vocacional

Al mediodía, montamos el pic nic en una ladera soleada, al abrigo del viento: un consomé nutritivo, bien caliente, queso, frutos secos. Aporto al convite un trozo de lomo embuchado de mi tierra y chocolate de postre. Mientras comemos, vemos los surtidores de las ballenas sobre la lámina del mar: es imposible mejorar el espectáculo. Los skúas y petreles sobrevuelan las colonias al acecho de algún polluelo incauto y, de vez en cuando, algún pingüino miope se acerca a nosotros y nos curiosea la merienda. Tal es la placidez que mientras ellos revisan otros nidos, duermo la siesta.

El viaje de regreso, con la misión cumplida, es aún más agradable. La tarde sigue soleada, regalo generoso de la Antártida; no es habitual: cojo resuello en cada recodo de la subida que salva el collado. Otra vez oteamos el horizonte, ahora ya del lado Este, con toda la isla ante nuestros ojos y al fondo la Bahía Foster. En la bajada al lago Irízar, por un terraplén de piroclasto, rodamos divertidos: bajando todos los santos ayudan.

Pero el trabajo no ha acabado: al llegar a la Base, después de duchas y de la obligada reunión vespertina, donde se coordina el trabajo de todos los equipos, hay que volcar los datos a los ordenadores, procesar las muestras, centrifugar la sangre, ordenar fotos, revisar loggers… y preparar los del día siguiente. Luego, ya en casa o en el departamento, vendrá también el proceso de estudio de los datos y elaboración de hipótesis y conclusiones. Son muchas horas de entrega a la investigación, que no sería posible sin una auténtica vocación, sin vivir con pasión, en este Gran Laboratorio de la Antártida, la Aventura de la Ciencia. @ValentínCarrera, Isla Decepción

Banner Horizonte Antártida.

Andrés Barbosa lleva casi 20 años estudiando los pingüinos y los ecosistemas de la Antártida
Comentarios