Agresividad y violencia. ¿Cuestión genética?

Una pareja discutiendo. / Pexels.
Una pareja discutiendo. / Pexels.
Resulta paradójico que la violencia verbal requiera de la participación de la cognición, mientras que la violencia física queda exenta de dicho proceso cognitivo.
Agresividad y violencia. ¿Cuestión genética?

Considerar la agresividad y la violencia desde un enfoque únicamente físico es un error, ya que el daño causado a una tercera persona siempre deja rastro o secuela emocional. Resulta paradójico que la violencia verbal requiera de la participación de la cognición, mientras que la violencia física queda exenta de dicho proceso cognitivo.

Lo cierto es que se ha abierto un debate sobre si existen colectivos más agresivos que otros y desde luego, si aquello que llamamos “ambiente” o entorno facilita dicho comportamiento. Por ello, una de las cuestiones fundamentales es saber si existen colectivos poblacionales más propensos a la violencia que otros, y si el ambiente en el que se desarrollan o se han desarrollado dichos colectivos inhiben o en cambio, excitan dicha agresividad. Más aun… nos preguntamos si la modificación ambiental sufrida por los colectivos (en términos de cambio de residencia) ha aumentado o disminuido dicho comportamiento.

En principio y a pesar de la multitud de genes que interaccionan en comportamientos agresivos, el MAO-A y el CDH13 son firmes candidatos para desatar la agresividad. Mutaciones que generan desequilibrios en sus expresiones hacen que los efectos neurotransmisores sean extremos y carentes de inhibición. Según estudios recientes, gran parte de la agresividad no se transmite de padres a hijos sino que se hereda de madres a hijos e hijas, sin que ello quiera decir, ni mucho menos, que la agresividad sea femenina o sea una condición concreta del género. También parece ser que la violencia, una vez adquirida, es más radical en los hombres que en las mujeres.

El 20% de la población posee mutaciones en los genes 

Aun así, se conoce que en términos absolutos el 20% de la población posee mutaciones en los genes comentados como candidatos a generar violencia y que una vez desarrollada metabólicamente dicha expresión, la agresividad se ve multiplicada por 13, alcanzado extremos de nula cognición, anterior y posterior a dicha demostración de agresividad. Esto nos indica que el factor de “arrepentimiento” carece de sentido en este tipo de individuos.

Según estudios sociológicos, el mestizaje racial y la equiparación social deberían tender a reducir ostensiblemente estos factores primitivos, pero también es cierto que desde un punto de vista biológico, el resultado bien podría ser el opuesto. Supuestamente, el mestizaje o hibridación entre un hombre perteneciente a un colectivo “agresivo dominante” con una mujer que no formase parte de él, reduciría esa variable; pero en caso contrario, lo incrementaría.

Por ello, es importante recordar que a lo largo de los siglos se ha podido comprobar que las comunidades o sociedades donde la mujer no gozaba de libertad de acción y opinión ofrecían elevados indicadores de agresividad. En cambio, comunidades más cercanas al conocimiento, al arte y a la ciencia tienden al uso de la agresividad en clave defensiva y no ofensiva. Así, no resulta descabellado pensar que una efectiva "liberación de la mujer" conllevaría una reducción de la violencia.


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La agresividad fluye y se desata sin que exista un claro estímulo externo

En términos ambientales se dice que la agresividad se alimenta con más agresividad, pero genéticamente esta afirmación carece de sentido. La agresividad fluye y se desata sin que exista un claro estímulo externo. De hecho, las personas agresivas buscan y localizan dicho estímulo en su interior para poder exteriorizarlo y así liberar su exceso de producción neurotransmisora.

Para darle mayor sentido a estas premisas hemos trabajado con la tecnología algorítmica ADNe y a través de ella hemos encontrado relación entre la intensa liberación combinada de Glutamato, Dopamina y Norepinefrina y dicha manifestación de violencia.

Es evidente que una vez entramos en términos genéticos y epigenéticos ya nos hallamos en un territorio neutro, totalmente ajeno a la pseudoética y a la “moralina”.

De hecho existe la errónea idea de que un superávit del aminoácido Tirosina, el cual es precursor de la cadena neurotransmisora Dopa y a la vez, entre otros elementos de la melanina que da tono y color a nuestra piel, sea precursor de una elevada demostración de agresividad. Digo errónea ya que la condición de este abastecimiento del aminoácido es dependiente de las rutas metabólicas y éstas se activan bajo demanda. Si dicha relación fuera lineal, que no lo es, ninguna persona de raza negra tendría Parkinson y todos los demás, nunca padeceríamos Esquizofrenia.

Ya en su día, el psicólogo vienés de ascendencia judía, Walter Mischel (1939/2018) determinó que hay personas más impulsivas que otras. Que los individuos impulsivos poseen un comportamiento falto de autoestima y que sus cerebros no activan el proceso de análisis de circunstancias ni el calibrado de las consecuencias futuras, mientras que los menos impulsivos se benefician de una mejor integración social.

La cuestión no es señalar ni culpar a nadie por su procedencia y herencia genética/epigenética, sino ahondar en el conocimiento para encontrar modelos psicosociales que permitan reducir dichas tasas de agresividad a través de un modelo epigenético sedante. @mundiario 

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