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MUNDIARIO

Lo que acecha ahí fuera

Si mi cirujano hubiera tenido que consultar cada decisión con un equipo habría sido una conducta científica, pero estaba más apurado por salvar mi vida. Tal vez en estos momentos, las leyes para detener al invisible tienen que salir rápido, sin ser consultadas
Lo que acecha ahí fuera
Paseando.
Paseando.

Vicky Rego

Escritora.

Ahí afuera hay seres invisibles que nos atacan y se apoderan de nuestras vidas. Es un cuento de terror que nadie se lo cree.

Cuando, por un hallazgo tomográfico, me diagnosticaron cáncer hace muchos años, me costó convencerme. Nunca me había sentido mejor, el sol de ese otoño en Buenos Aires me acariciaba suavemente, decía piropos a mi juventud, me proponía planes, viajes, travesuras.

Entré al quirófano convencida de que se habían equivocado. Llegué a sospechar que era una trampa para robarme algún órgano (fue un época en la que vivimos esa pesadilla). Salí completa, sólo habían extraído el diminuto carcinoma. A tiempo. Después vinieron los tratamientos, la quimioterapia.

Lo vencí, y acá estoy,  disfrutando en mi jardín de un sol de otoño en Buenos Aires que promete salud, impulsa proyectos, planes, viajes.  Pero el enemigo invisible está, ahí afuera.

El nombre de “El Horla”, de Guy de Maupassant viene del francés “hors-là¨, que quiere decir “ahí afuera”. Afuera está ese ser invisible que rodea y controla al narrador. El protagonista siente miedo, quiere distraerse, sale de su casa, viaja y, cuando vuelve, la presencia se hace cada vez más real. “Esta noche he sentido a alguien acurrucado contra mí que, con su boca pegada a la mía, bebía mi vida de entre los labios”, nos cuenta. Lo llamó Horla. Intentaba que lo escucharan, pero su relato no era creíble. Nadie estaba para pesadillas.

Como no sabía de qué forma Horla lo iba a atacar, lo engañaba, probaba diferentes trucos. No usaba alcohol en gel, ni se lavaba las manos cada vez que entraba, ni dejaba sus zapatos fuera de su casa, porque nadie le daba directivas. Horla era un desconocido.

Entonces, el narrador se decidió a actuar. Un día, cuando estuvo seguro de la presencia del invisible dentro de su cuarto, cerró las persianas y escapó por la puerta dejándolo encerrado. Roció la casa con combustible y la encendió.

Cuando la miraba arder desde lejos, cayó en la cuenta de que los criados estaban adentro, consumiéndose en las llamas, mientras la sombra de Horla escapaba y huía. A buscar más víctimas.

Si le hubiesen creído, y todos juntos actuado, guardándose de el “hors-là”, rápido muy rápido, si nadie hubiera querido salvarse solo, la pesadilla habría terminado antes. No sin pasar por la quimioterapia, no sin miedo, sin soledad y sin angustia, pero habría pasado.

Ante el invisible, primero hay que creer en su existencia, contar con autoridades que tomen el toro por las astas, que actúen con inmediatez y sin piedad. Coercitivamente. Para impedir que se propague y no se escape.

Si mi cirujano hubiera tenido que consultar cada decisión con un equipo habría sido una conducta científica, pero estaba más apurado por salvar mi vida. Tal vez en estos momentos, las leyes para detener al invisible tienen que salir rápido, sin ser consultadas, como las otras, con legisladores que nos representan pero dilatarían las medidas.

Confiar y obedecer hizo que hoy esté viva. @mundiario