¿Acierta la gente cuando piensa que la felicidad es un producto del dinero?

La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine.
La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine.

¡Se engaña! Lo que nos hace felices no es el poseer, sino el gozar, idea que el profesor italiano Nuccio Ordine comparte con Montaigne en su obra 'La utilidad de lo inútil'.

¿Acierta la gente cuando piensa que la felicidad es un producto del dinero?

¡Se engañan! Lo que nos hace felices no es el poseer, sino el gozar, idea que el profesor italiano Nuccio Ordine comparte con Montaigne en su obra 'La utilidad de lo inútil'.

Debuto en MUNDIARIO escribiendo sobre uno de los libros inéditos que marcaron un hito en el campo del saber, y que es una prueba más del interés que los intelectuales conceden a la cultura, un interés que desgraciadamente suele ser truncado por un sistema materialista hegemónico centrado principalmente en los conocimientos científicos que puedan aportar beneficios económicos al Estado, en detrimento de otras ciencias consideradas “no rentables e improductivas”, según dicho sistema, como la filosofía, la literatura y otros saberes científicos y humanísticos. Se trata de un ensayo titulado “La utilidad de lo inútil”, del profesor italiano Nuccio Ordine, un investigador y director de la editorial Les Belles Lettres de París.

El ensayo, publicado en este año de 2014 y traducido al castellano por el profesor de Filosofía Jordi Bayod Brau, defiende la idea de que la literatura, la filosofía y otros saberes humanísticos no son inútiles, como lo postulan algunas afirmaciones imbuidas por el sistema capitalista, sino imprescindibles para el hombre. En paralelo a esta tesis, se aborda la crítica y delicada situación de la cultura, puesta en un serio declive y un progresivo retroceso a raíz de los recortes ministeriales que mete el Gobierno en este campo, la indiferencia de los responsables y algunas figuras –políticos en su inmensa mayoría – ligadas al sistema capitalista e inclinadas de lleno a los saberes científicos con fines lucrativos que contribuyan a engrosar los ingresos pecuniarios del Estado, dejando a la cultura relegada a un segundo plano, sin un verdadero y efectivo respaldo económico por parte de la élite gobernante.

Así las cosas, la cultura, la herencia espiritual más importante que hemos heredado de nuestros ancestrales, la cultura que nos ha ido iluminando los caminos oscuros del alma humana, la cultura que define lo que somos respecto a nosotros mismos y respecto a los demás, esa cultura portadora de la moral del Hombre, de los valores universales de la humanidad, esa Madre nuestra que nos dio un sentido a la vida, penetró en el alma del ser humano, trasladó de generación en generación esa luz áurea del saber, ese componente espiritual lleno de todo tipo de simbología universalista, de conocimientos humanísticos que han marcado un gran eco en la humanidad, en fin, esa cultura que tan honesta y abnegadamente han cultivado los grandes maestros de erudición universales, como Aristóteles, Cicerón, Averroes, Maimonides, Sócrates, etc., está conociendo hoy en día un palpable declive respecto a los demás saberes, al considerarla un ámbito de estudio improductivo carente de rentas económicas.

Esta visión utilitarista y materialista se ha acusado en estos tiempos de crisis financiera que atraviesa el mundo, y la cultura, portadora de los bienes del espíritu, corre el riesgo de desvanecerse en esa “dictadura del provecho”, o de caerse en el utilitarismo de la educación: se nos educa principalmente para producir bienes económicos, no para enriquecer nuestro espíritu. A priori, corremos el riesgo de convertirnos en unas marionetas manipuladas por el poder y faltas de bienes espirituales, que acabamos reproduciendo las mismas estructuras económicas que se han implantado: educar para producir unos ciudadanos acordes con el sistema reinante y portadores de rentas económicas que favorecen al Estado.

Tal como afirma el filósofo español José Luis Sampedro, el ser humano no se compone únicamente de una parte “animal”, esto es, la satisfacción de los deseos corporales, que suelen ser materiales, sino también de una parte espiritual, a la que podemos asignar un valor mucho más importante respecto a aquélla, y que debe embeber constantemente de esa inmensa fuente de conocimientos humanísticos que nos ha legado nuestro pasado, a fin de dar al hombre una verdadera noción humana.

Entre las afirmaciones del ensayista Nuccio Ordine, respecto a la cuestión que hemos planteado, podemos destacar el hecho de que “la barbarie de lo útil ha corrompido nuestras relaciones y afectos íntimos”. La barbarie de lo útil, que es la materia, descrita aquí de modo peyorativo puesto que lo realmente útil para el Hombre es la cultura (en cuanto que poseedora de los bienes espirituales), a la que se refiere el autor son los provechos materiales y los bienes económicos en detrimento de los espirituales o culturales. Esto conlleva, tal como lo afirma el autor, a corromper nuestras relaciones sociales y afectos íntimos, en sentido de que surgen de resultas a todo ello personas faltas de una herencia espiritual y de unos valores morales que nos llevan a establecer unos contactos sociales restringidos basados únicamente en el provecho, en intereses económicos o en bienes materiales, lejos de cualquier consideración íntima y espiritual del hombre con respecto a su prójimo.

Imagínense el contacto de un empresario, un político del Gobierno o simplemente cualquier otra persona sin bienes espirituales y con una percepción universalista cargada de utilitarismo, con respecto a los demás individuos con los que interactúa; pero también hay que pensar en los supinos efectos que esa persona puede producir sobre su propia familia y sobre las generaciones venideras, efectos desastrosos a los que contribuye principalmente las instituciones educativas en las que se han infiltrado en sus programas unos contenidos que realzan la tendencia anteriormente comentada.

Se tenderá, por lo tanto, a mirar al otro no como un fin en sí mismo, no como persona portadora de un bien espiritual, sino como un individuo cualquiera, visto indistintamente respecto  a los demás, portador de rentas o fines lucrativos.

Entre otros juicios sostenidos por el autor, resalta la idea, evidente y bastante extendida, de que “la gente piensa que la felicidad es un producto del dinero. ¡Se engañan!”, puesto que lo que nos hace felices no es el poseer, sino el gozar, idea que comparte con Montaigne.

¿Acierta la gente cuando piensa que la felicidad es un producto del dinero?
Comentarios